29 de Junio: Santos Pedro y Pablo.

(Rito hispano-mozárabe)


29 de junio
santos pedro y pablo
(Solemnidad)


En España esta fiesta depende de la tradición llegada de Roma en época muy antigua. El himno XII del Peristefanon de Prudencio debió contribuir grandemente a enraizar en nuestro pueblo la devoción hacia estos santos. En la época visigoda muchas iglesias se dedican a los apóstoles Pedro y Pablo, y se enriquece enormemente la liturgia de su fiesta, como atestigua el Oracional de Tarragona.
Tal conmemoración viene a ser una celebración de acción de gracias por el don de la Iglesia, formada del resto de Israel y de la Gentilidad, y peculiarmente significada en la Iglesia de Roma, guardiana de la predicación y de los cuerpos de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

Prælegendum (Esd IV, 2, 23. 35; Sal 138, 1-2)
A mis santos les daré un lugar preeminente, aleluya, en la resurrección eterna; y compartirán mi alegría. Resplandecerá en ellos una luz constante, aleluya; y poseerán la eternidad que les he preparado, aleluya, aleluya. V. Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto. R. Resplandecerá en ellos una luz constante, aleluya; y poseerán la eternidad que les he preparado, aleluya, aleluya. V. Gloria y honor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén. R. Resplandecerá en ellos una luz constante, aleluya; y poseerán la eternidad que les he preparado, aleluya, aleluya.

Oratio post Gloriam
Estos son, Cristo Señor, tus amigos Pedro y Pablo, que, entregando sus cuerpos a la muerte, han llegado a ser guías de salvación, fundadores de la Iglesia. La unidad en la plegaria y la dicha de su muerte ha impedido que fuesen separados o destruidos. Te pedimos, pues, que del mismo modo que su doctrina ha convertido a la fe a muchos pueblos, por su plegaria nos hagas coherederos del reino eterno. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, que, único Dios con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. R. Amén.

Profecía
Lectura del libro del Apocalipsis (Ap 10, 8. 10; 11, 1. 3. 4. 15).
R. Demos gracias a Dios.
En aquellos días:
Yo, Juan, siervo de Jesucristo, en la visión, oí una voz del cielo que me decía:
8 «Ve a tomar el librito abierto de la mano del ángel que está de pie sobre el mar y la tierra.
10 Tomé el librito de mano del ángel y lo devoré; en mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor.
1 Y se me dio una caña en forma de vara, diciendo: Levántate y mide el santuario de Dios y el altar, y a los que están adorando en él.
3 Y haré que mis dos testigos profeticen durante mil doscientos sesenta días, vestidos de sayal.
4 Estos son los dos olivos y los dos candelabros que están ante el Señor de la tierra.
15 Y el séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo: «¡El reino del mundo ha pasado a nuestro Señor y a su Mesías, y reinará por los siglos de los siglos!». R. Amén.

Psallendum (Sal 18, 5. 4)
A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. V. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz. R. Y hasta los límites del orbe su lenguaje.

Apóstol
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1Cor 4, 9-15).
R. Demos gracias a Dios.
Hermanos:
9 Por lo que veo, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos; como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. 10 Nosotros unos locos por Cristo, vosotros, sensatos en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; 11 hasta ahora hemos pasado hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio, 12 nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; 13 nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el deshecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy.
14 No os escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros. Porque os quiero como a hijos; 15 ahora que estáis en Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús. R. Amén.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo (Mt 10, 1-8).
R. Gloria a ti Señor.
En aquel tiempo:
Jesús 1 llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. 2 Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; 3 Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; 4 Simón el de Caná, y Judas Iscariotes, el que lo entregó. 5 A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaria, 6 sino id a las ovejas descarriadas de Israel. 7 Id y proclamad que ha llegado el Reino de los cielos. 8 Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis. R. Amén.

Laudes (Sal 31, 11)
Aleluya. V. Alegraos, justos y gozaos con el Señor, aclamadlo los de corazón sincero. R. Aleluya.

Sacrificium (Mt 25, 34. 31; 13, 43)
Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, aleluya. V. Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre y todos los ángeles con él, entonces los justos brillarán como el sol en el reino de Dios. R. Aleluya.

Oratio admonitionis
Queridos hermanos, recordando las muchas y variadas gestas de los grandes apóstoles Pedro y Pablo que no pueden ser narradas tal y como merecerían; y celebrando hoy su supremo y glorioso martirio que conviene festejar con devoción cada año, oremos a Dios, que es la suprema alabanza de éstos y de todos los santos; así como por medio de ellos ante todo es Él quien ha de ser alabado con gran encomio, de modo semejante creamos que la intercesión de estos santos puede hacérnoslo propicio. Él, acogiendo sus asiduas súplicas, proteja a la Iglesia que en ellos eligió, edificó, llenó de dones e instruyó. Que los embates de la tempestad no puedan con ella, fundada sobre una sólida piedra. Que los trastornos causados por tristes herejías, no hagan prevalecer contra ella las puertas del tártaro, que los príncipes de las tinieblas, humillados, se retiren, para que, abiertas de par en par las puertas de la eternidad pueda entrar en nosotros, como en su propio templo, el único Señor de los ejércitos, el Rey de la gloria celeste. Él aleje, con la voz de la palabra perenne, las jactanciosas amenazas de los perseguidores, que atemorizan a los fieles, y les salga al paso con su tremenda majestad radiante de los destellos de una luz nueva; que les muestre como al asumir nuestra humanidad conduce hacia si a quienes creen en Él, confirme que tiene puestos los ojos en los sufrimientos que sus fieles padecen por su nombre, pues Él mismo compartió los dolores por nosotros, y haga sentir que considera hecho contra sí mismo cuanto maquinan los impíos contra los que se precian del nombre de cristianos. Que todos, por la gracia del brazo salvador de Dios, puedan alegrarse por el hecho de vivir junto con nosotros según la confesión de Pedro y la predicación de Pablo. R. Amén.
Que se digne concederlo Aquél cuyo reino e imperio permanecen sin término por los siglos de los siglos. R. Amén.

Alia
Señor, tú, en tiempos diferentes, diste el don de la vocación a tus santos apóstoles Pedro y Pablo y los coronaste con el mérito del martirio en el mismo día. La fe admirable que ambos manifestaron antes de su muerte llevó a uno a recibir las llaves del reino de los cielos y al otro a penetrar hasta el tercer cielo; aquél fue constituido juez de los creyentes, y se le dio el derecho de hacer entrar a los buenos y excluir a los malos; éste, llevado en éxtasis más allá de las nubes a un lugar retirado, como futuro doctor de las gentes, pudo saciarse con inefables palabras de los secretos divinos; lo que no llegarían a experimentar otros santos estos merecieron pasarlo. Haz que nos protejan, pues nos los has dado como maestros; que obtengamos el perdón por la intercesión de aquellos que, con sus enseñanzas, nos guían por el camino de tu gracia. Como Pedro, el número de nuestros pecados se vea superado por la abundancia maravillosa del perdón. Como Pablo, la palabra de Cristo nos abra con la luz de la verdad el camino bloqueado por la perfidia. En aquél se nos conceda no ser engullidos por las olas variables de la vida mundana; en éste, no ser mordidos por la antigua serpiente. Que nos salvemos, evitando el naufragio de los malos y sin sufrir las heridas del veneno de la víbora, gracias a Aquél que salvó a Pedro de las olas del mar y venció en Pablo el poder de la serpiente. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, en cuya presencia recitamos los nombres de los santos Apóstoles y Mártires, Confesores y Vírgenes. R. Amén.

Post Nomina
Dios, a tus Apóstoles cuya solemnidad hoy celebramos, diste nombres ilustres como signo de su vocación a la santidad: uno fue llamado Pedro, el otro Pablo; aquél utilizó el apodo que le pusiste, éste cambió su nombre. Concédenos, por su plegaria e intercesión, que, dejando atrás la realidad de nuestra naturaleza y superando las exigencias de la carne y de la sangre nos comportemos como corresponde a quienes hemos recibido el nombre de hijos tuyos. Que así entremos en el ámbito del espíritu y abandonemos el afecto carnal; que merezcamos poseer las virtudes sacerdotales quienes hemos sido elegidos para poder ejercer el oficio del sacerdocio. Acepta complacido, oh Cristo, estas oblaciones de los católicos como aceptaste lo que pescó y preparó Pedro con su mano; y enriquécelas con la bendición, que saldría de la boca de Pablo, a quien te dignaste hablar. Por la intercesión de ambos, concede a todos una alegría saludable; que Pedro haga siempre su oficio de pastor y Pablo enseñe, dirigiendo a todos hacia Dios mediante la necesaria conversión; puesto que la gracia recibida para el ejercicio de su función permite también a aquél enseñar y a éste apacentar. Que los dos apóstoles intercedan también por las almas de los difuntos cuyos nombres hemos recordado, para que obtengan el perdón de todos sus pecados. R. Amén.
Porque tú eres la vida de los que viven, la salud de los enfermos, y el descanso de todos los fieles difuntos por todos los siglos de los siglos. R. Amén.

Ad Pacem
Creador y Redentor todopoderoso, que para la conversión de los pueblos y la reconciliación de los penitentes, diste dos magníficos ejemplos: las cartas de Pablo y las lágrimas de Pedro; no los apartó de tu gracia ni la persecución que aquél sufrió por amor a tu ley, ni la negación de éste que causó el temor de la muerte. Concede, te lo pedimos, enmendarnos después de las equivocaciones, llorar después de las culpas, recuperar la gracia después de las lágrimas; ante tu tribunal salgan a favor de los que han errado Pablo, al cual no perjudicó lo que no había ignorado, y Pedro, para quien no fue obstáculo lo que negó. Tu misericordia puede curarnos de tal manera que no se noten las heridas recibidas, restaurarnos de modo que el enemigo no pueda alegrarse de que cayéramos, y restablecernos hasta tal punto que los más fuertes no puedan pensar que hemos sido débiles. Que tu majestad, al perdonarnos, borre también la conciencia de pecado ya que no ha querido mantener el castigo; nos conceda la concordia de la unanimidad y la paz para el tiempo presente; nos haga permanecer unidos en la caridad y, por tu gracia, apartados de las insidias del mundo. R. Amén.
Porque tú eres nuestra paz verdadera, caridad indivisible; tú, que vives contigo mismo y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Illatio
Es justo y necesario, Padre todopoderoso darte gracias con todas las fuerzas, por la abundante gloria de tus apóstoles Pedro y Pablo, que les concediste por tu gran amor en forma de gracias muy diferentes; los hiciste discípulos de tu Unigénito y maestros de los pueblos. Ellos, a causa de la predicación del Evangelio, aunque presidan en el reino de los cielos, fueron encerrados en la estrechez de la prisión. Recibieron la potestad de perdonar los pecados y son amarrados con cadenas de hierro. Realizan curaciones, y soportan enfermedades. Someten a los demonios, y son flagelados por los hombres. Alejan a la muerte, y huyen ante los perseguidores. Caminan sobre el mar, y se fatigan en el trabajo. Trasladan montes con su palabra y se ganan su comida con el trabajo de sus manos. Los que han de juzgar a los ángeles, son sometidos a interrogatorios. Viven con Dios, y corren peligros en el mundo. Cristo, al final de su vida, les sirve y lava sus pies, y sus rostros son abofeteadas por las manos de sus ultrajadores. Nada dejaron de aguantar quienes soportaban las dificultades, nada faltó en la corona de los vencedores. Si nos preguntamos qué sufrimientos aguantaron en los tormentos para dar testimonio de la verdad de la fe,
debemos reconocer que su martirio a menudo fue agobiante; si se trata de gestas maravillosas, hicieron por Cristo, cuanto había hecho el mismo Cristo; si se trata de penalidades soportaron todo lo que la condición mortal imponía, lo mismo que Cristo aceptó voluntariamente la muerte: ellos por la fuerza de Cristo, éste por su propia fuerza. Probaron la misma doctrina con la autoridad del Maestro aunque no igual que Él. Pedro cumplió a su tiempo lo que había prometido antes de tiempo. Entregó su vida por Aquél que no había creído negar; se dejó llevar por la ligereza de su espíritu, impulsado por el amor, sin calcular lo que decía y sin entender que el siervo no podía dar su vida por su Señor antes de que el Señor entregase la suya por su siervo. No rehusó ser crucificado, pero no se atrevió a ser colgado del mismo modo. Cristo murió levantado, Pedro cabeza abajo; Aquél para mostrar la sublime majestad del que subía, éste para indicar la humilde fragilidad que se abajaba. Pablo se dejó llevar también por un no menor afecto cuando se atrevió a decir: «Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir». Ofreció de buen grado a los golpes del furioso verdugo su cuello sometido al yugo de Cristo y perdió la cabeza de su propio cuerpo en favor de la Cabeza del cuerpo que es la Iglesia. Los dos soldados de Dios se repartieron el vestido de la pasión del Señor, uno por el patíbulo y el otro por la espada; Pedro en la crucifixión, Pablo al derramar la sangre. Ambos tuvieron un género de muerte distinto, pero no lo era el amor que demostraron al morir; alégrese en su doctrina la Iglesia católica, con su celebración la religiosidad de todos, en sus santuarios la ciudad de Roma, por su protección todos los cristianos. Todo esto lo has llevado a cabo tú, Señor, que fuiste anunciado por los profetas, adorado por los ángeles,
y manifestado a todo el mundo por la luz de los apóstoles. Por esto, todos los ángeles y arcángeles no cesan de alabarle, diciendo:

Post Sanctus
¡Hosanna en el cielo! Cristo, Hijo de Dios, tú mismo eres excelso en lo alto del cielo y humilde en la realidad de la tierra. Manifestando la verdad por medio del apóstol Pedro, tú destruiste el brumoso prestigio de la magia de que presumía. El cual, deseoso de elevarse y moverse por los cielos, engañado por una ilusión diabólica, cuanto más lo elevó a las alturas la jactancia, tanto más grave fue su caída; ignoraba que, sólo manteniendo la loable confesión de Pedro y la fe profesada por Pablo, podría entrar por la puerta del cielo, cuyas llaves guardaba Pedro. Olvidaba también aquella severa sentencia por la cual se castigó con la muerte corporal a Ananías y Safira, quienes, por haber mentido contra el Espíritu Santo, se habían hecho reos de prevaricación y perfidia. De modo semejante, Pablo castigó con una justa ceguera al mago Elimas, que, ignorando su autoridad en el Evangelio, contradecía su doctrina; asimismo al espíritu charlatán que oprimía a una joven le impuso con energía que la abandonase. Estos celestiales atletas lucharon denodadamente por el nombre de Jesús, por la divinidad del Salvador, por la manifestación de Cristo, gracias a la fuerza sobrenatural que les otorgó la clemencia divina.
Por Cristo Señor y Redentor eterno.

Post Pridie
Cristo, Señor Dios nuestro, te pedimos que inspires nuestra oración, ya que, a causa de la magnitud de tus misterios, nos falta la penetración en la mirada, la claridad en el entendimiento, el vigor en la alabanza, la palabra justa en la expresión. ¿Quién puede proclamar de modo apto y conveniente el amor sin medida con el cual nos has redimido? Para decirlo de alguna manera, ¿por qué te dignaste abajarte hasta hacerte hombre, por qué decidiste enviar a los apóstoles que elegiste para la conversión salvadora de todos los pueblos; por qué quisiste distinguir de modo especial a Pedro y a Pablo entre tus discípulos? Ya que no podemos repasar de modo conveniente, por indignidad de vida y corrupción de naturaleza, toda esta realidad inmensa, en la celebración de esta solemne liturgia, pedimos a tu inestimable majestad, Todopoderoso, que, por intercesión de tus dos santos apóstoles, nuestros protectores, aceptes y bendigas el sacrificio que hoy te ofrecemos. Dígnate enriquecerlo con tu santa e inapelable gracia, de modo que, recibido en el interior de quienes comulgarán, les obtenga la expiación de los pecados, asegure la incolumidad del cuerpo y del espíritu y sea guardia y protección en esta peligrosa vida. R. Amén.

Ad Orationem Dominicam
Celebrando el recuerdo anual de la muerte de los santos apóstoles, que tanto vale a tus ojos, Señor, alabamos tu gloria; porque estas lámparas preciosas que has encendido tú, luz verdadera que no conoce ocaso, iluminan no sólo cuando son leídas sino también cuando son celebradas. Ellos son los dos olivos y los dos candelabros de oro que están en tu presencia. A toda la tierra ha alcanzado su pregón; mientras acoges nuestro devoto servicio, te pedimos que nos concedas por su intercesión, el espíritu de plegaria, que nos permita clamar desde la tierra:

Benedictio
Dios todopoderoso, que concede a los necesitados el remedio de su amor, os otorgue las lágrimas de Pedro para purificaros de toda mancha de pecado. R. Amén. Que os conceda, por medio de la doctrina de Pablo, poder adquirir la sabiduría de la Palabra. R. Amén. Que Pedro por su arrepentimiento y Pablo por su doctrina os hagan llegar a la vida eterna. R. Amén.
Por la misericordia de Dios, nuestro Dios, que es bendito y vive y todo lo gobierna, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Completuria
Señor Jesucristo, tú te dignaste consagrar a Pedro y a Pablo, que lucharon denodadamente, a uno por la cruz y al otro por la espada; les diste una caridad inconmovible, para que, por tu amor aquél aceptase la muerte de cruz y éste recibiese el golpe de la espada; concédenos que, de modo semejante, caminando en pos de tu amor con Pedro entremos en el misterio de la cruz, y Pablo nos defienda siempre con la espada de la palabra espiritual. Que por la cruz de Cristo evitemos el castigo del infierno y por la espada del Espíritu entremos en lo íntimo del cielo. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, que eres bendito y vives y todo lo gobiernas, por los siglos de los siglos. R. Amén.