Cualquiera que haya cursado la asignatura de Dios Uno y Trino, lo mismo que algunas otras del grado en teología, se encontrará de alguna manera con esta sentencia: en Occidente, el Espíritu Santo era un gran desconocido. Son esas sentencias que nadie pone en duda, pero en la evolución del propio pensamiento y de las lecturas que vas haciendo, te vas dando cuenta de que esa frase parece encargada a un publicista: "vende" mucho.
Pero a veces pienso que si fue "desconocido", lo fue más por la teología que por la liturgia o por la piedad de los fieles. Un error sería comparar sin más la espiritualidad del Oriente cristiano con la del Occidente mayoritariamente romano. Creo que se trata de un ejemplo de "acentos" propios de las tradiciones litúrgicas. Pero lo que más me ha hecho dudar de la veracidad fue este domingo cuando comencé a hacer algo que muy pocos han hecho en su estudio teológico: leer las bulas convocatorias y los textos precedentes a los cánones del concilio de Trento. Un problema de teología, no de ayer, sino también de hoy, es que es "limitada": hay que saber muchas cosas en poco tiempo. Por fortuna para los que podemos tener un tiempo para profundizar en algunos temas, nos damos cuenta de que lo que era "pesado" o sencillamente descartable en los cinco años del "bachiller" teológico cobran su importancia con el paso del tiempo.
De los concilios, lo que importa dogmáticamente, son los cánones. Pero éstos no se entienden sin los textos precedentes. Y cuál ha sido mi sorpresa al ver citado al Espíritu Santo tal y como lo entendemos hoy. No sólo eso: hay una frase de valor singular:
El sacrosanto Concilio Tridentino... Exhorta además a que ayunen por lo menos todos los viernes en memoria de la Pasión del Señor, den limosnas a los pobres, y se celebre todos los jueves en la iglesia catedral la misa del Espíritu Santo, con las letanías y otras oraciones establecidas para esta ocasión (SESIÓN II, celebrada el 7 de enero de 1546. DECRETO SOBRE EL ARREGLO DE VIDA, Y OTRAS COSAS QUE DEBEN OBSERVARSE EN EL CONCILIO)
Como teólogo de la liturgia, lo que me llamaría la atención en un primer momento sería el hecho de que la misa del Espíritu Santo se celebrase un jueves, cuestión a la que no sabría responder satisfactoriamente pero que así se ha mantenido entre las misas votivas hasta el misal de 1962 inclusive. Pero lo que realmente choca con esa "teológica leyenda negra" acerca del "gran desconocido" es que en el concilio de Trento se molestasen en prescribir, durante la duración del concilio, que se celebre una misa votiva semanal del Espíritu Santo. El contexto es claro: se trata de pedir el auxilio divino para que los padres conciliares pudiesen afirmar la verdad católica y que el concilio se convirtiera en un verdadero instrumento de Dios en su Iglesia.
No se trata de una cuestión "intelectual". Las tres oraciones (colecta, ofrendas/superoblata y postcomunión) de la misa hablan de la infusión del Espíritu en el corazón de los fieles. En la colecta, a partir de ahí se pasa a la capacidad de conocer rectamente (recta sapere). Estas tres oraciones las encontramos en el misal de 1970 y posteriores.
Todo esto me lleva a pensar que, si bien se puede discutir sobre su ausencia o presencia -a veces con calzador- en los textos magisteriales, no creo que se deba decir lo mismo de la piedad y la liturgia eclesial en los últimos siglos. Aunque, en estos últimos tiempos en los que la teología y la reflexión magisterial hablan ciertamente con abundancia del Espíritu Santo, habría que preguntarse si la piedad privada y en la liturgia encontramos una resonancia semejante. ¿Tendremos que lamentar algo parecido al Oficio Divino en tiempos de Urbano VIII (accedit latinitas recessit pietas)? Esto es: aumenta lo "científico" o "racional" pero no hay eco en la piedad. Volvamos, pues, a considerar en nuestra vida espiritual al Espíritu Santo.
Adolfo Ivorra
Prefacio (I del Espíritu Santo)
El Señor envía el Espíritu a la Iglesia
El Señor envía el Espíritu a la Iglesia
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias
siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
Porque él,
después de subir al cielo,
donde está sentado a tu derecha,
ha derramado sobre tus hijos de adopción
el Espíritu Santo que había prometido.
Por eso, Señor,
con todos los ángeles
te aclamamos ahora y por siempre, diciendo:
por Cristo, Señor nuestro.
Porque él,
después de subir al cielo,
donde está sentado a tu derecha,
ha derramado sobre tus hijos de adopción
el Espíritu Santo que había prometido.
Por eso, Señor,
con todos los ángeles
te aclamamos ahora y por siempre, diciendo:
Santo, Santo, Santo...

Me ha encantado el artículo.
ResponderSuprimir