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Domingo II de Cuaresma (hispano-mozárabe).

Lectura sapiencial: Prov 14,33-15,8.
Lectura histórica: Gén 41,1-45a.
Psallendum: Sal 26,9b-10.7.
Apóstol: Sant 2,14-23.
Evangelio: Jn 4,3-42.


Las lecturas de este domingo se puede decir que sintetizan lo dicho esta semana, dando importancia a las obras penitenciales. En general, la lectura de Santiago vuelve, como ayer sábado, a resaltar la importancia de las obras para el cristiano: Muéstrame tu fe sin obras, y yo por mis obras te mostraré la fe. Abrahán, modelo de fe, también expresó por sus obras la fe de su corazón. Así, el cristiano en esta cuaresma debe manifestar con sus obras la fe en Cristo. La moderación en las palabras se alude en la lectura sapiencial, pero lo importante es la verdadera abundancia que habita en la casa del honrado: En casa del honrado hay abundancia, la renta del malvado se disipa. Los labios del sensato destilan experiencia, la mente del necio es insensata. El Señor aborrece la conducta del malvado, la oración de los rectos alcanza su favor. Así, oración, obras y rectitud de intención están relacionadas.
            La lectura histórica del libro del Génesis nos invita también a la prudencia y a la previsión. Ambas virtudes nos llevan a ser ecuánimes y a no ser derrochadores. La historia de José, que repudiado por sus hermanos llega a interpretar los sueños del Faraón egipcio, nos revelan la importancia de la sabiduría y la sensatez. A los siete años de abundancia suceden otros de escasez. En la abundancia es difícil darnos cuenta que no perdurará por siempre nuestra comodidad. Sin embargo, siempre hay signos que nos invitan a ser prudentes. Los sueños del Faraón advertían de la desgracia futura, pero él era incapaz de verlo. Es necesaria la intervención del hombre honrado, cuyos labios destilan experiencia como decía la lectura sapiencial. José se convierte así en el modelo veterotestamentario que se nos ofrece este domingo. Pero él es además humilde: no se presenta como el hombre necesario para salir de la crisis, sino que dice al Faraón: que el Faraón busque un hombre sabio y prudente y lo ponga al frente de Egipto. Pero la salida es evidente: sólo José puede encargarse.
            La importancia que se da hoy a la prudencia y a otras virtudes “intelectuales” se debe a que el evangelio de hoy nos invita a conocer mejor a Dios. Así lo vemos en las palabras de Jesús a la Samaritana: Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. El Señor nos invita a adorar a quien conocemos, ese Dios que es Padre, Verdad y Espíritu. En otras palabras, Jesús nos invita a ofrecer un culto trinitario. Si la lectura sapiencial era la única que aludía a la oración como práctica cuaresmal, es ahora el evangelio el que pone a la oración al Dios Trino en el centro. A diferencia de los samaritanos, los cristianos conocemos a quien adoramos. Junto a esto, la alusión al agua que da Jesús, que hace en el que la beba que sea fuente de agua que salta hasta la vida eterna, sirve a los catecúmenos para que comprendan la importancia del bautismo eclesiástico. En él, ellos aprenderán a orar al Dios Uno y Trino. En esta semana, por tanto, se exponen todas las prácticas cuaresmales y el sentido general de la cuaresma hispana.


Adolfo Ivorra