I Domingo de Cotidiano.


Profecía: Is 6, 1-13
Psallendum: Sal 7, 12. 18
Apóstol: Rm 2, 11-29
Evangelio: Mt 5, 17-26

Primero de los «Domingos de Mateo», el primer domingo de Cotidiano nos aleja del tiempo de Navidad y nos introduce en su temática propia, el Reino de Dios, introducido en el evangelio. En este domingo se hace patente una relación estrecha entre el apóstol y el evangelio. Ambos giran en torno a la Ley veterotestamentaria. El apóstol nos habla de otra Ley, la natural, inscrita en el corazón de todos los hombres. A la ausencia de la Ley –sea de la Antigua Alianza o de la definitiva en Cristo–, la propia conciencia hace de ley: aunque la Ley les falte, son ellos su propia Ley. La Ley del Antiguo Testamento guiaba al pueblo de Israel, y por esa legislación serán juzgados. Ahora bien, Cristo no ha venido a abolir la Ley o los Profetas, sino a darles plenitud, por lo que la Ley sigue teniendo su importancia para el cristiano, aunque de una forma distinta. No basta escuchar la Ley, como dice el apóstol de este día, sino que es necesario ponerla en práctica. No se trata de una cuestión meramente magisterial –dar a conocer la Ley– sino vivirla uno mismo. La acción misionera de la Iglesia no consiste solamente en dar a conocer la Verdad, sino en enseñar a vivir según la Verdad. Ante la tentación de concebir el cristianismo como sola teología –discurso sobre Dios–, el apóstol exhorta a no olvidar la dimensión moral. La lex credendi quedaría vacía si no se expresara en obras. Y es que, precisamente, la Ley era una cuestión moral, referida al actuar humano. Con el apóstol el lector hace recordar al resto de la asamblea una fiesta cercana, la Circuncisión del Señor el 1 de enero: La circuncisión sirve ciertamente para algo si practicas la Ley, pero si la violas, tu circuncisión es como si no existiera. De este modo, la crítica paulina también abarca al culto, como en el caso del profetismo del Antiguo Testamento, mostrando que la comprensión jurídica de la moral y el culto apartan de la salvación.
            Ante una concepción meramente jurisdicista de la Ley, Jesucristo va más allá de la letra: Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano, será procesado. El espíritu de la Ley es lo que nos hace salir de una concepción legal de la moral. Y es también ella la que da sentido al culto cristiano: si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar… La comprensión espiritual de la Ley y los profetas nos aparta del literalismo legal, del minimalismo moral, de una comprensión rubricista el culto. Porque en juego no está una visión más o menos perfecta de la religión, sino la propia salvación, la vida, como señala el canto de laudes después del evangelio.
            La profecía del día, junto con el psallendum, nos transmiten que Dios es justo en su legislación, y que ha sido el pueblo de Israel el que tiene unos labios impuros. La incapacidad del pueblo de comprender la enseñanza divina contrasta con la vida del profeta Isaías, cuyos labios han sido tocados y purificados por el fuego divino. De ahí que pueda profetizar con autoridad. Los serafines, los Ardientes, son los que permiten a Isaías cumplir su cometido, y son ellos los que cantan ¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!. La presencia del canto angélico, al que nos unimos en la liturgia después de la Illatio (prefacio), es como si nos trajera el fuego divino de los Ardientes, capacitándonos para acoger la palabra de Dios y ponerla en práctica, haciendo crecer así el Reino de Dios en el mundo.

Adolfo Ivorra