jueves, 10 de noviembre de 2011

El sostenimiento material del culto. Liturgia y "economía".

Una de las características del cristianismo moderno y posmoderno es la ingenuidad. En el caso de la liturgia, acostumbrados a su vertiente "celestial", de participación en la Jerusalén celeste, se tiende mucho a esto en Occidente, el hogar del capitalismo contemporáneo. Del mismo modo que se olvida la necesaria fundamentación legal (canónica) de la liturgia, también se olvida la dimensión económica. Por un lado, están las cuestiones relativas a la justicia: es el caso de los estipendios de misas. Esto no afecta in directo, pero es ya un ejemplo de que la liturgia no es "amoral". El canon 946 del Código de Derecho Canónico dice que "Los fieles que ofrecen un estipendio para que se aplique la Misa por su intención, contribuyen al bien de la Iglesia, y con esta ofrenda participan de su solicitud por sustentar a sus ministros y actividades". En un comentario a unos cánones posteriores se habla de la relación de justicia: "En el momento en que el sacerdote acepta la ofrenda hecha por el fiel para que ofrezca por sus intenciones la Santa Misa, se establece una relación de justicia a la que el sacerdote ha de atender celosa y diligentemente"(Pamplona, 2001, 596). Los que trabajan en actividades caritativas de la Iglesia o incluso seculares, comprenderán bien este comentario. Sobre todo los que trabajan en comedores de caridad: si se da la comida "gratis", se le resta valor, empiezan las quejas, la comprensión de esa comida como un "derecho", etc. Dándole un precio ínfimo pero simbólico se hace ver su naturaleza distinta. Lo mismo tiene que ver con la exigencia del lugar o del tiempo. Si se celebra la intención "gratis", pues el sacerdote tiene una gran facilidad de fijar el día y el lugar según sus gustos o tiempos. Si se vincula por medio de un estipendio de una persona, está obligado moralmente con mayor claridad.
Este preludio sobre los estipendios creo que ha servido un poco para ver que no todo es tan simple. A veces tenemos en el cristianismo una visión que roza el fundamentalismo religioso, donde todo queda en deseos, intenciones y "dogmas" que no son tales, pero todos ellos desencarnados y a veces contrarios a la dinámica propia de las relaciones humanas y sociales básicas. En este fundamentalismo se deja entrever un claro desprecio por la Tradición de la Iglesia e incluso -con mucha frecuencia-, una lectura literal o "espiritual" -en su supuesto espíritu general- de la Escritura. Si leemos cómo era el culto judío en el Antiguo Testamento, en seguida sale a relucir en algunos el espíritu marcionita, para el que habría que arrancar las páginas -o libros enteros- que no nos interesan y dejar las críticas proféticas al culto judío -hechas no pocas por sacerdotes judíos que luego fueron profetas- leídas fuera de contexto y desde nuestra perspectiva secular moderna.
Aquí habría que hablar de la minusvaloración del signo litúrgico en favor de la disciplina "religiosa" o simplemente ética en autores como Erasmo, pero se escapa de los límites de esta entrada de blog. El caso es que en la liturgia cristiana, ya desde sus inicios, era todo menos paupérrima. Aquí también influenciaban los contextos geográficos. Recuerdo de mis clases del Bienio de liturgia de Madrid, que se nos decía que mientras en la Galia usaban casullas más bien de lana, en España siempre fueron de seda, seguramente por razón del fluido comercio existente en la época. En un post de 2010 me limité a "copiar y pegar" un artículo de Virginio Sanson sobre el oro en la liturgia cristiana. Algo tan caro en nuestro mundo -como en el antiguo- como el oro se usaba mucho en la liturgia antigua. Bastante espíritu de "pobreza" -según la entienden algunos- tenemos hoy cuando no sólo no utilizamos el oro en nuestras liturgias, sino que incluso a la hora de buscar imitaciones preferimos más los colores plateados que los dorados. Nuestra cultura eclesiástica moderna -siempre Occidental, querido lector- es reacia a este color: una vulgar "imitación" de oro en un cáliz dorado muy barato llamaría mucho la atención -no pocas veces en sentido negativo- que uno "normal" color plata de un valor muy elevado. Por tanto, nuestros juicios sobre las apariencias están a la orden del día.


Otro problema que no toca tanto al mundo anglosajón pero sí mucho al latino -países con lenguas hijas del latín- es el sostenimiento del culto y de la Iglesia en general. El mundo anglosajón, marcadamente protestante y con su correspondiente -y sana, no pocas veces- influencia en el catolicismo de esas regiones, rescató hace mucho el concepto del diezmo, normalmente orientado al culto y a la caridad "oficial" eclesial. Salvo el mal gusto de la comunidad/párroco, no se suele encontrar un ajuar litúrgico descuidado. También en ese "mundo" hay una mayor sensibilidad simbólica, si bien muy distinta de la medieval y antigua. En nuestro "mundo" latino, la reducción moral que asoló el cristianismo en la Ilustración, además de una lectura de la pobreza ya desde las desviaciones de los franciscanos -el grupo de los fraticelli-, ha dado al cristianismo latino una fisonomía propia. El culto se había salvado, principalmente por el empeño de grandes obispos como san Carlos Borromeo, pero la semilla (del diábolos) estaba ahí. Con la "libertad" y la ambigüedad de normas litúrgicas después del concilio Vaticano II -que pretendía abrirse a nuevas expresiones artísticas de calidad- al culto se le quitó el cerco que lo protegía. Y el espíritu iconoclasta volvió, más de un milenio después de su primera aparición, a la liturgia católica romana latina (esto último en sentido lingüístico, como hemos dicho arriba).


Así nos encontramos hoy, donde los católicos "medios" o de "a pie", creen que sus ofrendas voluntarias son o para "el cura" o para pagar la luz, calefacción y velas de la iglesia. Los más "espabilados" creerán que también así se financian aportaciones a los pobres y el material catequético. ¿Y la liturgia? Los cálices van menguando -alguno me he encontrado oxidado y en uso-, las vestiduras se deshilachan o llegan a tener manchas que son imposibles de quitar, el vino y el pan para la celebración, el cuidado de los manteles, el reemplazo de los libros litúrgicos por el uso o por el cambio (pues sí, ya viene y se espera la nueva edición de los leccionarios con la nueva Biblia de la Conferencia Episcopal Española, la esperadísima traducción de la tercera edición típica del misal romano, etc.), carbón e incienso en donde se puede usar, etc. Si  hubiera esta conciencia colectiva entre los fieles, tendríamos cosas como vemos en iglesias protestantes y católicas anglosajonas: libros -sí, no fotocopias- de canto, de oración de las horas, misales, etc. Y gratis para los fieles. Los libros de cantos, además de tener que sortear la cultura ajena a la música que tenemos, podría beneficiar grandemente la participación de los fieles con el canto de toda -o buena parte- de la asamblea litúrgica.
Hay que ser conscientes, en primer lugar los párrocos y asimilados, de la importancia material del culto y su sostenimiento y renovación. Y los fieles deben dejar de ver a la liturgia desde un punto de vista "exclusivamente escatológico", como si fuera una realidad celeste como el cuerpo glorificado del Señor, que no puede morir ni envejecer, sino que se debe renovar y sostener.

Adolfo Ivorra

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