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30 de septiembre: San Jerónimo.

(Rito hispano-mozárabe)


30 de septiembre
san jerónimo
(Memoria)


Nació en Dalmacia hacia mediados del siglo IV. A los veinte años de edad se bautiza y consagra al servicio divino. Conocedor de las lenguas bíblicas, el papa san Dámaso le trae a Roma y le pone a su servicio (de aquí viene la costumbre de representar a Jerónimo con atributos cardenalicios, aunque en su época aún no existiese propiamente dicha institución), confiándole, entre otras tareas, una edición en latín popular del Nuevo Testamento.
Su fiesta, como corresponde a un santo pastor, entra tarde en la liturgia española, que en época antigua privilegió a los santos mártires. Desde el siglo VIII aparecerá su fiesta el 30 de septiembre en los Calendarios hispanos.

Prælegendum (Sal 111, 1-2)
Dichoso el hombre, aleluya, que teme al Señor, aleluya, y ama de corazón sus mandatos, aleluya, aleluya. V. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita. R. Y ama de corazón sus mandatos, aleluya, aleluya. V. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo por los siglos. Amén. R. Y ama de corazón sus mandatos, aleluya, aleluya.


Oratio post Gloriam
Al glorificarte, Señor, evocando la memoria de san Jerónimo, enriquece nuestras almas con los dones de tu gracia, y haz que el santo, cuya fiesta hoy devotamente celebramos, fije solícitamente en nosotros su mirada y nos admita para siempre bajo su protección. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, digno de toda alabanza, que vives, y sobre todo reinas por los siglos de los siglos. R. Amén.


Sacrificium (Mt 10, 32. 39)
A todo el que me confiese delante de los hombres, dice el Señor, le confesaré yo delante de mi Padre, aleluya. V. Y el que pierda su vida por mí, la ganará para la vida eterna. R. Delante de mi Padre, aleluya.

Oratio admonitionis
Queridos hermanos, cuando venimos con ánimo alegre a la fiesta del bienaventurado Jerónimo, defensor infatigable de los derechos de Dios, traemos en nuestras aclamaciones un obsequio de alabanza a Cristo. Él distinguió con el honor del sacerdocio a nuestro santo y de dio fortaleza para la confesión de tu nombre. La gracia divina le concedió como don el oficio de la sagrada predicación, para levantar a los que estaban dudosos de la fe de Cristo y llevarlos a la creencia con la sagrada predicación, mostrándose como ejemplo de gracia perseverante para los que conservaban rectamente su fe. La vacilación de aquellos la curó con su don de exhortación, la fe de estos la confirmó con su palabra de verdad. Que también nosotros acudamos con lágrimas a pedir la abundante misericordia de nuestro Señor Jesucristo, para que por la intercesión de Jerónimo se cuide de nosotros, los desvalidos, como a él le instituyó maestro en la fe para muchas naciones. Y así, por su sufragio, podamos ahora quedar libres de toda clase de pecados y después de nuestro tránsito nos acoja la felicidad del paraíso, donde seremos vencedores para siempre. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, que eres bendito y vives y todo lo gobiernas, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Alia
Cristo Jesús, Unigénito del Padre ingenito, Redentor y Señor nuestro, que concebido por obra del Espíritu Santo y dado a luz en parto virginal, apareciste en otro tiempo para iluminar al mundo, y para que el poder del diablo se extinguiera reducido a la nada, al brillar abiertamente la luz de la fe para todos los que creen en ti. Con tu iluminación brilló refulgente la unidad de tus discípulos, que consolidados en tus palabras de consuelo, y por el ejemplo de tu pasión y de tu humildad, sin asustarse para nada por las injurias de sus adversarios, predicaron valerosamente tu fe por todo el mundo. Seguidor de estos ejemplos fue tu discípulo Jerónimo, cuya fiesta celebramos hoy con toda devoción; el golpeó fuertemente con el dardo de la verdad, las manchadas ficciones de los herejes, y con la espada de la palabra evangélica descubrió fácilmente las entrañas de la falsedad. Te rogamos, pues, que su intercesión obtenga de ti, para nosotros los desvalidos, el perdón de todos los pecados, y nos conceda gozar las delicias de aquella mansión, en la región de los que viven para siempre. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, en cuya presencia recitamos los nombres de los santos Apóstoles y Mártires, Confesores y Vírgenes. R. Amén.

Post Nomina
Padre eterno y Señor todopoderoso, que compadeciéndote del mundo que de despeñaba te dignaste enviar desde tus altos palacios a tu único Hijo, para nuestra salvación; Él, libremente, sufrió por todos nosotros la injusticia de la cruz para alejar de nosotros las penas, y después de estar colgado en la cruz descendió al infierno, piadosamente violento, y arrebatando con clemencia las almas de los santos que allí estaban detenidas, las llevó consigo al cielo. Animado por esta doctrina del Salvador, nos encontramos a este maravilloso varón, el doctor Jerónimo, que fuertemente pertrechado con las armas de la fe, se enfrentó a los herejes, iniciando dura batalla, por la libertad y la salvación de los católicos. Por su intervención queden anotados delante de ti, Señor, en el libro de la vida celestial, los nombres de los oferentes, de manera que agregándonos a las almas de los fieles difuntos, nos concedas a todos el perdón de todos los pecados. R. Amén.
Porque tú eres la vida de los que viven, la salud de los enfermos, y el descanso de todos los fieles difuntos por todos los siglos de los siglos. R. Amén.

Ad Pacem
Cristo Jesús, Hijo de Dios Padre, que nos redimiste con tu sangre y eres la fuente de la paz y el origen del amor puro, concede a tus indignos siervos mantener con todos los hombres, mientras vivamos, esta paz que de ti hemos recibido; para que así podamos llegar felizmente, cuando llegue su momento, a ti que eres el autor de la caridad perfecta. R. Amén.
Por ti, que eres la paz verdadera y la caridad perpetua, Dios nuestro, que reinas por los siglos de los siglos. R. Amén.

Illatio
Es digno y justo que te demos gracias, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor. Que nos lavó de todo crimen por la efusión de su sangre y redujo a poco el peso de nuestras iniquidades al colgarlo en la cruz. Él, después de su gloriosa resurrección y su venerada ascensión a los cielos, envió clemente desde lo alto a los corazones de sus apóstoles, el don de su Espíritu Paráclito. Enriquecidos con tal don del cielo, recibiendo de su Maestro y Señor el santísimo regalo prometido, dejaron un magnífico ejemplo de verdadera fe a sus contemporáneos y a los que habían de seguirles. Imbuido en esa doctrina, inspirado como ellos por el soplo divino, para robustecer la fe de los creyentes, les sigue san Jerónimo, de mérito igual y tan venerable como los apóstoles, cuyas enseñanzas nos trasmite en lo que se refiere al misterio de la Santísima Trinidad que debe ser creído por todos los fieles para no apartarse de la verdad. Pues los apóstoles merecieron recibir el Espíritu Santo que venía de las alturas bajo el aspecto de lenguas de fuego, para que predicaran las maravillas de Dios en diversas lenguas, y éste, perfecto conocedor de idiomas, se mostró siempre claro interprete de los libros sagrados. [Fue también semejante al santo patriarca Moisés, por el que el pueblo de Israel recibió los preceptos de la antigua Ley, dictados desde el cielo. Porque como Moisés promulgó en hebreo la ley para los judíos, Jerónimo, movido por la clemencia de Cristo, la trasladó claramente al latín para los cristianos. Fue delante aquél como legislador decidido, le sucedió éste coma exacto y egregio traductor. Atendió aquél en su característica humildad, a los adictos al tenor de la ley, éste, profundo conocedor del evangelio, a los sujetos a su suave yugo. Por eso es admirable tu piedad, Padre todopoderoso, desde cualquier punto de vista, pues ordenas sabiamente la sucesión de los tiempos, sin olvidarte de dar lo conveniente a los más antiguos y de asignar lo más oportuno a los más recientes. Postrados en tierra, imploramos de tu majestad, que por la intercesión de Jerónimo, tu elegido, nos saques de todo peligro en todas partes, y nos concedas servirte sin interrupción. Por su sufragio, pues, alegra la tierra con la lluvia del cielo, danos la abundancia de los frutos del campo, alejando el hambre. Y por su intermedio tenga la Iglesia una paz incesante, de forma que se acabe la soberbia de los cismáticos, y tu pueblo católico brille adornado de buenas obras. Por su logro, resplandezca la dignidad pontifical, flanqueada por las sagradas virtudes, florezca la santidad primaveral de los sacerdotes y de todos los clérigos, cobre fuerza la religiosidad perseverante de los monjes. Concede también a los reyes una justicia clemente, para que rijan a sus súbditos con piadosa moderación. Y por fin, que por su intercesión se conceda a los caídos el fruto de la penitencia, a los reos el remedio de la indulgencia, a los enfermos la vuelta de la salud que antes disfrutaron. Obtengan los laicos medios de subsistencia, los modestos el brillo de la pureza, las vírgenes el resplandor del pudor.] Por sus preces llegue la humildad a los soberbios, la esperanza a los desesperados, la largueza de su misericordia a los avaros, el rigor de la continencia a los lujuriosos, la Fortaleza de la paciencia a los iracundos. Gocen por él de liberación los encarcelados, de libertad los cautivos, de respiro los oprimidos, gocen los emigrados y los peregrinos la gracia de la hospitalidad. Hallen defensa las viudas, y protección oportuna los huérfanos y los pupilos, encuentren los navegantes la deseada tranquilidad del puerto, los que andan en discordias el camino para llegar a la paz, y los que guardan concordia sincera, amor perpetuo e indiviso. Para que manifestándote todo para todos, por la intervención de tu glorioso discípulo Jerónimo, seas por todos alabado incesantemente, aquí y en la eternidad. Como hacen todos los ángeles y arcángeles, que no cesan de aclamarte, diciendo así:

Post Sanctus
Santo y bendito es en verdad nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que fortaleció con su protección a san Jerónimo, para resistir confiadamente a los adversarios y reprimir la ferocidad de la perversa herejía, dictaminando dónde estaba la verdad. Ellos, encendidos en furor diabólico, intentaban pervertir la verdad, oponiéndole la mentira, pero este, revestido con la loriga de la fe, cubierto con el yelmo de la eterna salvación, ceñida la espada de la palabra de Dios, como un guerrero, asentó sus pies entre las filas de los ejércitos enemigos, y echo por tierra a los perversos, con toda valentía. Que él sea para nosotros, Señor, así te lo pedimos, un interventor asiduo en tu presencia, como fue hace ya mucho tiempo, defensor valiente de tu verdad; y con sus preces nos obtenga el bienestar y la vida dichosa, que mereció lograr de ti con la herencia feliz del cielo. Por él obtengan los fieles todos el mérito de la justicia y la santidad, como por él resplandeció el mundo entero; por su intercesión, se nos abra la dulzura de tu ley, el que estaba dotado del honor de tu ciencia declaró lo antiguo mediante su interpretación y anunció lo nuevo mediante una solícita exhortación. Por eso, ahora se alegra de estar unido en el cielo a los patriarcas y profetas, de cuyos oráculos vivía corporalmente el mismo que los promulgó al fiel pueblo cristiano.
Cristo, Señor y Redentor eterno.