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Domingo III de Cuaresma (hispano-mozárabe).

Lectura sapiencial: Prov 20,17-28.
Lectura histórica: Núm 22,2-23,10.
Psallendum: Sal 35,8a.11-12.
Apóstol: 1Jn 1,5-9.
Evangelio: Jn 9,1-38.

Este domingo tiene una fuerte impronta catecumenal. Como ya se puede intuir del título de la misa (del ciego de nacimiento), la luz es el signo que atraviesa las lecturas de hoy. Eso no impide que la lectura sapiencial desarrolle también los temas propios de la cuaresma, como la moderación en las palabras. El primer versículo, sin embargo, contiene una alusión eucarística al hablar de la aparente dulzura del pan sustraído. La lectura de Proverbios nos previene contra la venganza e insta a poner la confianza en el Señor. El tema de la luz sale al hablar de la relación con los padres, uno de los diez mandamientos: Al que maldice a su padre y a su madre se le apagará la lámpara en plena oscuridad. La relación con los progenitores guarda una cierta vinculación con la relación que debe existir entre el hombre y Dios. No en vano desde el Antiguo Testamento Dios tiene un título que sobresale de entre los demás: Padre. La advertencia de esta lectura sapiencial, entendida dentro de la relación entre Dios y el creyente, hace que comprendamos la luz como algo que debemos cuidar nosotros mismos. Así, además de concebir la luz como don de Dios –cuestión típicamente bautismal–, la Liturgia de la palabra de hoy nos da un concepto de luz como gracia, entendida desde la típica perspectiva oriental: sinergia.
El Apóstol secunda esta comprensión moral de la luz, cuando al definir a Dios luz sin tiniebla alguna, nos invita a vivir según la luz, es decir, según Dios: si vivimos en la luz, lo mismo que Él está en la luz, entonces estamos unidos unos con otros y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia le pecados. Como era de esperar, también se nos invita a la penitencia, entendida como aspecto esencial de la vida según la luz, pues también así se limpian nuestros pecados: si confesamos nuestros pecados, Él, que es fiel y justo nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Y es que Cristo nos transforma interiormente al darnos su luz. Es la enseñanza fundamental del evangelio de hoy: Jesús, con el barro, hace que el ciego vea. Éste va a lavarse, alusión al bautismo, pero es Jesús, como en el relato de la creación del Génesis, quien con el barro modela al nuevo hombre que, liberado de las tinieblas, puede contemplar la realidad del mundo en su verdad. La tiniebla que impide ver a este ciego –y a todo hombre– no se debe al pecado personal, sino a la misma debilidad humana. Por eso dice Jesús: Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios.

El conocimiento de la realidad del mundo en su verdad es lo que concede Dios a Balaam en la lectura histórica del libro de los Números. Este adivino, a quien le encargan maldecir al Pueblo de Dios, recibe la revelación de Dios, y se niega a maldecir aquello que es bendito. Por medio de esta revelación de lo que es el pueblo de Israel, Balaam reconocerá a Dios como el único y verdadero. De modo semejante, la catequesis cuaresmal que son las lecturas proclamadas en presencia de los catecúmenos, harán que éstos descubran la verdad de las cosas, además de ayudarles a reconocer al Dios Uno y Trino como el Señor de la historia.


Adolfo Ivorra