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III Domingo Cotidiano.


Profecía: Is 5, 18-27
Psallendum: Sal 9, 10s
Apóstol: Rm 6, 19-23
Evangelio: Mt 8, 1-13

Los temas de la profecía, psallendum y apóstol son semejantes a los del domingo pasado. Giran nuevamente en torno a la Ley de Moisés, como dice Jesús en el evangelio de este día. El profeta Isaías denuncia la tendencia del pueblo de Israel de llamar al mal bien y al bien mal; que tienen las tinieblas por luz y la luz por las tinieblas. Esta denuncia tiene perennidad, pues el hombre no suele reconocer que sus malas acciones son pecado, viviendo conscientemente y sin preocupación de su situación desordenada. Al contrario, prefiere engañarse a sí mismo diciendo que su conducta es conforme a la razón, al bien común o al individual. Hoy esta tendencia no se queda en el ámbito personal, sino que se extiende al social y político, cuando las leyes despenalizan conductas intrínsecamente malas. También observamos esta tendencia en las ciencias del comportamiento, declarando normales algunas conductas que hasta hace unas pocas décadas eran consideradas como aberraciones. Este cambio evidencia su débil carácter de ciencia. Para Isaías no se trata sólo de una adecuación a la verdad, llamar al bien bien y al mal mal. El resultado último de este autoengaño es favorecer al culpable y negar la justicia al inocente. Pero a diferencia de los que rechazan la Ley, el Señor no muda su manera de pensar, Él es siempre el mismo: No hay cansancio, no hay tropiezo, no se acuesta, no se duerme, no se desciñe el cinturón de los lomos, no se desata la correa de las sandalias. El apóstol vuelve sobre los mismos temas del domingo II: la esclavitud del pecado y la liberación de Dios, que nos hace “esclavos” del Dios libertador. El pecado conduce a la muerte, como se dijo en el domingo pasado, pero esta vez no se habla de la obediencia a Dios sino de que Él regala la vida eterna por medio de Jesucristo, dando a entender que seguir la disposición divina no es algo complicado.
            El evangelio sigue teniendo en mente la construcción del Reino de Dios. Así lo manifiesta presentando dos curaciones: la del leproso y la del criado del centurión. Pero también se manifiesta el deseo de Jesucristo de cumplir con la ley mosaica, cuando insta al leproso a presentarse al sacerdote y ofrecer lo que mandó Moisés, para que conste. La fe del pagano centurión, mayor que la de los hijos de Israel sirve al Señor para reiterar, como aparece muchas veces en el Antiguo Testamento, la universalidad de la salvación: vendrán muchos de Oriente y Occidente a sentarse a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de Dios. La situación privilegiada del pueblo de Israel y que el mismo Cristo reconoce en otras partes de los evangelios, hará que estas palabras del Señor no sean aceptadas al principio con toda su amplitud por la primitiva Iglesia con la controversia de la circuncisión de los paganos. Pero el mensaje es claro: del antiguo Pueblo de Dios, el pueblo de Israel, se pasa al nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, depositaria de las promesas de Dios y dispensadora de los medios de salvación (sacramentos) a todos los que tengan fe en Cristo.

Adolfo Ivorra