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XXV Domingo de Cotidiano.


Vigesimoquinto domingo de Cotidiano:

Profecía: Jer 33, 3-11
Psallendum: Sal 68, 17-19. 30
Apóstol: Ef 3, 14-21
Evangelio: Lc 18, 31-34

  La Liturgia de la palabra de hoy se articula de forma casi perfecta en torno a los temas de la Pasión de Cristo y la gnosis cristiana. La profecía de hoy hace honor a su nombre y establece un vínculo temático con el evangelio sobre los temas mencionados. Si Cristo anuncia a los apóstoles su Pasión –tercer anuncio en el evangelio de Lucas–, la profecía ya nos narra el contenido salvífico de la misma: Cambiaré la suerte de Judá y la suerte de Israel, y los edificaré como en otro tiempo; los purificaré de todos los crímenes que cometieron contra mí, les perdonaré todos los crímenes que cometieron contra mí, rebelándose contra mí. La Pasión de nuestro Señor se comprende así de forma “clásica”, aludiendo al valor redentor de la muerte de Cristo en la cruz. Purificación y perdón, dos cosas que los “sacramentos” veterotestamentarios esperaban conseguir por la esperanza en el Mesías, y es en Él, muerto y resucitado, por el que nos llega la purificación y el perdón que nunca se acaba para los que se acogen a ellos. Por eso clamamos en el psallendum: Acércate a mi alma, redímela, rescátame, Dios mío, para que lo vean mis adversarios. V/. Porque yo estoy angustiado y herido, oh Dios, que tu auxilio me devuelva las fuerzas. Aunque hechos partícipes en la Pasión de Cristo por medio del bautismo, somos conscientes de que la concupiscencia habita todavía en nosotros, esa inclinación al pecado. Suplicamos que por medio de esta sollemnia nuestra inclinación no sea tal, y que se nos prevenga de futuras inclinaciones al pecado.
Con su muerte, Jesucristo edifica a Judá y a Israel, esto es, al Pueblo de Dios, que ahora continúa en la Iglesia. Paradójicamente, la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, se constituirá teniendo entre sus filas a paganos, que serán los que lo matarán. Lo entregarán a los paganos, se burlarán de él, lo insultarán, le escupirán; después de azotarlo, lo matarán, pero al tercer día resucitará. También los paganos asediaban a Judá e Israel, como nos dice Jeremías: Ahora vienen a pelear contra ella los caldeos, y a llenarla de cadáveres humanos. ¿Y qué mejor manera de ver cómo los paganos engrosan el Pueblo de Dios que la predicación del Apóstol de los gentiles? La lectura de la carta de san Pablo a los Efesios de este domingo expresa la actitud del verdadero creyente ante Dios, que dobla las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, pidiéndole que nos conceda de los tesoros de su gloria... por medio de su Espíritu. Y uno de esos tesoros es el conocimiento de los misterios de Dios. Ante el anuncio de la Pasión, los apóstoles reaccionaban con sorpresa e ignorancia: Ellos no entendieron nada de aquello; aquel lenguaje seguía siendo un enigma para ellos y no comprendían lo que quería decir. Nuevamente, la profecía explicita cómo la misma Pasión de Cristo es el conocimiento supremo: Grítame, y te contestaré, te comunicaré cosas grandes e inaccesibles que no conoces. La súplica del que dobla las rodillas ante el Padre recibe como respuesta el conocimiento de su intimidad divina. San Pablo pide de forma específica la fe en Cristo, y con ella, y así, con todo el pueblo de Dios, lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía, el amor cristiano. Por tanto, Cristo crucificado, que para san Pablo es el mayor conocimiento que se puede esperar, es fruto del amor de Dios hacia los hombres. En eso consiste el amor cristiano, en que hay un amor que precede nuestro amor, que Él nos ha amado primero en su Hijo, que padeció por nosotros bajo un pagano, para que israelitas y paganos conformaran la ciudad de Dios.

Adolfo Ivorra