Manifestación del Señor (rito hispano-mozárabe).

Manifestación del Señor, Año II:

Profecía: Nm 24, 3-9. 15-18
Psallendum: Sal 71, 10s
Apóstol: Tit 2, 11-3, 7
Evangelio: Mt 2, 1-15

El evangelio de este día, más breve que el del año anterior, se centra en la misión de los magos de Oriente de adorar al Rey de los judíos, pero omite la degollación de los inocentes, misterio propio del día 8 de enero. La exhortación del año pasado a adorar a Cristo niño se recoge también este año en el psallendum. También en el apóstol de hoy sale el tema del bautismo, en sentido sacramental como en el año I: según su propia misericordia nos ha salvado: con el baño del segundo nacimiento y con la renovación por el Espíritu Santo. Con carácter propiamente parenético –como suele ser en el rito romano–, el apóstol nos habla de una apparitio de Cristo, pero es la definitiva, la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo. No debería sorprendernos que por esta idea se haya seleccionado el texto de la carta a Tito para este día. Por otro lado, la invitación de san Pablo es a convertirnos en un pueblo pacífico, donde estemos dispuestos a toda forma de obra buena, sin insultar ni buscar riñas.
            La profecía que está tomada del libro de los Números, también tiene en mente a Cristo como Rey, pero de una forma interesante. Recoge el tercer oráculo de Balaam, un pagano que conoce al Dios verdadero. Un primer nivel interpretativo es la vinculación de Balaam con los magos de Oriente, como lo hace I. Tomás: «Cristo se presenta, de esta manera, como cumplimiento de las promesas hechas en el Antiguo Testamento y manifestado a las gentes, significado en los magos que, como Balaam, son también paganos y como él interpretan los signos de los tiempos ya que Dios mismo los ha iluminado»[1]. Pero otro sentido menos evidente lo podemos ver en un cierto paralelismo entre Balaam y Juan el Bautista. En efecto, Balaam se describe a sí mismo como oráculo del hombre de los ojos perfectos, que en latín es más bien el de los ojos abiertos. Es el profeta que contempla visiones del Todopoderoso, en éxtasis, con los ojos abiertos. En la misa que conmemora en nacimiento de san Juan Bautista, se comprende su misión como iluminación, y ese mismo día está concebido en las religiones paganas en relación a la luz. El bautismo de Juan en el Jordán, misterio que se celebra este día, puede referirse también en la profecía de Números. Juan precede al Salvador, él mismo no pertenece al grupo de Jesús y parece quedarse en el Antiguo Testamento, como Balaam en la paganía. Pero ambos son instrumentos de Dios y llevan a reconocer la manifestación de Dios. También la lectura de Números aludirá a que el héroe sale de Egipto, acontecimiento que no se lee en el evangelio de este año.

Manifestación del Señor, Año I:

Profecía: Is 60, 1-6. 9-14b. 18s
Psallendum: Sal 65, 4s
Apóstol: Gal 3, 27-4, 7
Evangelio: Mt 2, 1-23

            La Epifanía, la Manifestación del Señor, es una celebración que recuerda varios hechos salvíficos de la vida de Cristo en los que Él se muestra como Dios y hombre verdadero. Cuatro son los misterios que la celebración en rito hispano contempla: el bautismo en el Jordán, las bodas de Caná, la adoración de los magos y la multiplicación de los panes. El título latino de esta misa Apparitio puede dar lugar a confusiones, por lo que más que “aparición” su traducción correcta sería “manifestación”, que es el sentido del término “epifanía”, que es el usado en el rito romano para este día.
            En este año I las lecturas aluden principalmente a uno de esos misterios, la adoración de los magos. No en vano se conoce popularmente a este día como el día de “reyes”, refiriéndose a los reyes magos. Sólo la carta a los Gálatas alude al bautismo, aunque se refiere al bautismo sacramental de la Iglesia. También aparece aludido el nacimiento de Cristo de una virgen, nacido bajo la ley.
            El evangelio de este día es más amplio que en el año II. La misión de los magos de Oriente es adorar al Rey de los judíos. Nos encontramos, nuevamente, con otra alusión a la realeza de Cristo. Y es por su condición de rey por la que Herodes comete el crimen que se conmemora el 8 de enero en nuestra liturgia: la degollación de los inocentes, que se celebra desde antiguo en el rito hispano. En este evangelio sobresale la importancia de los sueños: en ellos los magos reciben la indicación de no volver a Herodes y san José –que celebramos el día 3 de enero– la de ir a Egipto para escapar de la ira de Herodes.
            La profecía ya nos prepara para el evangelio, trayendo datos que se refieren a los magos: los dones de oro e incienso, la luz como imagen de la estrella que guía a los magos, etc. La luz, tema que ocupa el ciclo Adviento-Navidad, llega aquí a su punto culminante. Sobresale también aquí la universalidad de la salvación: «La nueva Jerusalén, iluminada por el mismo Dios, que es su luz, aparece convocando a todos los pueblos, también a sus reyes, para que contemplen y experimenten la Salvación de Dios»[1]. Entre los convocados estamos también nosotros, que con el psallendum aclamamos: Que toda la tierra te adore, que cante para ti.

Adolfo Ivorra
Comentario publicado en: Liturgia y espiritualidad 41, 2010, 613-625.



[1] I. Tomás, o. c., 124.
 


[1] I. Tomás, o. c., 138.