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XXVI Domingo Cotidiano.


Vigesimosexto domingo de Cotidiano:

Profecía: Ez 9, 1-11
Psallendum: Sal 70, 17s. 9
Apóstol: Ef 4, 1-16
Evangelio: Lc 18, 35-43

  Profecía-psallendum y evangelio-laudes exponen dos temáticas distintas: primero la súplica ante el extermino, y después la glorificación de Dios por sus mirabilia. La profecía de Ezequiel narra la devastación del pueblo de Israel y de Judá con un gran simbolismo: verdugos que acompañan a un hombre vestido de lino, un querubín, la frente de los afligidos marcada, etc. No es difícil asociar esta narración con la encontramos en el libro del Apocalipsis. Ante la ira divina, la súplica del psallendum, que también encontramos en la misma profecía, se dirige hacia el castigo, pues se reconoce que el pueblo ha pecado. Así lo dice Dios: «Grande, muy grande, es el delito de la casa de Israel y de Judá; el país está lleno de crímenes». La ira divina no duda en “profanar” el Templo, porque en realidad ya está profanado por la actitud del pueblo. Dios no mancha su lugar de culto, sino que expresa incluso por medio de la muerte cómo está moralmente corrompido su santuario. Las alabanzas elevadas al Señor no son tales, sino que detrás de ellas se esconde el pecado y la falsedad.
            Distintas son, sin embargo, las súplicas del ciego del evangelio. Entroncando con el Antiguo Testamento, llama a Jesús por su genealogía, Hijo de David, dejando entrever también la connotación mesiánica de Cristo. También él suplica insistentemente por la compasión divina. Y en su actitud se muestra que no quiere su gloria personal sino la verdadera alabanza divina, esa que glorifica a Dios por sus mirabilia: «En seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios». En canto laudes es categórico: «No a nosotros, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria».
            El apóstol tiene una temática propia. Recordando también las mirabilia del misterio pascual de Cristo, especialmente el descenso a los infiernos y la ascensión a los cielos, san Pablo nos muestra la diversidad eclesial: unos son apóstoles, otros profetas, otros evangelistas, otros pastores y otros doctores. Y esta diversidad existe para la edificación del Reino de Dios en la tierra: «para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud».

Adolfo Ivorra