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Navidad del Señor (hispano-mozárabe).


Navidad del Señor, Año II:

Profecía: Is 7, 10-16; 8, 23-9, 6
Psallendum: Sal 2, 7s
Apóstol: Hb 1, 1-12
Evangelio: Lc 2, 1-20

La profecía de este año incluye unos versículos que no se encuentran en la profecía del año pasado (Is 7, 10-16). En ellos radica la novedad de este año, lo mismo que en los versículos evangélicos que no se leyeron el año pasado y que, como dijimos, narran los acontecimientos históricos del censo del mundo entero ordenado por el emperador Augusto. También en los versículos proféticos propios de este año encontramos más referencias históricas: la señal del cielo, la alusión a la casa de David (san José), la virgen encinta y el sentido de la encarnación de Cristo: Dios está con nosotros. La particularidad de este año es recogida bien por I. Tomás: «La Virgen que da a luz es siempre una paradoja, naturalmente no puede haber una relación entre maternidad y virginidad ya que físicamente es imposible. Pero, este dato pone de manifiesto que la iniciativa parte de Dios que es quien da un niño a su pueblo, para que en él encuentre la liberación de la opresión injusta y sea alegría y gozo [...] Por último, es importante descubrir la referencia al tiempo escatológico que el nacimiento del niño va a inaugurar; su sustento de leche y miel así nos lo hace ver, ya que es el alimento de la tierra prometida»[1].

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Navidad del Señor, Año I:

Profecía: Is 8, 23-9, 6
Psallendum: Sal 2, 7s
Apóstol: Hb 1, 1-12
Evangelio: Lc 2, 6-20

            El psallendum y el apóstol del día de Navidad, son los mismos para los años I y II. La profecía de este año es interpretada por el psallendum desde la perspectiva encarnatoria: El Señor me ha dicho: “tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. El Verbo eterno se hace carne y el Padre se complace en ello. También resalta la concepción de Cristo como rey por el versículo siguiente (Sal 2, 8): te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra. Desde este punto de vista, el psallendum interpreta la profecía de Isaías dejando a Cristo como verdadero Dios, Hijo del Padre, pero también como Rey de Israel y, por lo tanto, como destinatario de las promesas de Dios y de las profecías que esperaban un Mesías más bien terreno. Así, el reinado de Cristo no se limita a una cuestión puramente espiritual, sino que abarca hasta los confines de la tierra. Otros aspectos de la profecía que no son recogidos por el psallendum en su interpretación dialógica son la iluminación del pueblo de las promesas –que en el contexto de esta Liturgia de la palabra es la Iglesia– y la alegría, temas que ya hemos visto en el Adviento. En sí misma, la profecía de Isaías de hoy es «un canto a la luz y a la paz que generosamente se nos ofrecen y que se nos invita a acoger, si reconocemos en la experiencia del pueblo de Israel nuestra situación fruto del pecado»[1].
            Sin embargo, el hecho de que el psallendum y el apóstol se repitan estos dos años nos dice cuál es la intencionalidad propia de este día. En efecto, la visión encarnatoria y a la vez real –de realeza– que encontramos en el psallendum la encontramos en el apóstol del día, tomado de la carta a los Hebreos. El autor de la carta cita a nuestro psallendum de hoy, por lo que nos encontramos con una interesante sucesión interpretativa: el psallendum resalta dos aspectos de la profecía, mientras que la carta a los Hebreos clarifica y desarrolla los temas del psallendum, pero también los de la profecía de Isaías. Si en la profecía se aludía a la venida de un Mesías, la carta a los Hebreos resume todo el fundamento profético del Antiguo Testamento: En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Con el psallendum la asamblea confiesa la divinidad de ese Mesías, según el sentido cristiano de El Señor me ha dicho: “tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”, que lo vemos realizado en la voz que se refiere a Jesús en las aguas del Jordán (cf. Lc 3, 22). La carta a los Hebreos desarrolla aún más nuestra confesión en la divinidad de ese niño nacido en Belén, diciendo que él es reflejo de la gloria del Padre e «impronta de su ser». Habiendo realizado la purificación de los pecados y estando a la derecha de Dios, alguno podría pensar que podía tratarse de un ángel. El autor de la carta a los Hebreos dirime la cuestión: El Padre no podía llamar Hijo suyo a ningún ángel. Al contrario, Cristo está por encima de ellos. En el contexto navideño, la mención a los ángeles es muy lógica, pues son ellos los que tienen un protagonismo a la hora de señalar la venida en la carne del Verbo. El himno Gloria a Dios en el cielo que repetimos en cada celebración, es el himno angélico que encontramos aludido en Lc 2, 14.
            La misión angélica, como era de esperar, se manifiesta repetidamente en el evangelio de hoy, que también recoge la cita al himno del Gloria que es cantado por todos los ángeles, al que se unen los pastores, y al que en la misa de hoy nos hemos unido también nosotros. La selección de textos del evangelio de hoy es casi la misma que en el año II. Hay un matiz importante: no incluye los versículos previos al texto que hemos leído hoy, haciendo con esto que nos centremos más en la alabanza angélica que en los hechos históricos que condujeron a que Jesús naciera en Belén. El canto de laudes –que es el mismo para los dos años– resalta un tema aludido en la profecía al hablar de la purificación: el que es enviado por el Padre traerá la redención a su pueblo.


Adolfo Ivorra
Comentario publicado en: Liturgia y espiritualidad 41, 2010, 613-625.

[1] I. Tomás, o. c., 61.


[1] I. Tomás, o. c., 74s.