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El Corpus es el mejor examen.

Existe la costumbre, que se pierde en la noche de los tiempos, de que en la procesión del Corpus Christi los niños que han hecho ese año la primera comunión, participen de la misa y acompañen la procesión. No voy a hablar de la procesión en sí y de su sentido o ausencia de sentido en una sociedad plural como es la nuestra. Esto ya lo hago en un artículo que parecerá este año. Ahora me quiero centrar en la realidad del Corpus en nuestras parroquias. Corrijo: en su lamentable realidad.
He dicho en varias oportunidades que la teología y la pastoral litúrgica deberían recordar y empezar a tener amplitud de miras: hay más cosas que la misa. Pero es que no se puede creer que con tanto esfuerzo teológico y pastoral, la misa y su prolongación orante -que es la adoración eucarística- tengan tan mal resultado en la práctica.
El Corpus es el mejor examen de los años previos de catequesis. Ésta ha pasado a ser un cúmulo de preguntas y respuestas a una "meditación" -que no aprendizaje- de una serie de "ideas". Es, por tanto, ideológica. O lo que es lo mismo, etérea. No sólo en las cuestiones dogmáticas y morales, sino también en las litúrgicas. En primer lugar, porque no tiene ni siguiera como uno de sus objetivos la participación activa en las celebraciones litúrgicas. Si así lo fuera, no se dejarían para el final. Aquí la catequesis "peca" de ser una mini-licenciatura en estudios eclesiásticos o ciencias religiosas. El primer error de método es dedicar mucho tiempo a "valores" supuestamente humanos sin conexión ninguna con la Sagrada Escritura. Como si no fuera ella, lo mismo que la Iglesia, maestra en humanidad. Habría que preguntarse desde aquí por qué en una catequesis cristiana tienen que enseñarse "valores humanos" que se supone que son ámbito de la enseñanza no-religiosa estatal o secular.
Este problema de separación de ámbitos se prolonga en el resto de los temas: la gracia, si es que como tema llega a tratarse, queda completamente extrínseca. Por eso los sacramentos se tratan al final. Así se contempla con asombro que en las semanas últimas de una catequesis de años se habla del sacramento que se va a recibir. Esto se hace para querer justificar que la catequesis es un fin en sí misma y no está vinculada a la recepción de sacramentos. Lo cierto es que la totalidad de la historia de la catequesis en Occidente es la historia de una preparación para la recepción de un sacramento. La preparación para la vida cristiana siempre fue de la familia y de los predicadores, porque antes la familia era cristiana y los cristianos iban a las homilías/misas.
Si las "ideas" acerca de lo que es la misa llegan al final y a prisas, lo concreto se desconoce. Más si sólo se va a las misas en la que los catequizandos "preparan" algo. Habría que decir que no deberían "preparar" nada para los que van habitualmente, porque no están completamente iniciados en unos misterios que desconocen. Por si fuera poco, la catequesis no enseña tampoco a orar. Y si lo hace, lo hace de forma alitúrgica y peligrosamente acristiana.
La reserva eucarística, tal como afirma el respectivo ritual, se destina al viático y a la comunión de los enfermos y de los que no han podido asistir a la celebración litúrgica. En segundo lugar a la adoración. Y la adoración no consiste en "actitudes", "pensamientos", deseos o formas de pensar. Tiene una gestualidad y actitud corporal, fruto de la época en que la vio nacer: de rodillas, en silencio y acompañando a la oración presbiteral o diaconal. Si estos aspectos no se tratan en una catequesis, no se comprenderán nunca.
Para demasiados cristianos las posturas litúrgicas son estar de pie y sentados. Se nos olvida que en el Credo hay que estar inclinados durante la recitación de algunas palabras -arrodillados en días concretos-. Se nos olvida que hay que arrodillarse durante la recitación de las palabras de Cristo en la Última Cena y las letanías de los santos en las Ordenaciones sagradas. Antiguamente, también los cristianos también oraban con las manos extendidas.
Una cosa es huir de los formalismos y otra es que con nuestro cuerpo no expresemos absolutamente nada: ni adoración, ni escucha, ni respeto, ni oración, etc. Se habla mucho de "teología del cuerpo", cuando en realidad queremos decir "teología de la sexualidad". El cuerpo se usa para otras cosas, por mucho que la cultura posmoderna nos hable siempre de lo mismo.

Adolfo Ivorra