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Inicio del Año (rito hispano-mozárabe).

Inicio del Año, Año II:

Profecía: Jer 10, 1-10
Psallendum: Sal 113, 3. 1
Apóstol: 1Cor 10, 14-11, 2
Evangelio: Mt 10, 5-8

El evangelio de hoy es el texto de la primera misión encomendada por Jesucristo a los apóstoles cuando aún vivía en nuestra carne mortal. Es importante clarificar esto porque el texto parece desmentir algo que hemos escuchado hasta ahora: Jesús prohíbe la evangelización de los gentiles. El Señor recurre aquí a una cuestión didáctica: a los que primero recibieron la revelación por los profetas, a esos hay que predicar primero el evangelio. Pero la selección de este texto hoy tiene una intencionalidad clara: evitar el trato con la paganía. Si la Liturgia de la palabra del año I situaba esta celebración del Inicio de Año dentro del contexto de la Navidad, en este año II se manifiesta su identidad propia: se invita a rechazar la religión pagana. El canto de laudes contrapone la confianza en Dios y en los hombres, aludiendo quizás a lo que hoy se ha venido a llamar la conciencia religiosa del hombre presente en las religiones. Sin embargo, el binomio profecía-apóstol es más categórico: no se trata de hombres que han intentado alcanzar a Dios y han “creado” religiones, sino que se considera a las religiones paganas del entorno de Israel como demoníacas. Este calificativo resuena también en muchas pasiones de mártires y en la eucología martirial.
La profecía de Jeremías se limita a declarar la falsedad de estas religiones: No imitéis la conducta de los paganos, no os asusten los signos celestes que asustan a los paganos; los ritos de esos pueblos son falsos. Este desprecio también se extiende a los ídolos, calificados de “espantapájaros”. Al ensalzar a Dios, el profeta lo llama rey de las naciones, lo que equivale a decir que el reconocimiento del Dios verdadero implica un rechazo de las supersticiones religiosas. En el psallendum cantamos la omnipotencia de Dios, el Dios que sacó a Israel de Egipto y, como es de suponer, del culto a dioses falsos.
            Aunque exhortando a una conducta que no escandalice a judíos y gentiles, el Apóstol nos invita también a rechazar la idolatría y los ritos de los gentiles, que son duramente condenados: los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios, y no quiero que os unáis a los demonios. No podéis beber de los dos cálices, del Señor y del de los demonios. No podéis participar de las dos mesas, de la del Señor y de la de los demonios. Si en la declaración Nostra aetate (n. 2) del Concilio Vaticano II se declara que en las religiones puede haber «un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» -o lo que es lo mismo, ver “el vaso medio lleno-, el pensamiento paulino previene ante las falsedades de las religiones que no están fundamentadas en la Revelación, lo mismo que el pensamiento profético del Antiguo Testamento y, en buena medida, el pensamiento de la Iglesia primitiva.

Inicio del Año, Año I:

Profecía: Is 49, 1-6
Psallendum: Sal 47, 11s
Apóstol: Hb 6, 13-7, 3
Evangelio: Jn 1, 1-17

            Los prenotandos del Misal nos dicen de esta fiesta que «Antes de que se instituyera, como Octava de Navidad, la fiesta de la Circuncisión, se celebraba aquel mismo día una fiesta de Año Nuevo. Ambas tradiciones han conservado la misa In Caput Anni o In Initio Anni. Se presta a ser utilizada en la vigilia de fin de año o bien como misa dominical o ferial entre el 1 y el 6 de enero». Se trata, por tanto, de una celebración que no está vinculada a un hecho salvífico concreto que exija un día específico en el Calendario (fijo o móvil). En su origen fue una celebración en la que se rechazaba la superstición pagana. Según I. Tomás, «nos encontramos frente a una misa no propiamente de Navidad, aunque parte de la Encarnación del Verbo en muchas de sus fórmulas. Nos encontramos, más bien, con una celebración que tiene como objeto concreto hacer ver a la comunidad la necesidad de abandonar los ídolos, para volver a Cristo, por lo tanto es una celebración cristológica y penitencial; junto a estos dos aspectos se unen la acción de gracias por el año que termina y la teología del tiempo redimido por Cristo»[1].
            Sin embargo, en la Liturgia de la palabra de este año I vemos aspectos originales que sitúan bien esta celebración dentro del tiempo de Navidad-Epifanía. En efecto, la profecía de Isaías muestra la complacencia de Dios con su profeta –Tú eres mi siervo de quien estoy orgulloso–, que nos recuerda la complacencia del Padre con Cristo en el Jordán, misterio que recordaremos en Epifanía. En el evangelio se habla del Verbo como luz verdadera, que alumbra a todo hombre, tema también muy propio del Adviento y la Navidad. Y en el mismo evangelio se alude a Juan, que se declara inferior a Cristo, cuestión que resuena en el Bautismo en el Jordán. La luz también aparece en la profecía te hago luz de las naciones, que el psallendum traduce por una alabanza el confín de la tierra. También en el psallendum encontramos el tema de la justicia (Tu diestra está llena de justicia), que podemos relacionar con Melquisedec en el apóstol, rey de justicia. Jesucristo, lo mismo que Melquisedec, no tiene “tiempo”, esto es, genealogía. Desde el punto de vista de la divinidad, la inexistencia de genealogía del Hijo de Dios la expresa el evangelio de hoy, el prólogo del evangelio de san Juan. En cuanto al apóstol, el caso de Melquisedec es anecdótico: si tuvo genealogía, pero nadie la llegó a conocer. Y al igual que Melquisedec, Cristo es también rey de justicia. No olvidemos que también el día de Navidad se aludía a la realeza de Cristo.
            Como vemos, la Liturgia de la palabra de esta año sitúa bien esta celebración en el tiempo de Navidad. Las oraciones del misal, sin embargo, irán por otros derroteros.


Adolfo Ivorra
Comentario publicado en: Liturgia y espiritualidad 41, 2010, 613-625.
 


[1] I. Tomás, o. c., 97 (nota 177).