Ahora que estamos a punto de cumplir 50 años del comienzo del concilio Vaticano II, es hora de hacer un poco de crítica. No de lo que se dijo y no se hizo, o de lo que se hizo y no se dijo ni pensó en el concilio, sino de esas cosas que nos “vendieron” y que eran quimeras. Una de ellas era la supuesta “mayoría de edad” del laicado católico. Aquí el principio era muy secular: repetir una mentira para que se convirtiera en verdad. Pero desde el ámbito litúrgico comprobamos una y otra vez que esto no es cierto. El paternalismo clericalista es una realidad que parece casi intrínseca al catolicismo europeo. Y donde no lo hay, comienza a darse un caos, porque, precisamente, el laicado no tiene una “mayoría de edad” y se le han dado responsabilidades de gente “mayor”.
Un ejemplo práctico: la primera vez que asistí al Corpus Christi de Madrid, me sorprendió la escasa asistencia de laicos. Le pregunté a un sacerdote con el que tenía muy buena relación por entonces y me dijo que después del concilio dejó de realizarse. Pregunté si los laicos de la época se habían quejado y me contestó una frase incuestionable: “Adolfo, a los laicos lo que les echen”. Salvo algunos intelectuales y prelados específicos, el ordinario de la misa de 1969 se impuso sin más contratiempos. Del mismo modo, la “restitución” del ordinario y misal de 1962, ha “vuelto” sin mayor problema. Salvo algunos “intelectuales” de cierta edad –esta vez casi todos clérigos– y algún que otro prelado, tampoco ha habido mayor problema en esa “vuelta”. La razón según mi amigo sacerdote: a los laicos, lo que les echen.
Esta acusación que reproduzco no es del todo justa. Hay muchos laicos comprometidos que dicen y tienen mucho que decir en sus comunidades y en la Iglesia. Pero si vamos a las frías estadísticas, queda claro que el porcentaje de indiferentismo del laicado sobre cuestiones litúrgicas, cuando no relativismo, es apabullante. Y muchos de los que tienen que decir muestran una gran ignorancia en cuestiones fundamentales. No pocas veces sus opiniones tienen que ver más con un sentimentalismo propio del romanticismo filosófico que con convicciones serias y pensadas. Junto a la “tropa”, hay que decir que también nos encontramos hoy una gran escasez de laicos intelectuales. ¿Podemos encontrar hoy un Maritain, por ejemplo? De hecho, hoy que la teología no está tan circunscrita a la formación sacerdotal, no se ve un incremento significativo de laicos que estudien teología. Si comparamos la presencia en otros campos humanos como la filosofía, la diferencia queda clara(1). Pienso, además, en la creciente presencia de mujeres en filosofía y la todavía irrisoria presencia de mujeres teólogas(2). Y la culpa no la tienen unos “siniestros” profesores que suspenden una y otra vez a las mujeres aspirantes a teólogas. Es que éstas ni se matriculan o no son constantes (esto último muy frecuente). La existencia reciente de las “Ciencias Religiosas”, como alternativa puramente “laical” a la teología o, dicho en otras palabras, como “teología para laicos y monjas” es una nueva expresión de la minoría de edad del laicado. Es bajar el nivel porque el de la teología pura y dura, que bastante pastoralista es hoy, no consigue buenos resultados a nivel laical. Nada más hay que ver la poca o nula formación de las religiosas en temas teológicos. Saber y compromiso parecen divorciados en la Iglesia de hoy.
Además de esto, y en la línea de nuestro último post acerca de hacer teología litúrgica –el V, sobre el “adagio” de House ‘todo el mundo miente’–, se constata también una aceptación acrítica por parte de los pocos laicos que hacen teología, incluso teología litúrgica. En algunos se trata de la reacción típica de alguien que se siente fuera de contexto y no quisiera “desentonar”, por lo que asume comportamientos y modos de pensar de entorno. Pero también se da el caso de la aceptación acrítica y cuasi-fundamentalista de los postulados. En algunos defensores, tanto de los llamados “modos” ordinario y extraordinario del rito romano, se dan estos fundamentalismos. Parece una lucha entre ilustrados y romanticistas.
Hace falta, por tanto, un laico que se sienta parte de su Iglesia. También se van a cumplir 100 años de esas famosas palabras de san Pío X cuando llamaba a una mayor participación en los misterios del culto. Para este papa había que evitar que los fieles fueran como meros espectadores. Creo que ahora más que nunca lo son. Antes, por lo menos, se “entretenían” con devociones de la piedad popular. En las generaciones hijas de la televisión, se limitan a ver esa “tele” llamada misa. De hecho, las pocas –y desafortunadas– opiniones sobre la forma de la liturgia, van todas en la misma dirección televisiva: una búsqueda de entretener. Pero hay que recordar la etimología de ‘diversión’ y su consabida filosofía: se trata de huir de la realidad. La liturgia, sin lugar a dudas, nos muestra una realidad distinta, la realidad divina. Pero con la “diversión”, el hombre moderno y posmoderno no busca simplemente otra realidad, más bien busca otra irrealidad. Porque otra realidad, por distinta que sea, le obliga a situarse ante ella, con sus leyes y exigencias. Las irrealidades son oasis de ausencia de compromiso. Las realidades virtuales van un poco en esa dirección y a la satisfacción de esos intereses.
Para tener mayoría de edad no sólo hay que nacer (bautismo) y ser adolescente o tener una mayoría de edad nominal (confirmación). Hay que actuar como un adulto. En la mentalidad de algunos pueblos antiguos como la Roma precristiana y en las sociedades actuales, la mayoría de edad era tan sólo una cuestión de edad. La perspectiva, por tanto, era legalista. Pero en otras civilizaciones, quizás más rudas –como la Esparta griega– la mayoría de edad sólo era reconocida cuando se lograba un triunfo o se realizaba una labor ligada a esa mayoría de edad. Para que el laicado tenga mayoría de edad hay que considerar lo segundo: un verdadero sentir con la Iglesia, un con-dolor por sus pecados y un verdadero compromiso.
En el futuro, los católicos no serán los “comprometidos” y los “no-comprometidos”. Serán los primeros o no serán. Lo de “practicantes” se confunde con una participación “cultural” con ocasión de fiestas regionales o con el acompañamiento social a bodas y entierros. Eso no es practicar. Es violentar el principio patrístico de que los no cristianos no deberían participar en los misterios. Pero la culpa de esto lo tiene la Iglesia misma y su pan-eucaristización. Pienso, por ejemplo, qué pintan líderes de naciones no católicas asistiendo a la misa de inicio de pontificado de un papa. Hay que plantearse, en este sentido, que la misa –y cualquier sacramento– no es un acto público, sino algo reservado para el gremio eclesial. La presencia de la Iglesia en la sociedad no es la presencia de celebraciones y rezos “en público”. Este tipo de “actos” nos dan una información muy engañosa de la realidad. La verdadera presencia de la Iglesia está en sus miembros, que viven y actúan según sus convicciones, que son comprometidos y que no “practican” sino que participan activamente en las celebraciones litúrgicas. Esos son los católicos adultos.
Adolfo Ivorra
Notas:
(1) Y aquí no vale la excusa de que tiene muy pocas salidas profesionales. En España, tanto filosofía como teología tienen casi las mismas: la docencia. Con un master en recursos humanos se puede acceder al mundo empresarial. Pero hasta donde sé, ese master lo puede hacer cualquier licenciado/graduado, si bien se prefieran psicólogos y filósofos.
(2) Flaco favor hacen las “mediáticas” con posturas y pensamientos secularizados o con el consabido victimismo feminista. Además, esas “teólogas” no hacen propiamente teología sino filosofía de la religión.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada