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Explicando la parábola...

Hace unos meses me "dejé engañar" por Jaume González, director de la revista Liturgia y Espiritualidad y accedí a que publicara en su revista el post "Reforma litúrgica y teorías de la conspiración". En general, los comentarios han sido buenos: tanto los de una "sensibilidad" como de otra. Principalmente porque este es un blog ecuménico: aquí se le da leña al mono, tanto a la reforma como a la contra-reforma, por llamarlas de alguna manera. Porque ni lo de antes era perfecto ni lo de ahora es estupendo. A veces toca ponerse a favor de las mejoras introducidas en los años 70 y otras veces toca decir 'antes se hacía mejor'. Esta vía intermedia es la más sensata, sobre todo porque el terreno de la liturgia se está ideologizando demasiado.
Hay un párrafo de ese post que parece un poco oscuro:


Hay maneras de acercarse al misterio de la Iglesia que nunca han sido las de los teólogos y la de los jerarcas en general -léase obispos, arzobispos, cardenales-, pero que están, incluso hoy, allí. La indefectibilidad absoluta es una de ella. En los defensores de las tesis conciliaristas también hay gente así: como si los concilios, por acción de la "magia", fueran más importantes que los evangelios. Los anglicanos están pagando hoy, con creces, su galopante conciliarismo

La "indefectibilidad" es una tendencia que tienen algunos cristianos que podemos identificar con una visión jurídico-burocrática de la Iglesia: si está aprobado, todo está bien. Si así fuera, tendríamos tantos ritos como parroquias, pues en la "aprobación" y el tipo de liturgia que se celebraba en cada diócesis, eran sui generis. Las bulas se contradicen. Sólo hay que recordar la obra de Graciano y la concordancia de los cánones discordantes. El derecho eclesiástico no es una suerte de canon bíblico: expresa el modo de pensar de los legisladores en una época concreta. Después de 1570, el misal no dejó de recibir modificaciones: desde las tipográficas hasta los indultos para la diócesis de tal, la congregación de "X", etc.
El "conciliarismo" es la tendencia contraria: lo que es "bueno" o "verdadero" en la liturgia lo decidimos cada vez que toque o que nos apetezca. Aquí encontramos todas las críticas de J. Ratzinger a los "grupos de liturgia" que establecen los parámetros de la liturgia según les da la gana. Tanto la "indefectibilidad" como el "conciliarismo" son formas extremistas de acercarse al misterio de la Iglesia, que nunca ha sido la forma propia de la jerarquía eclesiástica (obispos, arzobispos, cardenales).
Los más mayores no saben quién es Voldemort.
Es el malo malísimo de la casi-infinita secuela de Harry Potter. Aquí todo el mundo sabe que me refiero a la demonización y sobreestimación del arzobispo Bugnini, que fue el hombre que estuvo demasiado tiempo en la reforma y metido en demasiados "fregaos". Pensar que el ordinario de la misa es fruto de sus deseos personales es pueril. No pocas cosas fueron decisión de Pablo VI, del presidente de un coetus de reforma, del oportuno obispo de turno que busca que todo sea más "fácil". Cada vez que leo un comentario de esos y que gracias a ellos se determinó la forma final de un rito o la inclusión o exclusión de algo en la liturgia, me "pongo negro". Si no te gusta la "versión" de los hechos de Bugnini, te puede valer la del cardenal franciscano Ferdinando Antonelli. Si leemos las intervenciones tal cual, se pone todo más interesante. Por ejemplo, en el caso de la Liturgia de las Horas, nos enteramos que gracias al cardenal Doepfner, secundado por el obispo de Canadá J. F. Martin, se suprime la hora de Prima. Y esto por citar algo que no causó ningún revuelo.
 Los más jóvenes... espero que sepan quién era Heidi.
En general, el post viene a decir que la reforma litúrgica fue expresión de ese "hombre" a caballo entre el agonizante "modernismo" -el cultural, no la herejía teológica- y el "posmodernismo". En general, suelo echar la culpa a algunas intervenciones de obispos en plan "sí, muy bien, pero que sea breve" o en plan "estupendo, así los laicos participan", que evidencia no tener ni idea ni de la historia de los ritos/fórmulas, además de expresar apreciaciones muy humanas: aburrimiento en sus "complejas" liturgias episcopales, la tendencia a pensar que los laicos eran/son tontos. Esto último muy comprensible en la "carrera" de alguien que entró con 8 o 9 años a un seminario menor y no volvió a tener casi contacto con la "raza humana" hasta los 24, si es que tuvo un destino pastoral in strictu senso después. Por el contrario, hay algo en favor a esa minusvaloración: los índices de alfabetización no eran los de hoy... tampoco la mayoría de población urbana como hoy.

J. Ratzinger en los 70, en medio de la "liturgia" de los 70
(nótese el uso de las gloriosas fotocopias)

Por otro lado están los 70's. Esto es evidente. La guitarra setentera se niega a morir. Parece el nuevo órgano de la Iglesia, un instrumento que no debe faltar nunca. Al margen de la cuestión, la pastoral juvenil de hoy, esa que parece tener éxito -efímero, pero ciertamente lo tiene- es muy a los setenta. Guitarra incluida, junto otra serie de puestas en escenas propias del auge de la psicología grupal de los setenta y principios de los 80. Pero ese es un tema que escapa a los limitados temas de este blog. Pero la estética, los tópicos, las canciones secularizantes o los supuestos "descubrimientos" nos siguen acompañando y se niegan a morir. Y sus amarillas fotocopias siguen siendo nuestros cancioneros.

Adolfo Ivorra