No todos somos hermanos.

Uno de los puntos neurálgicos de la espiritualidad litúrgica es la vivencia del bautismo. Este sacramento no es una forma de solemnizar un nacimiento, ni un encuentro familiar con ocasión del mismo. Pero algunos parece que tienen un bautismo con fecha de caducidad. Se parecen a los replicantes de la película Blade Runner (1982), que después de cinco años mueren. En la versión eclesiástica se diría que "mueren" después de la confirmación. Luego dejan de ser católicos: no formalmente -a no ser que no paguen, como en el caso alemán- sino en su corazón, tal y como dice Lumen Gentium 14:


"No se salva, en cambio, el que no permanece en el amor, aunque esté incorporado a la Iglesia, pues está en el seno de la Iglesia con el "cuerpo", pero no con el "corazón". Todos los hijos de la Iglesia han de tener presente que su condición, tan elevada, se debe no a sus propios méritos, sino a la gracia especial de Cristo. Si no responden a ella con sus pensamientos, palabras y obras, no sólo no se salvarán, sino que tendrán un jucio mucho más severo"

Los cristianos de verdad no tienen fecha de caducidad. El problema principal es que el proceso de iniciación cristiana sigue teniendo un componente individualista propio de épocas pretéritas. El bautismo es un sacramento social: introduce en la comunidad eclesial. Para el teólogo y cardenal Henri de Lubac la incorporación a la Iglesia era el primer efecto del bautismo:

"El primer efecto del bautismo, por ejemplo, no es otro que esta incorporación a la Iglesia visible. Ser bautizado es entrar en la Iglesia. Hecho en esencia social, incluso en el sentido primariamente exterior de la expresión. Las consecuencias no serán simplemente jurídicas, sino también espirituales, místicas, porque la Iglesia no es una sociedad puramente humana: de ahí el 'carácter' bautismal, y la gracia sacramental de regeneración cuando las otras condiciones requeridas están presentes" (Catolicismo. Aspectos sociales del dogma, p. 62).

Después de este efecto tenemos otro que le sigue de cerca: la filiación divina. Sin embargo, sería un error ver en él un dinamismo individual: "soy hijo de Dios y nada más". Al contrario, al ser hijos adoptivos de Dios (hijos en el Hijo) también somos hermanos entre nosotros (los bautizados). Esta hermandad, verdadera fraternidad, hoy se confunde y se malinterpreta. Esto afecta a la moral eclesial, específicamente al ejercicio de la caridad. Uno de los mayores logros del humanismo ateo e ideologías precedentes es la moral estóica, la que consiste en hacer el bien sin mirar a quien. Es decir, cumplir con un mandamiento sin importar el destinatario. Esto se traduce en la reducción de la caridad en beneficencia: se ayuda pero no hay comunión, se asiste pero no hay relación interpersonal, se cumple con la ley evangélica pero no hay Encuentro. El problema está en el concepto cristiano de hermano, que el marxismo relee desde el "camarada" y la Ilustración desde su concepto de naturaleza pura y su visión del hombre como un "buen salvaje". Presento unos textos de una obra poco conocida y demasiado importante de J. Ratzinger, La fraternidad de los cristianos:

"...a pesar de la supresión de barreras y del universalismo, el concepto de fraternidad no se generaliza por completo. Todos los hombres pueden ser cristianos, pero sólo es hermano el que realmente lo es. La repercusión de esta situación se observa en la terminología ética del Apóstol. La actitud de ἀγάπη (amor) ha de ser para con todos los hombres, pero la φίλαδελφία (amor de fraternidad) sólo para con el hermano, parar con el cristiano que es uno" (p. 54).

Hasta el siglo III "el bautismo es el momento preciso en el que el creyente es hecho hermano. El bautismo, en cuanto nuevo nacimiento, media la "hermandad" cristiana, que es el nombre que así mismo se da la comunidad [...] En las comunidades monásticas es donde pervive ahora el concepto de hermano y hermana, mientras desaparece en la Iglesia universal" (p. 57-59).

"El cristianismo no sólo implica supresión de límites, sino que él mismo crea una nueva frontera: entre los cristianos y los no cristianos. Por consiguiente, el cristiano es inmediatamente sólo hermano del cristiano, pero no del no cristiano. Su deber de amar tiene que ver, al margen de esto, con el necesitado que precisa de él; sin embargo sigue en pie la necesidad urgente de construir y conservar una fraternidad profunda dentro de la comunidad cristiana" (p. 85).

"Hermanos en sentido verdadero son pues únicamente los cristianos: frente a ellos, todos los demás son οἱ ἒξω, los que están fuera. Este concepto reducido es el único cristiano; la superación de este límite corresponde a la Ilustración" (p. 87).

En definitiva, no todos somos hermanos. Y es aquí donde se comprende en su sentido propio las palabras de san Pablo: "Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada" (1Cor 13, 3).
Los mejores hijos de la Iglesia
La fraternidad cristiana se fundamenta no sólo en la "casualidad" de que varios hombres y mujeres fueron hechos hijos adoptivos de Dios en el bautismo, sino en que todos tienen a la Iglesia como madre. Hace poco, el día de todos los santos, escuchamos unas frases que nos interpelan:

"nos concedes celebrar la gloria de tu ciudad santa, la Jerusalén celeste, que es nuestra madre, donde eternamente te alaba la asamblea festiva de todos los Santos, nuestros hermanos. Hacia ella, aunque peregrinos en país extraño, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia".

Los santos son nuestros hermanos no por ser creaturas o por ser seres humanos. Lo son por el bautismo. No hemos alcanzado su perfección, pero tenemos en común con ellos la pertenencia a una misma Iglesia: celeste en ellos, terrestre en nosotros. En esa fraternidad descubrimos no sólo la Paternidad de Dios sino también la maternidad de la Iglesia:

"Todo verdadero católico fomenta por lo tanto un sentimiento de tierna piedad para con ella. El gusta de llamarla con este nombre de 'madre', que brotó del corazón de sus primeros hijos, como lo atestiguan tantos textos de la antigüedad cristiana. Todo verdadero católico proclama con San Cipriano y con San Agustín: No puede tener a Dios por padre quien no tenga a la Iglesia por madre" (H. de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, 209s)

Adolfo Ivorra