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Circuncisión del Señor (rito hispano-mozárabe).

Circuncisión del Señor, Año II:

Profecía: Gn 21, 1-8
Psallendum: Sal 8, 2s
Apóstol: Rm 15, 8-13
Evangelio: Lc 2, 21-40

El evangelio de hoy, que es el mismo del año I, describe tres ritos: la circuncisión del varón (Gn 17, 10-14), la purificación de la madre (Lv 12, 2-8) y la consagración del primogénito (Ex 13, 2. 12s). Este año se subraya especialmente la circuncisión, pues la profecía del Génesis de hoy habla de Isaac, que no fue el primogénito de Abrahán sino Ismael. Isaac es tipo de Cristo y al igual que él «es un don de Dios y cumplimiento de sus promesas»[1]. Como bien señala I. Tomás, «La alegría de la risa que produce el nacimiento de Isaac será también el tipo de alegría que produce en Simeón y Ana el encuentro con Cristo»[2]. Y es ese ambiente de alegría, común al ciclo Adviento-Navidad el que se respira en el psallendum: De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza. Como en el año pasado –en el apóstol–, la alusión al número octavo pretende justificar la localización de esta fiesta en el año litúrgico hispano.
La alusión a Isaac también sirve para situar históricamente la costumbre de la ablación del prepucio masculino. En este día el apóstol de la carta a los Romanos explica la sujeción de Cristo a las costumbres judías: Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas. Pero esa sujeción no es una  muestra de exclusividad, sino que también incluye la acogida por parte de los gentiles. Esta cuestión resuena incluso en el canto laudes: Los gentiles temerán tu nombre, Señor, los reyes del mundo tu gloria. Este canto se supone que podría responder de alguna manera al evangelio del día, y ciertamente lo hace: luz para alumbrar a las naciones declara Simeón. Con esto queda justificada la misión de la Iglesia en el pasado y en nuestros días. Sorprende que en vez de preferir –como en el año anterior– una cierta clarificación entre los ritos veterotestamentarios y el modo de vida cristiano, en este año la Liturgia de la palabra se decanta por prolongar el ambiente festivo propio de la Navidad, sin renunciar, como es lógico, a la temática propia del día.

Circuncisión del Señor, Año I:

Profecía: Is 48, 12-20
Psallendum: Sal 97, 2-4
Apóstol: Flp 3, 1-8
Evangelio: Lc 2, 21-40

            Mientras que el calendario romano actual celebra el 1 de enero la solemnidad de santa María, madre de Dios, nuestra liturgia celebra un acontecimiento cristológico: la Circuncisión del Señor. Para I. Tomás, esta misa «profundiza en algunas realidades teológicas, especialmente en el sometimiento del Hijo en la voluntad del Padre, aceptando la circuncisión en su carne, y en el cumplimiento de la Ley, presentando a Jesús cumpliendo todo lo que por ella estaba establecido»[1]. El evangelio es el mismo para los años I y II, y es el testimonio histórico de este misterio de la carne del Señor que celebramos. En el evangelio se describen tres ritos: la circuncisión del varón (Gn 17, 10-14), la purificación de la madre (Lv 12, 2-8) y la consagración del primogénito (Ex 13, 2. 12s). En el rito romano –en el llamado modo “extraordinario– se celebra la purificación de la madre y la consagración del primogénito –éste último es el sentido de la fiesta moderna– el 2 de febrero, conocido popularmente como el día de las Candelas. Decíamos que la celebración hispana es propiamente cristológica porque tanto las lecturas como la eucología se fundamentan en la circuncisión y presentación. En el mismo evangelio se aprecia cómo el mismo Cristo es el cumplimiento de los vaticinios del Antiguo Testamento, que en las personas de Simeón y Ana se regocija por su venida. La profecía, que narra la vocación profética de alguien que es considerado amigo de Dios, la debemos leer en sentido cristológico: el enviado no es otro que Cristo, que ha sido enviado con el Espíritu de Dios. Por medio de Él, el Padre revela a las naciones su justicia, como cantamos en el psallendum.
            Pero toda esta alusión al Antiguo Testamento exige una actitud por parte del cristiano. Además de reconocer que en los escritos proféticos se habla de Cristo, el bautizado debe reconocer el sentido espiritual de los ritos prescritos para el pueblo de Israel. Y es así como el apóstol de hoy nos invita a descubrir que la circuncisión del cristiano no es el rito prescrito a los judíos sino dar culto con el Espíritu de Dios y poner nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne. Dos actitudes fundamentales propias del Adviento-Navidad salen a relucir en la carta a los Filipenses: la alegría en el Señor y la importancia del conocimiento de Cristo. En Simeón y en Ana descubrimos las dos. De Simeón decía el evangelio que el Espíritu Santo estaba en él. Por tanto, ya antes de la venida de Cristo en la carne, Simeón concibió su vida como un culto espiritual agradable a Dios, poniendo su esperanza en Cristo, que contempló antes de su muerte. Ese es el sentido espiritual de los ritos del Antiguo Testamento y de todos los que esperaban en Cristo.

Adolfo Ivorra
Comentario publicado en: Liturgia y espiritualidad 41, 2010, 613-625.



[1] I. Tomás, o. c., 338.
 


[1] I. Tomás, o. c., 93.
[2] Ibid.