XX Domingo Cotidiano.

Vigésimo domingo de Cotidiano:

Profecía: Jer 30, 3. 7-17
Psallendum: Sal 59, 13s
Apóstol: Ef 5, 1-8
Evangelio: Lc 17, 11-19

            En el psallendum del domingo anterior ya cantábamos que había que poner la confianza en el Señor. Y esto es precisamente a lo que se nos invita hoy en las lecturas, especialmente en el binomio profecía-psallendum. En Jeremías los pecados del pueblo son irreparables. Sin embargo, el Dios de Israel y Judá se compromete a destruir a los enemigos del pueblo de las promesas. Esos enemigos son los pueblos extranjeros a los que el pueblo de Dios sucumbió por medio de alianzas, asunción de cultos idolátricos, etc. El mismo apóstol de hoy hace alusión al apego al dinero como idolatría. Por ello, el nuevo pueblo de Dios no puede poner su confianza en otro ser que no sea Dios: pues vana es la salvación que viene del hombre. Así como Dios intercedió por su pueblo en el pasado librándolo del destierro, así también por medio de Cristo nos ha liberado de las tinieblas y nos ha hecho hijos de la luz. Y es así como uno de los leprosos curados exteriormente en el evangelio, vuelve a dar gracias, reconociendo el poder de Dios.
Con Dios haremos proezas decimos, y esto lo hacemos por la fuerza que viene de lo alto, pero también por seguir a Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor. De ahí que el Apóstol diga que lo nuestro es alabar a Dios. En efecto, la muerte de Cristo, en toda su crudeza y fealdad, es un sublime acto de culto. Con la confianza puesta en Él, nosotros también comprendemos nuestra vida como un culto agradable al Padre, incluso en los momentos de “martirio”. Pero la visión del evangelio de hoy es positiva: el leproso vuelve a dar gracias por su curación exterior, y haciendo esto recibe la curación interior, la justificación por la fe. El publicano del domingo pasado se justificó por su humillación ante sus pecados, el leproso de hoy se justifica por su acción de gracias ante las proezas que Dios ha realizado en él. Como es común en la predicación de la Iglesia, es necesario reconocer que a Dios no podemos acudir sólo cuando nuestros pecados nos agobian o las adversidades del mundo nos acechan, sino que también debemos dar gracias por todas las cosas que recibimos de Él.

Adolfo Ivorra