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II Domingo de Cotidiano.

Profecía: Is 5, 8-16
Psallendum: Sal 9, 2s
Apóstol: Rm 6, 12-18
Evangelio: Mt 4, 18-23

En este segundo domingo Cotidiano, el breve evangelio continua exponiendo la fundamentación del Reino de Dios en los actos de Jesús, que vivió proclamando el Evangelio del Reino. Esto queda de manifiesto en el versículo 17, que no se lee: Desde entonces comenzó a predicar y decir Jesús: ‘Convertíos porque el Reino de Dios ha llegado’. Este Reino comienza con la predicación de Cristo, con sus curaciones de enfermos, pero también con la constitución del grupo de los Doce. En texto de Mateo de este domingo recoge la elección de cuatro: los dos hermanos Pedro (Simón) y Andrés, y los dos hermanos Santiago y Juan. Los apóstoles –y, por ende, sus sucesores– son continuación histórica de la misión de Cristo de instaurar el Reino en este mundo.
            La profecía y el apóstol tienen una mayor continuidad con la temática del domingo I. En Is 5 se vuelve sobre la dureza de corazón del pueblo, y de cómo es justo el Señor con su sentencia. Los pecados del pueblo no quedan en una simple disconformidad con el deseo de Dios, sino que son causa de su condenación: El abismo ensancha sus fauces, dilata la boca sin medida: allá bajan los nobles y la plebe, sus tumultos y sus festejos. En cierto sentido, la lectura invita a la austeridad, si bien nos encontramos aún muy lejos de la Cuaresma. Esta austeridad tiene su razón de ser en el apóstol, donde se exhorta a los romanos a que no sean súbditos de los deseos del cuerpo. La profundidad del pecado la expresa san Pablo al decir que por el pecado nos hacemos esclavos para la muerte, mientras que la obediencia a los preceptos divinos a ser “esclavos” de la justicia. La relación con Is 5 está en la esclavitud del pueblo de Israel a causa de sus pecados: Por eso mi pueblo va deportado cuando menos lo piensa; sus nobles mueren de hambre, y la plebe se abrasa de sed. En el Antiguo Testamento, la esclavitud era “histórica”, palpable de forma inminente, quizás por la concepción judía de la retribución divina, que miraba en esta época más al bienestar y a la fecundidad como signo de amistad con Dios. En san Pablo es más “abstracta”, pero no por ello menos grave: el pecado conduce a la muerte (eterna), mientras que la obediencia conduce a la justicia.
            Como en el domingo I, se vuelve a contraponer la Ley mosaica a la gracia que proviene de Cristo, descartando así la concepción jurídica judía en la obediencia de los preceptos divinos. De este modo, de la esclavitud del pecado se escapa no por méritos propios o por evitar incumplir la Ley, sino por el don previo de Dios y su correspondiente respuesta del hombre (sinergia).

Adolfo Ivorra