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“La Dormición de la Virgen” en la Eucología e Iconografía de la Tradición Bizantina.

Alzad los dinteles y acoged a la Madre de la Luz eterna
  
La tradición bizantina tiene como primer gran fiesta del ciclo litúrgico la Natividad de la Madre de Dios el 8 de septiembre, y lo concluye con su Dormición y tránsito al cielo el 15 de Agosto, queriendo así subrayar que para cada cristiano y para toda la Iglesia la Virgen representa el camino que introduce al misterio salvífico de Cristo. Fijada en oriente a finales del siglo VI e introducida un siglo más tarde en occidente, la fiesta del 15 de agosto celebra el tránsito y la plena glorificación de la Madre de Dios como primer fruto del misterio pascual de Cristo, precedida el día 14 con una pre-fiesta y seguida por una octava que concluye el día 23.

Dos troparios del oficio de Vísperas ejemplifican la estrecha relación que hay entre eucología e iconografia. El primero presenta el icono de la Fiesta como una celebración litúrgica de la Dormición, alternando los ocho tonos musicales de la tradición bizantina: María, muerta o medio dormida, está en el centro del icono sobre un lecho fúnebre que representa un altar cristiano. Alrededor están los apóstoles con otros personajes: entre los primeros están siempre Pedro y Pablo, que indican la presencia de toda la Iglesia.

Cristo, en el centro de un semicírculo y rodeado de ángeles, tienen en sus brazos el alma de su Madre: “Las potencias supremas de los cielos, presentándose en coro ante su soberano, escoltan llenas de temor el cuerpo purísimo que ha acogida a Dios; la preceden en la subida, invisibles, gritan a las huestes que están en las alturas: Mirad, llega la Madre de Dios, Reina del universo”. La presencia de los ángeles en la parte superior recuerda al icono de la Ascensión de Cristo.

El lecho de María es también el altar donde se lleva a cabo la Liturgia: los apóstoles alrededor que la celebran, Cristo al fondo, en el ábside, que la preside; Pedro que inciensa en torno al altar, como en el momento de la Gran Entrada en la Divina Litugia: “Alzad los dinteles y acoged con honores dignos del Reino ultramundano a Aquella que es la Madre de la Luz eterna. De hecho, gracias a Ella se ha llevado a cabo la salvación de todos los mortales. No podemos fijar en Ella nuestro rostro y es casi imposible no tributarle dignas alabanzas”.

María, gloriosamente asunta al cielo, se convierte para toda la Iglesia que la celebra en Aquella que intercede ante su Hijo: “Su sobreeminencia excede a toda mente. Tú, oh Inmaculada Madre de Dios, que siempre vives junto a tu Rey e Hijo portador de vida, incesantemente intercedes para que sea preservado y salvado de todo ataque adverso tu nuevo pueblo: nosotros nos gozamos de tu protección, y por siglos, con todo esplendor, te proclamamos bienaventurada”.

El segundo tropario pone en evidencia la presencia, también en el icono, de todo el colegio apostólico, con Pedro y Santiago, primer obispo de Jerusalén y hermano del Señor. Esto relaciona la Fiesta con  la Ciudad Santa y con el  Protoevangelio de Santiago, apócrifo en el cual se basa en muchos puntos esta misma Fiesta: “Cuando te marchaste, oh Madre de Dios, junto a Aquél que de ti nació inefablemente, estaban presentes Santiago, hermano de Dios y primer pontífice, junto a Pedro, venerabilísimo y sumo corífeo de los teólogos, y de todo el coro divino de los apóstoles”.

La Dormición de la Madre de Dios se coloca claramente en la economía de salvación de Cristo mismo; los apóstoles se convierten en celebrantes del misterio de la redención de Cristo por medio del cuidado del cuerpo de Aquella que se convierte en morada de Dios: “Con himnos teológicos los apóstoles celebraban el divino y extraordinario misterio de la economía del Cristo Dios; y prestando los últimos cuidados a tu cuerpo, origen de vida y morada de Dios, se regocijaban, oh digna de todo canto”.

En la segunda parte de tropario la Liturgia podríamos decir que se traslada al cielo– es casi el movimiento que encontramos en la Anáfora Eucarística – y todas las criaturas angélicas son involucradas en la alabanza y en la confesión del misterio de la Redención de Cristo: “Desde lo alto las santísimas y nobilísimas huestes angélicas miraban con estupor el prodigio y, con la cabeza inclinada, las unas a las otras se gritaban : Alzad los dinteles, y acoged a Aquella que ha dado a luz al Creador del cielo y de la tierra; celebremos con himnos de gloria el cuerpo santo y venerable que ha hospedado al Señor que a nosotros no se nos ha dado a contemplar. Y nosotros, festejando tu memoria, a ti gritamos, oh digna de todo canto: Alza la frente de los cristianos y salva nuestras almas”.

(Publicado por Manuel Nin en l’Osservatore Romano el 13-14 de Agosto de 2012; traducción del original italiano: Salvador Aguilera López)