domingo, 30 de octubre de 2011

Liturgy Trek.


Desde que recuerdo, siempre me ha gustado Star Trek. Siendo más concreto, The Next Generation. Creo que en el mundo litúrgico en que vivimos, multicultural y multilitúrgico, hay de todo. Cada liturgia nos puede parecer como una civilización o raza de las que se ven en Star Trek. Y la labor del liturgista "de frontera" está en conocer esas liturgias que ningún otro liturgista ha ido jamás. Pero el conocimiento de las "extrañas y complejas" liturgias orientales se la dejamos a nuestro colaborador Salvador Aguilera, que para eso va a Roma, a estudiar estas liturgias. Aquí nos referimos a esas "liturgias" occidentales que son de alguna manera romanas, pero que son como las estanterías de Ikea: tu las montas y las dejas con menos baldas de las que viene, o le pones otras con las que no venían. Esas extrañas "liturgias", dignas de una labor de exploración del capitán Jean-Luc Picard, las podemos clasificar de alguna manera:

a) Las que "emanan" de algún movimiento eclesial moderno.
b) Las "Juan Palomo" (Yo me lo guiso yo me lo como).

Las primeras, pues son complejas de tratar. Y lo son porque hablar de ellas o criticarlas es lo mismo que criticar al movimiento que las ha "creado". Aquí observamos el adagio de san Próspero de Aquitania en su sentido inverso: lex credendi - lex orandi, siendo lex credendi no la fe eclesial -que se presupone- sino aquellas creencias, doctrinas y sensibilidades teológicas que toman cuerpo ritual. Las segundas son las que se refiere el papa en sus escritos de cuando era cardenal: los "grupos" de liturgia que crean su propia liturgia.
No obstante, tanto las primeras como las segundas, saben que su tiempo es corto, que desaparecerán irremediablemente, porque, como los que las sustentan, son hijos de una época y responden a situaciones concretas. El problema no es ese, sino que los susodichos tienen pretensiones de inmortalidad. Y el espacio litúrgico suele sufrir sus ansias de sobrevivir. Es curioso ver altares de cemento colocados literalmente al borde del presbiterio, como si quisieran evitar por todos los medios celebrar "como antes". Sedes inamovibles, que miran al pueblo, ya sea detrás del altar o a un lado de este. Y, por cierto, no pocas de ellas son triples. Así que no es por ir en contra de lo antiguo. Es simplemente por esas ansias de inmortalidad espacial que tienen algunos "reformadores". El altar se separa después del Vaticano II para poder rodearlo en la incensación: estos altares situados al borde del precipicio, hacen imposible esto.
Otro tanto se puede decir de la inexistencia de lavabos (jarra y palangana) en las sacristías, de incensarios, ornamentos negros y rosas, palias y velos de cálices... y hasta copones. Recuerdo que en el último encuentro de liturgistas con ocasión de las jornadas de la AEPL, Jaume González hablaba de que un presbítero bizantino no tiene problemas en celebrar en Grecia o en Pekín: todas las iglesias bizantinas tienen la misma disposición. Pero en el caso de los romanos, siempre tenemos que hacer esta odiosa pregunta: ¿aquí qué/cómo se hace? Y es que ante una gran vacatio legis que son las muy generales rúbricas actuales, siempre hay "modos" y "formas" distintas de hacer las cosas. En las comunidades contemplativas pasa mucho de esto: hasta el último momento no te enteras de cómo unen las vísperas con la misa, etc. Parroquias en las que no se sabe dónde hacer la homilía, desde dónde se harán las preces y qué te traerán en la procesión de ofrendas. Da igual que se tenga un doctorado en liturgia o cincuenta años de ministerio sacerdotal: la pregunta sobre cómo celebrar en una iglesia que no conocemos siempre estará ahí.
La gran capacidad de elegir que tienen los libros litúrgicos actuales, sumada a "costumbres" y "usos", no pocos de ellos contra legem, hacen esto verdaderamente insufrible. Y desde aquí vienen las comparaciones: este sacerdote celebra así, el otro de otra manera, etc. Al final, el liturgista sacerdote es otro que "hace cosas raras", no menos que uno que se las dé de "original". Aquí recuerdo que en una iglesia en la que nunca había celebrado, me senté después de la homilía y después de la comunión, como lo indica la OGMR. Entre algunos se comentaba si yo estaba "cansado". En este tipo de cosas se palpa fácilmente que la reforma litúrgica no ha entrado en el pueblo cristiano. Porque la reforma litúrgica no son sólo ritos que se ha reformado -y que siempre se pueden reformar mejor, con otras sensibilidades-, sino grandes intuiciones pastorales, litúrgicas y espirituales.
Hace poco el papa Benedicto XVI nos hablaba de la importancia de la reforma litúrgica no estaba tanto en la reforma de los ritos como en el cambio de mentalidad. Yo no estoy del todo de acuerdo con esa afirmación, pero no cabe duda de que sin cambio de mentalidad no vamos a ninguna parte. Y para que haya ese cambio, hace falta una participación activa.
Desde aquí recomiendo, más que la visita a "monumentos" el Jueves Santo -que ya no existen, porque ya no se llaman monumentos, por ejemplo-, una visita a varias parroquias y parroquias "personales", iglesias y oratorios, para darnos cuenta de los límites y las bondades de nuestro actual rito romano. Viendo las "fronteras" quizás seamos capaces de contemplar mejor las dimensiones del problema y pensar en futuras soluciones a un rito muy "libre" y con pocos referentes, tanto rubricales como espirituales. Este proceso es doloroso, porque implica comprobar la dejadez y la poca vida espiritual de muchas comunidades "católicas", pero es algo necesario para no ser "fundamentalistas" y "dogmáticos" a la hora de expresar nuestra visión de la reforma litúrgica y de la liturgia en sí misma.

Adolfo Ivorra

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada