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XVI Domingo Cotidiano.

Decimosexto domingo de Cotidiano:

Profecía: Jer 14, 18-21
Psallendum: Sal 45, 2s
Apóstol: Gal 2, 16-20
Evangelio: Lc 15, 11-32

            Si en la profecía del domingo pasado los profetas anunciaban mentiras y los sacerdotes dominaban por la fuerza, en la profecía de hoy tanto el profeta como el sacerdote vagan sin sentido por el país. La degeneración moral también toca a las instituciones. En el fondo de todo está la concupiscencia, esa reliquia que queda después del bautismo y que es común a todo hombre en este mundo. Por eso Jeremías suplica: Señor, reconocemos nuestra impiedad, la culpa de nuestros padres, porque pecamos contra ti. Esa reliquia es el fundamento de nuestro mal obrar, por eso nos afecta después del bautismo, como lo deja claro san Pablo en el apóstol de hoy: si por buscar la justificación por medio de Cristo resultamos también nosotros unos pecadores, ¿qué? La ley es insuficiente para ser encontrado justo ante Dios. Pero también la gracia se puede malograr. Aunque son mayores los dones en el tiempo de la Iglesia que en el Antiguo Testamento, Dios no coarta la libertad del ser humano. Aunque da más facilidades para cumplir su voluntad y seguir sus enseñanzas, también deja la connatural libertad de poder elegir otro camino. Sin embargo, como nos muestra la lectura profética de hoy y de la semana pasada, la sociedad edificada al margen de Dios conduce al relativismo moral y a la defenestración. Así como un hombre no puede conocer a Cristo y pretender vivir sin Él, así tampoco las sociedades que han conocido el nombre de Jesús. Ante la degradación de las costumbres, el Dios de la salvación se nos presenta como refugio, como cantamos en el psallendum.
            También en el evangelio se nos habla de una actitud común a todo hombre: la rectificación en el error. El archiconocido evangelio del hijo pródigo, que algunos conciben también como el evangelio del padre misericordioso, nos muestra en nuestra sociedad actual la supuesta “mayoría de edad” del hombre, que cree poder vivir sin su Padre que es Dios. En efecto, el evangelio de este domingo ejemplifica bien la relación de Dios con el hombre de hoy. Éste, seguro de sí mismo y heredero de los dones del Creador, cree poder vivir en el exilio. Pero no resulta nada fácil. En el pueblo del Antiguo Testamento, tal y como nos lo presentan profetas como Jeremías, parece que es contraproducente. Por tanto, el evangelio es una llamada a la conversión, pero también nos muestra la gran misericordia de Dios con los pecadores arrepentidos. Así nos lo recuerda un versículo anterior al evangelio proclamado, Lc 15, 7: Os digo que, del mismo modo, habrá en el Cielo mayor alegría por un pecador que hace penitencia que por noventa y nueve justos que no la necesitan.

Adolfo Ivorra