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Domingo V de Cuaresma (hispano-mozárabe).

Lectura sapiencial: Ecclo 47,24-29.
Lectura histórica: 1Sam 26,1-24.
Psallendum: Sal 37,22.8.18.20b-21.
Apóstol: 1Jn 5,16-20.
Evangelio: Jn 11,1-52.

La vida y la muerte son los temas de la Liturgia de la palabra de este domingo. La lectura histórica nos habla del cuidado que tiene David de no matar al ungido del Señor, Saúl. Aunque David será el rey, no se atreve a quebrantar la ley de Dios, que indica que es Él el dueño de la vida y de la muerte. Desde la resurrección de Cristo, que celebraremos en la Vigilia pascual, sabremos mejor que Él tiene las llaves de la muerte y del Hades (Ap 1, 19), no nosotros. Después de la muerte encontramos la justicia, tal como decíamos el domingo anterior, y que hoy nos lo explicita la lectura histórica: El Señor pagará a cada uno su justicia y su lealtad. Por tanto, la mirada del bautizado se dirige a esta realidad: la retribución después de la muerte.
Y Salomón descansó con sus padres. Esta frase de la lectura sapiencia de hoy, tomada del libro del Eclesiástico, se encuentra claramente en relación con el evangelio: Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo. Entonces le dijeron sus discípulos: Señor, si duerme, se salvará. Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Esta sugerente idea de la muerte como sueño, aunque de algún modo desmentida en el caso de Lázaro, se ha expresado en varias oraciones de la Iglesia. Pensemos, por ejemplo, en la oración de las completas romanas del viernes, donde el cuerpo de Cristo yaciente en el sepulcro lo imitamos al dormir. También la liturgia romana, lo mismo que la hispana, reservan este evangelio de hoy en su selección de evangelios exequiales.
La reflexión sobre la vida y la muerte nos hace capaces de descubrir el «eco eterno» que tienen nuestras acciones. San Pablo nos dice hoy que hay pecados que son de muerte (mortales) y otros que no lo son. Nuestras malas acciones nos pueden separar de Dios o romper nuestra relación con Él. Es una realidad que se tiene que tener en cuenta durante toda nuestra vida. Pero el resultado no es la desesperación. Al contrario, el Apóstol nos habla de la importancia del bautismo, pues todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el engendrado de Dios le guarda, y el Maligno no llega a tocarle. Hemos nacido de Dios por el primer sacramento, y estamos llamados a mantener en nosotros esa condición primera de nuestro ser cristiano. La última frase acerca del Maligno tendrá una resonancia en algunos Padres, que hablarán del pecado como una manera en que el diablo vuelve a tener «derechos» sobre el alma del pecador. Cristo nos ha liberado del poder de las tinieblas, pero el pecado nos aleja de Él para sumergirnos de nuevo en ellas. El bautismo nos concede una dignidad y facilita nuestra vida de gracia, pero también conlleva una gran exigencia moral. De esta exigencia se habla en toda la cuaresma a los catecúmenos, pero también a nosotros se nos recuerda su importancia.


Adolfo Ivorra