Este es un tema que supera ampliamente los límites de la liturgia, pero que tiene que ver con ella. Y es que una de las ventajas de la liturgia es que prácticamente todo en el cristianismo tiene que ver con la liturgia o a ella se encamina. Si no tiene nada que ver, entonces habría que plantearse si eso es o no cristiano.
Hasta en los más renovadores y ortodoxos movimientos teológicos y doctrinas actuales, hay una clara tendencia al cristianismo light. En algunos postulados esto parece superarse por medio de una llamada al radicalismo, a la vivencia plena y seguimiento sin reservas de Cristo y su evangelio. Sin duda, la tibieza es algo a erradicar. Pero el problema es que el cristianismo posmoderno gusta de estar en el Domingo de Resurrección, pero sin pasar por el Viernes Santo. En un comentario reciente se dijo que la dimensión sacrificial de la eucaristía, más que el tema del banquete eucarístico, nos lleva a comprender la relación entre la misa y el dolor, la enfermedad, etc. Y es que la liturgia nos presenta la totalidad del cristianismo, nos guste o no. Por eso no debe sorprendernos que la reforma litúrgica, muy posmoderna in nuce ella, haya intentado -y logrado- minimizar, "edulcorar" aspectos menos agradables del mensaje cristiano. Pienso, por ejemplo, en la supresión de los versículos sálmicos complejos e incluso violentos en la actual Liturgia de las Horas. Recuerdo a este respecto un comentario de un profesor de patrología: "si los cristianos de los primeros siglos podían rezar con esos salmos, ¿por qué nosotros no?"
Desde aquí ya se ve que el tema trasciende la cuestión litúrgica y tiene que ver con el espíritu de los tiempos. Por eso me voy a centrar en un solo tema, el de la mojigatería. Según el DRAE, el mojigato es aquel que "afecta humildad o cobardía para lograr su intento en la ocasión". Y también: "Beato hazañero que hace escrúpulo de todo". En otro diccionario, la primera definición se expresa así: "Que finge timidez y humildad". La liturgia es escuela de una espiritualidad de la normalidad. La espiritualidad típica del s. XIX y principios del XX era una concepción de la santidad como acumulación de actos "de santificación". La moral social, inexistente. O se concebía la caridad desde la beneficiencia, haciendo de ésta un acto mecánico de dar bienes. Las semejanzas con el espíritu del estoicismo y el imperativo kantiano (el deber por el deber) son evidentes. Si se pudiera entrevistar a un no practicante de la época o algún fiel crítico, el diagnóstico que daría es el de ser un cristianismo "triste" o simplemente inhumano. Esta visión arrastra doctrinas y modos de comprender la vida y la propia fe de varios siglos antes, pero queda clara la desvinculación del cristiano con el mundo que le rodea.
Pero la liturgia va de otra cosa. Los domingos de Laetare y Gaudete, en medio de dos tiempos con connotaciones penitenciales -en el Adviento mucho más leve- nos indican que también hay alegría. La liturgia es un ámbito serio, pero no es un ámbito triste. Todavía hoy nos encontramos cristianos del s. XIX, que limitan su cristianismo a una serie de prácticas religiosas, la mayoría de ellas alitúrgicas, que están dispuestos a reducir la religión, como sus predecesores de la Ilustración, a una ética. Como si se tratase de semidioses griegos, parece que el mundo les da lo mismo. Incluso sus hermanos cristianos. Laicos y sacerdotes.
Este tipo de actitud, aunque nos pueda sorprender, es la más contestataria que pueda existir en la Iglesia. Quizás no es la más mediática, pues la mayoría de sus exponentes aparentemente profesan un cristianismo "tradicional", pero todo les parece desviado. La dimensión comunitaria de la liturgia es el antídoto perfecto para estas actitudes. Es el mejor método para -robando el título de un blog...- sentire cum Ecclesia. Y en su supuesta actitud casi jansenista, también es un cristianismo light, porque no tiene en cuenta la humanidad de la Iglesia sino una supuesta "teoría" que debe ser vivida. Del mismo modo que el "cristiano de los valores", el mojigato vive en otro mundo y en otra realidad que no es la Iglesia.
El cristiano mojigato es aquel que no le gusta la liturgia según las rúbricas porque no le dice lo que quiere oir: ya sea una "fiesta" porque quiere huir de la realidad, ya sea una liturgia "piadosita" que no le hable de compromiso y de la realidad del pecado. Desde aquí, la supuesta moral cristiana que dice poseer se traduce más bien en costumbrismo, que a veces rivaliza con el de la época victoriana.
Para el cristiano mojigato, si llega atreverse a entablar una relación con los demás bautizados de su parroquia o con sacerdotes, nunca estarán a la "altura". Y siempre porque no se rigen por su "código" de conducta, sea el "progre" de todo es bueno o el "carca" del que todo es malísimo. Pero la liturgia destila mucha "normalidad". Y esto es así porque no tiene reparo en transmitirnos la Sagrada Escritura y su historia sagrada, en la que ha habido de todo, y en la que el mismo Dios saca cosas buenas de acciones reprobables.
En resumen, la liturgia es mejor modo de no volverte asocial, que en términos precisos sería no volverte aeclesial. Siempre remitirá a la asamblea de los que peregrinan en este mundo, con sus virtudes y vicios. Siempre le llevará a juzgar su propia vivencia del cristianismo y su pertenencia a la Iglesia, de forma más eficaz que el mejor de los directores espirituales. Por eso los "padres" del movimiento litúrgico siempre ponían de relieve el carácter objetivo de la liturgia, además de su dimensión comunitaria.
Adolfo Ivorra

3 comentarios:
Plenamente de acuerdo!
gracias!!
Muy de acuerdo en todo, todo. Respecto a: «El cristiano mojigato es aquel que no le gusta la liturgia según las rúbricas porque no le dice lo que quiere oir: ya sea una "fiesta" porque quiere huir de la realidad, ya sea una liturgia "piadosita" que no le hable de compromiso y de la realidad del pecado. Desde aquí, la supuesta moral cristiana que dice poseer se traduce más bien en costumbrismo, que a veces rivaliza con el de la época victoriana». Estas afirmaciones son tan ciertas que casi dan escalofríos, ¿verdad? Las he cortado y pegado porque el toro día tuve una conversación con otro ejemplo de cristiano cuya desafección hacia la liturgia también se común y que quizá no queda 'catalogado' en tus palabras. Me decía mi interlocutor de más de 70 años, que a él la 'liturgia' (hablaba casi exclusivamente de la celebración de la Misa) nunca le había "dicho nada" (sic); es decir, que ni fu ni fa y que él tenía fe "por otros motivos", dado que la liturgia "no me llega". He dado ya con varios especímenes de este tipo. No faltan a misa de precepto, pero lo que se haga allí dentro les importa más bien poco. Es curioso porque este tipo de personas son, lo digo por lo que he visto, bastante partidarios de cambiar aquí y allá elementos de la celebración y lo mismo que la liturgia les aburre tienen análoga capacidad para, si cabe la oportunidad, aburrir a los demás, tanto con sus propuestas extravagantes como con la indiferencia que muestran ante las extravagancias de otros esperpentos litúrgicos. En fin.
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