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26 de Junio: San Pelayo.

(Rito hispano-mozárabe)


26 de junio
san pelayo
(Memoria)


Este joven muchacho (de unos trece años) fue hecho prisionero y llevado a Córdoba con otrs muchos hombres tras la batalla de Valdejunquera (año 920).
El licencioso Abderramán III se encapricha de él, y Pelayo ha de luchar por mantener su pureza. Al fin, enfurecido Adberramán por la resistencia del muchacho, lo manda matar el 26 de junio del 925, domingo, a la hora décima. Su culto se propagó rápidamente por toda la Península, singularmente por Galicia y el norte de Castilla.

Prælegendum (Sal 111, 1-2)
Dichoso el hombre, aleluya, que teme al Señor, aleluya, y ama de corazón sus mandatos, aleluya, aleluya. V. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita. R. Y ama de corazón sus mandatos, aleluya, aleluya. V. Gloria y honor al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo por los siglos. Amén. R. Y ama de corazón sus mandatos, aleluya, aleluya.

Oratio post Gloriam
Dios, que has consagrado este día con la pasión de tu mártir san Pelayo, atiende benigno las oraciones de tu familia. Que por la intercesión de aquél cuya fiesta celebramos hoy nos apliquemos a llevar a cabo cuanto deseamos imitar de él. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, que eres bendito y vives y todo lo gobiernas por los siglos de los siglos. R. Amén.

Profecía
Lectura del libro del Eclesiástico (Ecclo 32, 23-33, 1).
R. Demos gracias a Dios.
Hijo:
23 En todos tus actos confía en ti,
que también esto es guardar los mandamientos.
24 El que confía en la ley observa los mandamientos,
y el que confía en el Señor no sufrirá ningún daño.
33, 1 El que teme al Señor no sufrirá desgracias,
e incluso en la prueba será liberado. R. Amén.

Psallendum (Sal 68, 2. 3)
Dios mío, sálvame, que me llega el agua al cuello. V. Me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie, he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente. R. Me llega el agua al cuello.

Apóstol
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (2Tim 4, 17s).
R. Demos gracias a Dios.
Hermanos:
17 El Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones. Y fui librado de la boca del león. 18 El Señor me librará de toda obra mala y me salvará llevándome a su reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. R. Amén.

Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo (Mt 24, 45-47).
R. Gloria a ti Señor.
En aquel tiempo:
Nuestro Señor Jesucristo hablaba con sus discípulos y les decía:
45 ¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas? 46 Bienaventurado ese criado, si el señor al llegar, lo encuentra portándose así. 47 En verdad os digo que le confiará la administración de todos sus bienes. R. Amén.

Laudes (Is 42, 1)
Aleluya. V. Mirad a mi siervo a quien sostengo, mi elegido a quien prefiero. R. Aleluya.

Sacrificium (Is 41, 9-10. 17. 16; 42, 6-7. 23)
Yo, el Señor, te creé y te digo: Tú eres mi Hijo, el elegido, no temas. Los pobres y los indigentes te buscan, y tú los levantarás en el nombre de Dios, aleluya. V. El Señor te ha llamado a la santidad, te ha tomado de la mano, te ha ensalzado, te ha puesto como luz de las gentes, para que abras los ojos de los ciegos, y el pueblo derrotado y descontento invoque a Dios. R. Y tú los levantarás en el nombre de Dios, aleluya.

Oratio admonitionis
Queridos hermanos, celebremos con atentas plegarias y ensalcemos con entusiasmo las excelencias de este preclaro y glorioso día, consagrado para nosotros por la sangre del mártir san Pelayo; hoy se consumó su pasión y él fue enaltecido por sus méritos; en este día el bienaventurado mártir se despojó del vestido de su cuerpo y recibió la gloria del cielo. Llamado de entre el número de los creyentes, nacido de familia cristiana, al morir por Cristo subió hasta el trono celestial. Él sufrió las angustias de la cárcel, sujeto con el peso de los hierros, pero no cedió a las lisonjas de este mundo, sino que, en su lugar, escogió el reino que no conocerá término por toda la eternidad. En él está apagado el deseo de esta existencia, había cesado el amor del mundo, porque no sucumbió ante ningún tipo de frivolidad terrenal. Encerrado en las mazmorras, mientras sus compañeros vivían entre placeres, él conservaba intacto su propio cuerpo, y dirigía sin cesar, sólo a Dios, los ojos de su espíritu. Carísimos, invoquemos a este santo como protector ante Dios para que podamos obtener, gracias a sus plegarias, aquello que nuestros méritos no nos permiten alcanzar y nuestros pecados habituales nos arrebatan. Dejemos pues el mal que hemos cometido viviendo según las instigaciones del maligno y apartándonos de los preceptos del Señor. Y ya que no podemos confiar en nuestros méritos, pidamos la intercesión de este mártir que, segado por la espada, obtuvo la felicidad eterna. R. Amén.
Por la misericordia del mismo Dios nuestro, que vive y reina por los siglos de los siglos. R. Amén.

Alia
Dios todopoderoso y eterno, que sin exigir méritos precedentes llamas a ti a los pecadores y llenas con tu misericordia a tus siervos, concédenos siempre como abogado nuestro al mártir san Pelayo, que fue tu testigo y obtuvo alcanzar el premio incomparable al derramar su sangre por ti. Que, por tu gracia, obtenga el cuidado de la grey de tus fieles, aquél que no dudó aceptar el sufrimiento del martirio, y no calló la verdad ante el despiadado príncipe, gloriándose únicamente del nombre de tu Hijo; que él interceda sin cesar por nosotros en tu presencia. De manera que, entre las dificultades de la vida, nos veamos libres de pecado y no estemos enredados con los halagos que decepcionan. Que por medio de este mártir tuyo, nos seas siempre propicio, Señor, para que multipliques los bienes de los oferentes y te dignes, con tu acostumbrada bondad, aumentar los frutos de la tierra. No permitas que caigamos en el error ni que nos veamos atraídos por el mal, quienes no podemos en absoluto superar nuestros peores vicios. Por esto te suplicamos que nos seas siempre benigno, tú que nos has creado a tu imagen y por el baño bautismal nos renovaste. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, en cuya presencia recitamos los nombres de los santos Apóstoles y Mártires, Confesores y Vírgenes. R. Amén.

Post Nomina
Acoge benigno, Dios inmenso, las súplicas de tu Iglesia que solicita la protección de tu mártir Pelayo y que ahora con alegría presenta sus ofrendas sobre tu altar. Hay, sin embargo, quien no deja de suspirar, otro vierte lágrimas por la compunción de su espíritu; éste, en cambio, simplemente ora, aquél no deja de postrarse rostro en tierra. Pero tú, Dios nuestro, penetras los espíritus y examinas las conciencias de cada uno. Por esto te pedimos que hagas grato a tus ojos cuanto puede ofrecerte de cualquier modo la humana miseria que se arrepiente. En verdad, ¿quién de nosotros con la conciencia desnuda podría sostenerse ante ti, ante quien tiemblan los santos y la gran asamblea de los bienaventurados­? Así que te pedimos y te rogamos con humildad, que nos disponga tu misericordia concediéndonos la gracia de la conversión y que dé a los difuntos el descanso eterno. Que llegue tu favor incansable a cuantos, temblorosos ante tu presencia, ves que están sometidos a su condición mortal. R. Amén.
Porque tú eres la vida de los que viven, la salud de los enfermos, y el descanso de todos los fieles difuntos por todos los siglos de los siglos. R. Amén.

Ad Pacem
Señor, nos acercamos a ti, nosotros, pobres siervos sacerdotes, que, por exigencia de nuestra misma función, estamos obligados a encomendar a todos los fieles; ya que no podemos alegar méritos propios de ningún modo, que, al menos evitemos, con tu ayuda, los antiguos pecados. Escucha, te pedimos, las plegarias de tu Iglesia, que, fiel a tu voluntad, celebra la gloria de tu mártir Pelayo, y acoge las oraciones de cada uno de nosotros, tú que te dignaste llamar a gozar de tu presencia a este mártir tuyo que rechazó el pecado. Que presente ante ti nuestra plegaria aquel que te fue grato por su martirio. Que ayude a los pobres con su plegaria, que libre siempre a los desvalidos el que te confesó ante el soberano infiel. En verdad, ¿quién de nosotros, con ligereza, se atreverá a levantar los ojos hasta ti, dado que nos oprime la corrupción de nuestra conciencia, nuestras caídas nos arrastran, las feas costumbres nos doblegan torpemente, la reacción lenta de nuestra alma no permite que nos levantemos y lo que es peor, nos incita abiertamente a hacer lo que no es lícito? Con espíritu humillado te rogamos que a todos nos asista el mismo protector y que, por tu benignidad, vuelvan a la paz los que se han alejado y los pacíficos mantengan la unidad inquebrantable de la caridad. R. Amén.
Porque tú eres nuestra paz verdadera, caridad indivisible; tú, que vives contigo mismo y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Illatio
Es justo, Dios todopoderoso, es en verdad hermoso y santo, es muy necesario y siempre muy conveniente para nosotros darte gracias por Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro. Por quien este santo mártir Pelayo no se dejó arrastrar en el torbellino de los pecados ni cedió a la ignominia de los placeres, sino que se mantuvo siempre intrépido quién, ya antes del martirio, te servía con espléndido vigor. [Nacido en la región occidental, era Galicia la tierra de sus antepasados, pero fue en Córdoba dónde, por permisión de Cristo, sufrió nobilísimo martirio. Y dado que, por oculto y secreto designio de Dios, los elegidos son llevados al cielo por diversos caminos, por una serie de razones y coincidencias le tocó a este tu mártir, nuestro patrono, padecer en su cuerpo precisamente en la ciudad de Córdoba, para gloria de la misma. Un pariente de este Pelayo, el obispo Ermogio, estaba encarcelado en Córdoba, y para escapar de los peligros de la mazmorra entregó como rehén a este niño y discípulo. Así, al salir aquel, ocupó su lugar en la cárcel Pelayo, que había de dar testimonio de la verdad; aherrojado con el peso de las cadenas, en cierto modo preveía el martirio que le esperaba, mientras su espíritu, con frecuencia, se elevaba hasta el cielo. Y si bien, humanamente hablando, deseaba regresar a su patria, sin embargo no cejaba en modo alguno en su austero rigor, ya que consideraba la cárcel como una ardua penitencia; y se aplicaba cada día a la salmodia, pues poseía en su interior tu gracia, oh Cristo, que lo iluminaba. Aquello que Tú hacías resonar en el fondo de sus entrañas: «Escucha, hijo, mira, el Rey se ha prendado de tu belleza», fue lo mismo que el impúdico tirano, abiertamente, se atrevió a pedirle, pensando que se plegaría a sus deseos. Pero él permaneció valeroso, Porque tú no dejabas de estar presente en él; así, al ser llamado e invitado a renegar de Cristo, inmediatamente despreció los reinos que se le ofrecían y con voz decidida predicó a Cristo, Señor nuestro: «Conserva, le dijo, oh rey, todas tus dádivas para ti y para tus siervos perdidos, porque a mí no me es posible consentir a tus propuestas pues en mi interior está el que me enseña. Porque yo tengo un Dios, al cual tú, miserable, ignoras, ante quien toda rodilla se dobla, el cual prometió a los santos el reino celestial y a los pecadores el suplicio eterno. Y como es cierto que hemos de llegar al reino pasando por muchas tribulaciones, estoy preparado: puedes mostrarme qué clase de muerte has escogido». El rey le respondió: «Muchacho, o niegas a Cristo, o tus miembros caerán bajo la espada y exhalarás tu espíritu en medio de duros tormentos». Y san Pelayo repuso: «Soy, fui y seré cristiano, por esta razón no temo morir». Firme en su postura, soportó muchos tormentos mientras la espada iba cercenando todos sus miembros, y así su espíritu entró en los cielos, ya que en medio del suplicio no dejó de confesar a Cristo. ] Oh verdadero mártir en el cielo, tú que fuiste testigo en la tierra, sé valedor compasivo de nuestras plegarias. Que por ti el pecador alcance la penitencia, el ignorante la doctrina, el enfermo el restablecimiento, y el difunto el descanso eterno. Cuanto te pedimos humildemente, Dios eterno, concédenoslo propicio por este tu santo mártir; escucha con clemencia nuestros ruegos y acoge benigno estas ofrendas que te presentamos. Por esto, todos los ángeles y arcángeles no cesan de alabarte cada día, diciendo así:

Post Sanctus
Este himno es cantado por los ángeles en el cielo y también por todos los santos, Señor. Santo y bendito es en verdad nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que dio fortaleza a san Pelayo para que no temiera morir, ni callara la verdad al ser interrogado. [El soberano trataba de persuadirlo para que aceptase las ingentes riquezas de su reino y negase a Cristo plegándose así a las seducciones del rey; pero tu santo, que ya antes había sido divinamente iluminado le respondió con valerosa rectitud de espíritu: «Estoy dispuesto a morir antes que negar a Cristo, mi Señor. Todo lo transitorio que me muestras, oh rey, no lo amo, porque deseo alcanzar el reino eterno. Todas estas cosas son ligeras como el viento y no deseo lo que puedas proporcionarme porque vivo unido espiritualmente a Dios, que me ha enseñado con muchas razones a mantener intacto mi cuerpo y mi espíritu. Por esto, para mí, morir es una ganancia, y vivir un premio: el interminable galardón que Cristo ha prometido dar a todos los santos». ] Él que murió por ti, Señor, no sólo ha merecido compartir el reino contigo sino que también ha obtenido en la Iglesia un puesto eminente. Consiguió el honor de un sepulcro aquél a quien el tirano condenó a ser pasto de animales. Postrados te pedimos, Dios eterno, que concedas el patrocinio de este mártir tuyo al pueblo católico. Te pedimos, por su intercesión, que santifiques estas ofrendas que te presentamos y enriquezcas las oblaciones depositadas sobre el altar. De tal manera que todos cuantos participen de ellas se vean librados por ti de toda adversidad.
Por Cristo Señor y Redentor eterno.

Post Pridie
Ven, Espíritu Santo, desciende sobre esta oblación que te ofrece toda la Iglesia en honor de la santa pasión de tu mártir Pelayo. Protegido por ti superó todos los sufrimientos, venció todas las amenazas, no temió la espada, por esto obtuvo reinar contigo por toda la eternidad. Este es tu siervo, Señor, distinguido en la lucha, prudente en la vida, en la doctrina invencible, en la muerte loable, enaltecido hasta el reino. Por él te pedimos que nos seas propicio, que nos libres de la mano del maligno y nos hagas participar de tu reino. Tú sabes, Señor, cuanto nos acecha el antiguo enemigo; que no pueda ganar para sí a ninguno de nosotros a quienes nuestra única madre la Iglesia se gloría de haber lavado con el baño de la regeneración. Florezca en nosotros la gracia del don eterno por el que son santificadas estas ofrendas, y por el que, una vez santificadas, son recibidas. Que tu sacrificio produzca fruto en nuestros corazones, tal como obtuvo la corona para el santo mártir Pelayo. R. Amén.

Ad Orationem Dominicam
Dios todopoderoso, recibe las plegarias de esta fiel asamblea que cada día se postra humildemente ante tu presencia; ahora que celebra con rendida devoción a tu beatísimo mártir Pelayo, concédele que interceda ante ti por ella el mismo a quien tú te dignaste conceder la palma del martirio. Ablanda, te pedimos, nuestros duros corazones y riega nuestra aridez con tu abundante y generosa bendición. Concédenos que nuestra vida consista en servirte con libertad, apartados de aquellas malas costumbres que constantemente nos llevan hacia lo que no es lícito; líbranos de la mano del enemigo y consérvanos siempre bajo tu protección. No alejes de tu mirada, a quienes con tu acostumbrada bondad has enseñado a orar y a decir desde la tierra:

Benedictio
Cristo Señor, que os ha librado de la condena de la muerte, os permita participar en los méritos del beatísimo mártir Pelayo. R. Amén. Aquél por quien padeció Pelayo y obtuvo el reino de los cielos, os haga escapar de las penas que merecéis por vuestros pecados. R. Amén. Que el mártir Pelayo sea siempre vuestro protector en el cielo, él, que en medio de sus tormentos brilló como testigo excelso. R. Amén.
Por la misericordia del mismo Cristo, nuestro Dios, que, con el Padre y el Espíritu Santo es el único Dios, y vive y reina por los siglos de los siglos. R. Amén.

Completuria
Después de haber gustado el cuerpo y la sangre de Cristo, nuestro Dios y Señor, en la celebración en honor de san Pelayo, adoremos la unidad de la santa Trinidad, para que nos conceda siempre tener hambre de una fe más plena y tener sed de justicia. Así, confortados por su acción, damos gracias de todo corazón, para que este sacramento que hemos recibido nos sirva como remedio y no como motivo de condena. R. Amén.
Por tu misericordia, Dios nuestro, que vives y reinas por los siglos de los siglos. R. Amén.