V Domingo de Cotidiano.

Profecía: Is 48, 12-15
Psallendum: Sal 12, 6
Apóstol: Rm 12, 1-16
Evangelio: Mt 24, 3-36

El evangelio de este domingo, a diferencia de las lecturas profética y apostólica, abandona la temática que se ha ido desarrollando en los primeros domingos cotidianos para exhortar a la vigilancia, con un claro trasfondo escatológico. De hecho, los exégetas llaman a estas perícopas que hoy hemos escuchado el discurso escatológico. Se podría decir que se extrapola el radicalismo en el seguimiento de Cristo del evangelio del domingo pasado para dar las últimas consecuencias: Os entregarán al suplicio y os matarán, por mi causa os odiarán todos los pueblos. Pero el largo texto de este día sobre todo previene contra los falsos profetas y de no dejarse engañar por falsos mesías. La parte final, con la convocación de los elegidos –de los cuatro vientos– por medio de las trompetas angélicas, nos recuerda al libro del Apocalipsis, que se lee en nuestra liturgia durante el tiempo pascual. La selección de este evangelio para este domingo puede deberse a la frase de Isaías de la profecía: yo soy el primero y yo soy el último, que también nos recuerda al Apocalipsis (cf. Ap 22, 13). Como en el domingo pasado, el profeta se refiere al pueblo de Dios bajo los nombres de Jacob y de Israel, y da un interesante matiz del hombre fiel al Señor: es su amigo, que cumple su voluntad. Además, ha sido llamado por el mismo Dios, cuestión que podemos asociar al discípulo modelo que se nos mostraba en el evangelio.
            En el apóstol encontramos alguna resonancia de temas de domingos pasados –discernir la voluntad de Dios–, pero también desarrolla, como el evangelio de este día, una temática nueva y propia. La vida cristiana es comprendida como un culto razonable, como una ofrenda de la propia existencia. Esta comprensión cultual de la vida cristiana (lex agendi) da un sentido distinto del cumplimiento de la palabra de Dios. De la crítica al culto vacío que encontrábamos en el apóstol del primer domingo, pasamos a una comprensión de la vida como un culto racional, conforme al Logos. Desde esta visión litúrgica de la existencia se debe comprender la estimación moderada de uno mismo, el desapego del mundo, etc. Y es también desde esta comprensión cultual por la que debemos apreciar la multiplicidad de dones que poseen los miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. La conocida imagen del Cuerpo para designar a la Iglesia debe entenderse en estas coordenadas de liturgia existencia, culto racional. Por eso el Apóstol puede exhortar a bendecir a los que nos persiguen, y no a la maldición que sería lo adecuado en la mentalidad reinante. Desde una visión cultual de la existencia, los contratiempos y adversidades dan también forma a ese canto de alabanza que se expresa en el laudes después del evangelio de hoy. Como en la profecía del domingo pasado, el Apóstol nos llama a la esperanza. Así estaremos firmes en la tribulación. Pero como el culto espiritual no es una manera de llamar a la existencia cristiana sino una nueva hermenéutica, no falta el culto específicamente litúrgico en la vida del cristiano: sed asiduos en la oración.
 
Adolfo Ivorra