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El rito de la paz en la liturgia romana.

El rito de la paz aparece hoy en el mundo católico como un elemento característico de la celebración eucarística en sus distintas familias litúrgicas. Sin embargo, su lugar dentro de la celebración eucarística varía según el rito litúrgico al que nos estemos refiriendo. Como lo expresa el axioma lex orandi – lex credendi, detrás de una u otra colocación del gesto de paz hay una teología subyacente que tipifica el rito litúrgico mismo e informa la espiritualidad de los que participan en él.

            Los orígenes del rito de la paz en el rito romano parecen hoy menos claros que hace unas décadas. Esto se debe principalmente a que algunos documentos y fuentes que se supone describían la liturgia romana de los primeros siglos ahora son considerados, por la mayoría de los investigadores, como no-romanos. El beso de la paz estaría atestiguado en la primera Apología de Justino (s. II), pero se discute si este rito era parte de toda liturgia eucarística o sólo para la eucaristía en la que se celebraba el bautismo[1]. Sin embargo, en África, Tertuliano atestigua este beso de la paz, precedido por el Padrenuestro[2]. En base a estos dos autores, se ha venido a proponer este esquema general para las liturgias occidentales de los siglos II-III:

Oraciones de intercesión
(Padrenuestro)[3]
Beso de la paz
Presentación del pan y el vino
Plegaria eucarística
Recepción de la comunión

            Pero este esquema, si existió en el rito romano en este período, cambia en el s. V con la conocida Carta de Inocencio I a Decencio de Gubbio (a. 416). Además de pedir que las oraciones de intercesión se hicieran intra mysteria –plegaria eucarística–, el papa pide que la paz no se dé antes de que se realicen los santos misterios[4]. Según la opinión de Porter, la insistencia del papa reside en que ésta es la práctica romana, al margen de su antigüedad[5].
            Entre estos datos de los cinco primeros siglos llama la atención la praxis africana aludida por Tertuliano de terminar la oración del Padrenuestro con el signo de la paz, llamando incluso a este rito como “sello” de la oración dominical[6]. En este sentido, la vinculación entre Padrenuestro y rito de la paz parece ser característica de la liturgia romana, por lo menos desde el s. V. Si observamos los embolismos al Padrenuestro de las liturgias orientales no descubrimos esta vinculación[7], y ésta es débil en la liturgia visigoda[8]. En el Ordo romanus I –c. 700– observaremos el mismo esquema de Padrenuestro – rito de la paz, lo mismo que en los demás documentos litúrgicos romanos hasta nuestros días. Observamos también en este Ordo I que el gesto de la paz parece preceder a la fractio[9], aunque en el mismo Ordo encontramos una posible interpolación que nos presenta una segunda fractio y un intercambio personal de paz[10]. Amalario de Metz (+850), testigo presencial de los usos romanos del s. IX nos presenta la paz después de la fractio, además de atestiguar el saludo Pax vobis –que no se dirige a nadie, pues en este momento se coloca la oblata en la patena– antes de la fractio[11]. Por tanto, es posible que hubiese prácticas distintas según el caso. De todas formas, el lugar de la paz después del Padrenuestro sigue inalterado.
            Los misales postridentinos, inspirados en este doblete de saludo de paz (–fractio) – gesto de paz, contienen una ceremonia distinta de la del Ordo I: en vez de bendecir el cáliz tres veces con la mano[12], se hace con una partícula del pan consagrado.

La paz en el Ordo Missae de 1962:

Pater noster
Libera nos
Per eundem
[Cum ipsa particula signat ter super Calicem, dicens:]
Pax Domini sit semper vobiscum – Et cum spiritu tuo
Haec commixtio
Agnus Dei
Domine Iesu Christe
[Si danda est pax, osculatur Altare, et dans pacem, dicit:]
Pax tecum – Et cum spiritu tuo


            En las misas de difuntos no se da la paz. El ritus servandus describe el uso del portapaz para las misas no episcopales, que es indispensable para realizar el rito[13]. En el misal de 1970 y posteriores, se sigue la práctica aludida en el Ordo I en la que al saludo de la paz sucede el gesto de la paz, pero desplazando cualquier fracción del pan para después.

La paz en el Ordo Missae de 1970:

Pater noster
Libera nos
Domine Iesu Christe
Qui vivis
Pax Domini sit semper vobiscum
Offerte vobis pacem

            En el rito de comunión romano, tanto en el misal de 1962 –y anteriores– como en el de 1970 –y posteriores–, nos encontramos con dos embolismos que siguen al Padrenuestro y que caracterizan y en cierto modo reclaman el gesto de la paz: Libera nos y Domine Iesu Christe. Este último era una oración dicha en secreto en el 1962, cuyo estilo se cambió: de la primera persona del singular se pasa a la primera del plural, con los inconvenientes que conlleva[14]. En todo caso, es evidente que esta oración, ya sea privada o pública, conduce al gesto de la paz. Pero en el misal de 1962 la paz se omite si se trata de una misa de difuntos, en la que también se cambia el canto de la fractio: en la última letanía del Agnus Dei, en vez dona nobis pacem se dice dona eis requiem. Este dato es importante a la hora de conocer el sentido profundo de este gesto en el rito romano.
            Otro aspecto importante que hemos visto en la historia del rito de paz en la liturgia romana es la vinculación entre Padrenuestro y el gesto de la paz. Aquí reside la importancia del primer embolismo que hemos mencionado, el Libera nos. También encontramos en este embolismo diferencias entre los misales de 1962 y 1970. Los cambios son fundamentalmente dos: supresión en el de 1970 de los santos y la referencia al tiempo: ab omnibus malis, praeteritis, praesentibus et futuribus. Nuevamente, en cualquier caso –ya sea en un misal o en otro– el embolismo cumple su función de vincular más el Padrenuestro con la paz: después de lo que sería una fórmula de enlace –Libera nos– que vincula al embolismo con la última petición de la oración dominical, en seguida se alude a la paz: da propitius pacem in diebus nostris[15].
            En la historia del rito de la paz de la liturgia romana, tenemos unas características propias:

1)      El gesto de la paz está vinculado con el Padrenuestro[16].
2)      El gesto de la paz está vinculado con la fracción y/o comunión[17].

            Sin embargo, en 2007, con ocasión de la Exhortación postsinodal Sacramentum caritatis, el papa pide a «los Dicasterios competentes que estudien la posibilidad de colocar el rito de la paz en otro momento, por ejemplo, antes de la presentación de las ofrendas en el altar. Por lo demás, dicha opción recordaría de manera significativa la amonestación del Señor sobre la necesidad de reconciliarse antes de presentar cualquier ofrenda a Dios (cf Mt 5,23s.): cf. Propositio 23»[18].
            Esta posibilidad está basada en la práctica oriental[19], que podemos ver hoy en Occidente en el rito hispano-mozárabe y, de forma potestativa, en el ambrosiano[20]. Además de la dimensión eucarística, en esta localización pre-anafórica de la paz también está la eclesiológica, como ya aparece en san Isidoro de Sevilla al hablar de la cuarta oración (ad pacem) de la misa hispana: «En la cuarta, después de las peticiones anteriores, es preparación al beso de la paz, para que todos, reconciliados entre sí, se unan al Cuerpo y a la Sangre de Cristo, porque el Cuerpo indivisible de Cristo no admite discordia alguna»[21].
            Sin embargo, tal y como hemos visto, el gesto de la paz está vinculado en el rito romano tanto a la oración dominical como a la fracción del pan. ¿Cómo explicar que se haga el gesto de la paz antes de la presentación de los dones si no se dispone de una estructura conveniente como en el rito hispano (oratio ad pacem)? Y de forma más evidente, ¿cómo concebir que el gesto de la paz se haga antes del Rito de la comunión, que está preñado de alusiones a la paz: el embolismo al Padrenuestro, la oración Domine Iesu Christe, el canto del Agnus Dei...dona nobis pacem? De hecho, la fractio sigue unida al gesto de la paz en el actual misal romano, según lo dice la IGMR 83: «La súplica Cordero de Dios se canta según la costumbre, bien sea por los cantores, o por el cantor seguido de la respuesta del pueblo el pueblo, o por lo menos se dice en voz alta. La invocación acompaña la fracción del pan, por lo que puede repetirse cuantas veces sea necesario hasta cuando haya terminado el rito. La última vez se concluye con las palabras danos la paz». Las alusiones a la paz se ven fácilmente si de forma sinóptica observamos el Rito de la comunión, donde la palabra 'paz' aparece siete veces:

Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días...

Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: 'La paz os dejo, mi paz os doy', no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Tú que vives...

La paz del Señor esté siempre con vosotros.

Daos fraternalmente la paz.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz.

            Por otro lado, la proposición de cambio de lugar del gesto de la paz ¿se limita al rito romano “ordinario” o abarca también al “extraordinario” (misal de 1962)? Si es así, ¿cómo trasladar el “saludo” Pax Domini sit semper vobiscum que acompaña a la introducción de la partícula en el cáliz? La propuesta, aunque pudiera resultar muy laudable como intención ecuménica, uniformante de todas las familias litúrgicas católicas o simplemente como concreción del pasaje del evangelio de Mateo, choca con por lo menos milenio y medio de historia del rito romano, además de violentar el Rito de la comunión del misal actual y del misal de 1962. Además, la paz romana tiene su teología propia, que no debemos perder de vista y que caracteriza la espiritualidad propia de los católicos romanos hasta nuestros días. Con respecto a la vinculación entre Padrenuestro y paz, la teología subyacente nos viene de África: «Concluida la oración dominical, los fieles intercambiaban el ósculo de la paz, según una praxis que, a finales de la cuarta centuria, parece ya arraigada en la Iglesia africana. El gesto era lógica secuencia de la petición de perdón divino y ofrecimiento mutuo de reconciliación fraterna, previamente expresados de palabra durante la recitación de la oración del Señor. De este modo, los fieles, impetrada la remisión de las faltas y absueltos de sus pecados por la imposición de manos, manifestaban externamente su comunión eclesial, disponiéndose a recibir con el adecuado espíritu el cuerpo y la sangre del Señor»[22].
            Con respecto a la vinculación entre fractio y paz, observamos una interesante paradoja: el gesto de la paz invita a unidad[23], pero la fracción del pan es división. La paradoja reside en que mediante esa partición del pan se logra la unidad de la Iglesia. Aquí reside el núcleo de la eclesiología eucarística[24]. Y esto se aplica también a la vinculación entre fractio y paz en el misal de 1962 y anteriores, tal y como eran interpretadas las ceremonias en la alta edad media[25]. En este misal se daba una omisión que también nos revela el sentido de la paz en el rito romano: cuando se trata de una misa de difuntos, el canto Agnus Dei no terminaba con la frase dona nobis pacem sino dona eis requiem. Aquí, en el fondo, se está pidiendo lo mismo pero en contextos distintos. En efecto, nuestra paz en este mundo debe perdurar hasta el descanso en Dios. De este modo, la paz no se limita a ser una no-violencia terrena, sino que implica la vuelta a la condición adámica, al retorno al Paraíso. La paz es aquí, por tanto, volver a la armonía del hombre con Dios y, después de la resurrección, la armonía será del hombre con el cosmos: la nueva Jerusalén. Por otro lado, el deseo de descanso al difunto va en consonancia con el embolismo del Padrenuestro, que considera que la vida terrena está llena de perturbaciones: «para que [...] vivamos [...] protegidos de toda perturbación».
            Al margen de los modos de darse la paz durante la historia de la celebración eucarística –ósculo, portapaz, etc.–, el gesto en sí mismo contiene una impronta de fraternidad, donde se expresan exteriormente los vínculos sacramentales que existen en la asamblea litúrgica. Por ser un signo sucinto aunque expresivo, la normativa litúrgica vigente pide que se realice con los que están cerca[26]. En el presbiterio, esto supone también un signo fraterno entre algunos órdenes: el obispo da la paz a los que tiene cerca, como los diáconos, que le asisten.

***

La intención de cambiar el lugar de la paz, aunque pueda tener las mejores intenciones ecuménicas, litúrgicas o bíblicas, choca con un Rito de la Comunión establecido a lo largo de los siglos que se ha hecho a que la paz sea uno de sus elementos integrantes. El gesto de la paz no es un rito accesorio en el lugar que hoy se encuentra, y su cambio de lugar dejaría a muchos elementos circundantes sin razón de ser. La única posibilidad para admitir un intercambio de paz antes de la anáfora sería darla también en el Rito de la comunión, pero ésta es una costumbre ambrosiana, no romana. Analizando el Ordinario de la misa en el rito ambrosiano tal y como está en el misal actual, parece lógico también no omitir este gesto antes de la comunión en dicho rito ambrosiano: con la oración de conclusión de la Liturgia de la palabra antes, y con el credo después, la paz antes de la anáfora no tiene elementos que reclamen de algún modo este gesto en este momento, salvo la escueta monición diaconal acostumbrada. Sólo el rito hispano en Occidente dispone de un elemento concreto que hace que la paz esté donde se encuentra actualmente: la oratio ad pacem.
Si bien las liturgias son susceptibles siempre de mejoras, adaptaciones e incluso nuevas modas, no podemos caer en la tentación de “inventar” cosas nuevas que violentan de algún modo el rito en el que se desenvuelven. El rito romano es hoy lo que es, y su historia pesa. Con respecto al intercambio de paz, no se da aquí un cambio significativo entre los misales de 1962 y 1970 que haga pensar en una posterior reforma. Al contrario, ambos misales muestran cómo el gesto de la paz está enmarcado en el Rito de la Comunión y está unido al Padrenuestro y a la fracción del pan. También los testimonios de las fuentes romanas anteriores van en el mismo sentido. Por tanto, un cambio de la estructura del ordo missae en este aspecto implica ir hacia una tradición extraña al rito romano. Además, la colocación del gesto de la paz antes de la anáfora implica un problema pastoral: en su lugar actual se genera un cierto bullicio por más que se indique que la paz debe darse a los más cercanos. Este problema suele afectar al canto más próximo, el Angus Dei. Si el gesto de la paz de colocara antes de la anáfora este desorden afectaría al prefacio o, por lo menos, al diálogo inicial del mismo. Por otro lado, este modo incorrecto de darse la paz que observamos en no pocos lugares nos indica que el mismo gesto no es comprendido en su sentido espiritual. ¿Cómo cambiar un gesto que no se comprende del todo con la intención de que sea más expresivo? Este ejemplo nos muestra que lo importante no es tanto el cambio de la estructura ritual cuanto la asimilación del contenido espiritual de las acciones litúrgicas.

Adolfo Ivorra


[1] Para las notas, ver el artículo impreso en Phase 2012, pp. 279-290.