Ir al contenido principal

Homilía de la Sepultura del Divino Cuerpo del Señor (XV)

Introducción
 
Prosigue el diálogo dramático entre las fuerzas de Cristo (ángeles) y las virtudes del hades que tienen que abrir su domicilio nefasto para que Cristo entre con su luz cegadora.
 
Prosigue el Sermón atribuido a San Epifanio sobre el Grande y Santo Sábado (sección XII)
 
Y como en presencia de un guerrero real temible e invencido, todopoderoso y que ha obtenido trofeos, les sobreviene un cierto estremecimiento y temblor, a la par que turbación y un miedo dolorosísimo sobre los enemigos del Señor conquistador, así también en presencia de aquella sorprendente llegada de Cristo al hades, a quienes se le oponían tuvo lugar de nuevo la luminosidad cegadora de las potencias poderosas de los enemigos del hades, de la atronadora voz de algunos que escuchaban los truenos y milicias que daban esta orden, diciendo: «Alzad las puertas, príncipes vuestros».
 
«Alzad las puertas», pero no las abráis, antes bien apartadlas de vuestros propios fundamentos, desarraigadlas, cambiadlas [de sitio] para que no se cierren jamás.
 
«Alzad las puertas, príncipes vuestros», no como cuando [se] abre cuando llega el Amo y no puede entrar estando las puertas cerradas, sino que a vosotros, como a esclavos fugitivos, os ordena la apertura y cambio y destrucción. Por esto mismo, ni a vuestra gente sino a quienes parecen ser entre vosotros los jefes, ordena [él] diciendo:
 
«Alzad las puertas, príncipes vuestros.» Pero no los jefes de algunos otros, sino quienes hasta ahora habéis sido jefes de quienes malvivían aquí desde antiguo, pero no del resto ni de otros, sino de entre vosotros, aunque no seáis jefes de vosotros mismos.
 
«Alzad las puertas», porque está llega Cristo, la Puerta celestial. Preparad el camino a quien sube sobre el ocaso del hades: «Señor» es su nombre, y del Señor es la salida de las puertas de la muerte (cf. Ps. 67,21).
 
En efecto la entrada de la muerte la habéis obrado vosotros, pero salir de ella es Él quien ha venido a realizarlo. Por ello, «alzad las puertas, príncipes vuestros».
 
Alzadlas y no tardéis; alzadlas y daos prisa, alzadlas y no os demoréis. Si pensáis en retardaros, ordenamos [nosotros] de abrirse a las mismas puertas con nuestro solo poder y de nosotros mismos: «Elevaos, puertas eternas».

Marcos Aceituno Donoso