Domingo IV de Cuaresma (hispano-mozárabe).

Lectura sapiencial: Ecclo 14,11-22.
Lectura histórica: 1Sam 1,1-20.
Psallendum: Salmo 70,5.19b-20a.21b.10b-12a.3c-5a.
Apóstol: Sant 3,14-18.
Evangelio: Jn 7,2-30.

En título de este domingo se debe al evangelio propio de este domingo: en medio del día de la fiesta subió Jesús al templo y se puso a enseñar. En el evangelio de Juan de hoy se nos presentan unos temas que son propios de la cuaresma como el valor de la ley y de la circuncisión, pero además la alusión al dogma trinitario, tan fundamental para los catecúmenos: yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado.
            Sin lugar a dudas, todas las lecturas nos hablan de las características propias del bautizado. Éstas deben ser conocidas ya de antemano por los catecúmenos, y por ello se insertan en medio de la cuaresma. En el evangelio todos se preguntan cómo Jesús puede decir lo que dice: ¿Cómo es éste tan instruido, si no ha estudiado? La respuesta de Jesús es también la nuestra: Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado. Del mismo modo, hacemos también nuestras las demás palabras: yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado. ¿Quién nos ha enviado? El mismo Jesucristo, que a su vez fue enviado por el Padre. El contexto bautismal del evangelio está contenido en el sentido propio de la fiesta de los Tabernáculos, que duraba ocho días –signo bautismal en el cristianismo[1]– y que «estaba caracterizada por las oraciones que pedían la lluvia»[2], con una procesión a la piscina de Siloé.
            La lectura histórica también tiene un sentido bautismal al hablarnos de la consagración de Samuel, un importante profeta. También su vocación profética es la nuestra. De la esterilidad del pecado hemos sido concebidos para una vida nueva, que conlleva una misión divina. Por eso las demás lecturas nos dan connotaciones sapienciales. En apóstol del día lo resume diciendo que la si la sabiduría no viene del cielo es terrena, animal, diabólica. Por eso la sabiduría que destilan nuestros labios y que expresan nuestras acciones también no procede de nosotros mismos, sino que es participación de esa sabiduría divina.

            Pero no sólo salimos de Dios, sino que a Él debemos volver. En la exhortación a practicar la justicia del Eclesiástico intuimos esta realidad, cuando instruye al justo: practica la justicia antes que mueras, porque en el Abismo no hay que buscar placeres. Si no hay placeres, ¿hay en cambio justicia? La lectura cristiana, punto final de una evolución en el pensamiento escatológico de los libros inspirados, nos dice que allí estaremos con el Justo. Con plena armonía, nos encontraremos que en la realidad definitiva no habrá ni llanto ni dolor (cf. Ap 21, 4).



[1] Me refiero especialmente a los bautisterios de ocho lados.
[2] J. Chapa (ed.), Introducción a los escritos de san Juan. Evangelio, Cartas y Apocalipsis, Pamplona, 2011, 127.


Adolfo Ivorra