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XVII Domingo Cotidiano.


Decimoséptimo domingo de Cotidiano:

Profecía: Jer 18, 1-12
Psallendum: Sal 46, 7s
Apóstol: Gal 3, 13-26
Evangelio: Lc 16, 1-10

 Las lecturas de este Domingo presentan temas concretos y ciertamente independientes. La profecía nos sorprende con una imagen de Dios como alfarero de su pueblo, el psallendum llama a ese alfarero ‘rey’. Se trata de una visión romántica del cometido del rey, que moldea a su pueblo. Pero en Jeremías no se atisba una dimensión real. La súplica es la misma que la del domingo anterior, la conversión de la conducta. Dios se nos presenta antropomórficamente no sólo en su condición de alfarero, sino también en su arrepentimiento a la hora de inflingir el castigo a su pueblo. Con esto se nos quiere transmitir que el Dios inmutable –como no se cansan de definir a Dios las oraciones del misal hispano– comprende el corazón del hombre y su incapacidad de dar una respuesta coherente al don recibido. Dios es también alfarero en el sentido de que Él es providente. En efecto, la labor del alfarero con su creación es constante, pues si no lo fuera no se podría realizar la obra. Lo mismo Dios, que no deja de cuidar a su creación y de mantenerla con su gobierno divino.
            El evangelio de hoy, siguiendo otra intencionalidad totalmente distinta, nos presenta otro texto que nos es conocido: el evangelio del administrador infiel. Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Este complejo evangelio no hace otra cosa que llamar a la astucia, como en Mt 10, 16: Sed, pues, astutos como las serpientes y sencillos como las palomas. El “defecto” de los hijos de la luz es pensar que los demás hombres son como ellos. Por eso es necesaria una actitud vigilante. La actitud de los hombres buenos tiene a ser la actitud definitiva en el Paraíso restaurado, pero eso es adelantar acontecimientos. Todavía nos encontramos en este mundo, con los hijos de este mundo y los hijos de las tinieblas.
            El apóstol, también con una temática propia, vuelve sobre el fin de la Ley y el comienzo de la salvación en Cristo. En la lectura de la carta a los Gálatas se nos resumen los temas típicos en torno a la Ley en san Pablo, pero esta vez respondiendo a la gran cuestión: ¿por qué la Ley? Porque era un instrumento pedagógico: Así la ley fue nuestro pedagogo hasta que llegara Cristo y Dios nos justificara por la fe. Sin embargo, aunque era algo provisional, el Apóstol de los gentiles marca una distancia entre Dios y la Ley, fue dada por ángeles: fue promulgada por ángeles, por boca de un mediador (Moisés). Con dos mediaciones se hace más aceptable la ineficacia de la Ley y la repulsa que le tiene san Pablo. También la desmarca de la Alianza, pues la promesa hecha Abrahán es anterior en el tiempo a la Ley, por lo que la pertenencia a la Ley y la descendencia carnal no limitan la Alianza: las promesas se hicieron a Abrahán y a su descendencia (no se dice: «y a los descendientes», en plural, sino en singular: «y a tu descendencia», que es Cristo). Quiero decir esto: Una herencia ya debidamente otorgada por Dios no iba a anularla una ley que apareció cuatrocientos treinta años más tarde, dejando sin efecto la promesa. En los evangelios de Adviento –porque os digo que de estas piedras Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán–, también de Lucas, hemos visto cómo se rechaza la vinculación meramente carnal con Abrahán.

Adolfo Ivorra