El "Praefatio-Illatio" en el Adviento Romano e Hispano-Mozárabe

Os presento una de las partes de la Anáfora que más expresa el "hic et nunc" de la Celebración: el Praefatio-Illatio. "Praefatio" es el nombre que se le da en el Rito Romano a lo que se dice "antes de la acción": Acción de Gracias (Eucaristía); la segunda palabra: "Illatio" es el nombre con el cual se le denomina en el Rito Hispano-Mozárabe, ya que sirve de fórmula de unión-hilación. En cualquier caso sabemos que a esta parte de la Anáfora le precede un diálogo y le sigue el Sanctus.

"PREFACIOS" DEL RITO ROMANO

Existen en la Edición del Misal en lengua española cuatro prefacios: el I-II están tomados de la Editio Typica Latina, pero el II-III están tomados de la Edición del Misal en lengua italiana.

Los prefacios, como todo el tiempo de Adviento, tienen una doble característica: preparación para la primera venida (Encarnación) y para la segunda venida (Parusía); en la primera se recuerda el Nacimiento del Hijo de Dios en la humildad de la carne y en la segunda se insiste en "estar preparados" ante la inmediatez de la venida del Hijo del Hombre, en la majestad de su gloria, al final de los tiempos como Juez y Señor de la Historia (cf. NUALC, 39). Será el prefacio IV el que destaque el matiz mariano del Adviento: "María, nueva Eva".

Prefacio del Domingo I de Adviento (Las dos venidas de Cristo)

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo Señor nuestro. Quien al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación; para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar. Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Prefacio del Domingo II de Adviento (La doble expectación de Cristo)

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. A quien los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza. Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Prefacio del Domingo III de Adviento (Cristo, Señor y Juez de la Historia)


En verdad es justo darte gracias, es nuestro deber cantar en tu honor himnos de bendición y de alabanza, Padre todopoderoso, principio y fin de todo lo creado. Tú nos has ocultado el día y la hora en que Cristo, tu Hijo, Señor y Juez de la historia, aparecerá revestido de poder y de gloria, sobre las nubes del cielo. En aquel día terrible y glorioso pasará la figura de este mundo y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva. El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el amor demos testimonio de la esperanza dichosa de su reino. Por eso, mientras aguardamos su última venida, unidos a los ángeles y a los santos, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Prefacio del Domingo IV de Adviento (María, nueva Eva)

En verdad es justo darte gracias, Señor, Padre santo, todopoderoso y eterno. Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos por el misterio de la Virgen Madre. Porque, si del antiguo adversario nos vino la ruina, en el seno virginal de la hija de Sión ha germinado aquel que nos nutre con el pan de los ángeles, y ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz. La gracia que Eva nos arrebató nos ha sido devuelta en María. En ella, madre de todos los hombres, la maternidad, redimida del pecado y de la muerte, se abre al don de una vida nueva. Así, donde había crecido el pecado, se ha desbordado tu misericordia en Cristo, nuestro Salvador. Por eso, con todos los ángeles y santos, te alabamos, proclamando sin cesar:

"ILLATIONES" DEL RITO HISPANO-MOZÁRABE

En el Rito Hispano-Mozárabe podemos encontrar seis "Illationes" ya que seis son los Domingos que forman este tiempo.

El Domingo I de Adviento insiste en la temática: Bautismo-perdón de los pecados; el II está compuesto tomando el pasaje de la Anunciación a María. En el Domingo III encontramos la mención a los dos venidas de Cristo y en el IV al Misterio de la Redención, anunciado ya desde antiguo. El Domingo V tiene un claro matiz escatológico: el Juicio Final; por último, la Illatio del Domingo VI de Adviento, la más corta de todas, presenta a Cristo como "víctima y redención".

Illatio del I Domingo de Adviento

Es digno y justo que te demos gracias, Señor Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por medio de Jesucristo tu Hijo nuestro Señor; a quien Juan, amigo fiel, precedió bautizando; asimismo, preparando un camino al Juez y Redentor, llamó a los pecadores a la penitencia, y, ganando un pueblo para el Salvador, bautizó en el Jordán a cuantos confesaban sus propios pecados. No dando la plenitud de la gracia que renueva al hombre, sino exhortando él a aguardar la presencia del piadoso Salvador. No perdonando él los pecados de quienes acudían a él sino prometiendo que se concedería más tarde la remisión de los pecados a los creyentes, de suerte que, descendiendo al agua de la penitencia, esperasen el remedio de su perdón de Aquél que oían había de venir dotado en plenitud de la Verdad y de la Gracia. Cristo, pues, fue bautizado por aquél con un elemento visible y el Espíritu invisible. Y fueron muchos llevados a través de la obediencia a la Misericordia, por el hijo de la estéril al Hijo de la Virgen, por Juan, el hombre grande, a Cristo, el Hombre Dios. Al que adoran los Ángeles y los Arcángeles, Tronos, Dominaciones y Potestades diciendo así:

Illatio del Domingo II de Adviento

Es digno y justo, equitativo y saludable predicar la venida admirable de Nuestro Señor Jesucristo, quien -anunció el celeste mensajero- nacería entre los hombres y por los hombres, la Virgen terrena lo oyó cuando era saludada, y el Espíritu Santo lo hizo en su seno cuando iba a venir; de modo que, prometiéndolo Gabriel, creyéndolo María y operando el verdadero Espíritu de Dios, siguiera la certeza al saludo angélico, la verdad realizara la promesa y la virginidad se experimentara fecunda bajo la fuerza del Altísimo. He aquí que concebirás en el seno y parirás un hijo, dijo el Ángel. ¿Y cómo se hará esto? respondió María. Mas, puesto que creyendo y no dudando respondió, el Espíritu Santo cumplió lo que el Ángel prometiera.Virgen antes de la concepción, sería siempre virgen después del parto. Primero concibió a Dios con la mente, luego con el vientre. Antes que nadie, la Virgen llena de la gracia de Dios acogió la salvación del mundo, y por ello es verdadera madre del Hijo de Dios. Al que adoran los Ángeles, Tronos, Potestades y Dominaciones diciendo así:

Illatio del Domingo III de Adviento

Es digno y justo, es realmente digno y honroso, Señor Jesucristo, Dios nuestro, recordar con gran emoción la venida de tu gloria y el misterio de la natividad en la carne, y predicar con espíritu jubiloso los acontecimientos insignes de nuestra salvación que fueron revelados con tan grandes prodigios. Pero ¿quién podrá consagrar dignas alabanzas a tu Majestad, de la que ni podemos enumerar sus admirables obras ni el poder? Pues pienso que nadie se atreverá a relatar cuán grande y cuál seas Tú mismo, pues no es posible conocer ni tu grandeza ni la calidad de tu sabiduría. Porque de Ti, cuya inmensidad desborda la capacidad del espíritu humano, sólo nos cabe creer sencillamente y proclamar verazmente la Trinidad de tu Deidad y Omnipotencia. Así pues Tú, clementísimo Dios, acrecienta la verdadera fe en nuestros corazones y restablece más y más la huella de tu imagen y semejanza en nosotros. Para que, otorgándonos el perdón de los pecados, merezcamos verte a Ti, que sabemos viniste ha poco para renediar a los cautivos, y estemos firmes en tu presencia cuando retornes majestuosamente en tu segunda venida. Concédelo, Unidad perfecta e indivisible Trinidad, Dios nuestro, a quien el ejército innumerable e indescriptible de los cielos, los millares de Ángeles y Arcángeles, con los Ancianos y Potestades, con los Tronos y Dominaciones, no cesan de aclamar. Y en cuya alabanza los cuatro Vivientes, sostenidos por el movimiento de las seis alas, iluminados interior y exteriormente por múltiples ojos, cantan con los Querubines el himno del cántico nuevo, loando y diciendo así:

Illatio del Domingo IV de Adviento

Es justo y necesario darte gracias, Padre todopoderoso, por tu generosa clemencia para con nosotros, por la cual siempre podemos proclamar tus alabanzas. Tú, que nos habías creado movido por tu habitual bondad, quisiste, por tu desinteresada compasión, salvarnos de la muerte, cuando fuimos engañados por la astucia de la serpiente antigua; y así anunciaste desde muy antiguo a tu Hijo, al que querías enviar hecho hombre por nosotros, indicando que vendría a la tierra y nacería de una virgen. Por medio de tus santos profetas señalaste el advenimiento de su natividad de modo que aquél que había sido prometido y que fue esperado durante mucho tiempo, causase un gozo inmenso al mundo al presentarse en la plenitud de los tiempos. Y así como, por tu piedad y misericordia, no permitiste que se perdiera tu criatura, sino que restauraste lo que había perecido, por la humilde venida de tu Hijo, nuestro Señor, te pedimos y te rogamos, que lo que has encontrado, reparado y recuperado, lo protejas, lo custodies, lo cures, lo defiendas, lo liberes, de modo que cuando llegue la temible segunda venida en la que juzgará a aquellos que lo juzgaron, juntamente con aquellos por los que fue juzgado, encuentre de tal manera dispuestos a los redimidos que adquirió con el precio de su sangre, que puedan ser su posesión por toda la eternidad. De este modo, contigo y con el Espíritu Santo, será ensalzado siempre con el afecto jubiloso de los redimidos y con un canto como el de los ángeles y arcángeles que alaban y dicen:

Illatio del Domingo V de Adviento

Es digno y justo que te demos gracias, Señor Padre santo, Dios omnipotente y eterno, por Jesucristo tu Hijo y Señor nuestro, cuya Encarnación se convirtió en la salud del mundo y cuya pasión fue la redención del hombre creado. Así pues, Padre todopoderoso, te pedimos que nos guíe a la victoria el mismo que nos rescató de las tinieblas del infierno, que limpie de pecados nuestra carne el mismo que la tomó de la Virgen. Que nos devuelva puros a tu majestad el mismo que nos reconcilió por su sangre contigo; que nos absuelva en el juicio de la segunda venida el que en la primera nos dio los dones de su gracia. Que retorne apacible para juzgarnos quien entonces se nos apareció humilde; y que en el juicio se nos muestre dulcísimo el que vino hace poco escondido. A quien alaban los Ángeles diciendo así:

Illatio del Domingo VI de Adviento

Es justo y necesario, es en verdad nuestro deber y salvación, alabarte, Dios y Señor nuestro; Porque tú no apartaste la magnitud de tu amor de la miseria de nuestra humillación, sino que, compadecido de nuestros errores, enviaste a tu Unigénito como víctima y redención de nuestra debilidad, para que nos abriera la puerta de la vida eterna y nos librara de toda sujeción del seductor maligno y, confortados con la fuerza de su ayuda, nos reconciliara contigo por el ejercicio de obras santas. Por esto, todos los ángeles y arcángeles no cesan de alabarle, unánimes diciendo: