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XV Domingo Cotidiano.

Decimoquinto domingo de Cotidiano:

Profecía: Jer 5, 20- 6, 1
Psallendum: Sal 38, 8. 13
Apóstol: 2Cor 13, 7-11
Evangelio: Lc 7, 1-16

            Hoy encontramos dos bloques temáticos: profecía-psallendum y apóstol-evangelio. El primero aborda la cuestión de la penosa situación del pueblo de Israel, mientras que el segundo trata la importancia de la fe. Las acusaciones de Jeremías no nos son extrañas: este pueblo es duro y rebelde de corazón. Esta actitud, lejos de quedarse en el terreno moral, afecta también al cosmos: Vuestras culpas han trastornado el orden, vuestros pecados os dejan sin lluvia. Esta vinculación entre la creación y la vida de los hombres nos recuerda el texto paulino de la carta a los romanos: Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Para que la situación moral tenga su eco en la creación debemos observar el estado de degradación de la sociedad de entonces: los profetas profetizan embustes, los sacerdotes dominan por la fuerza, y mi pueblo tan contento. Se trata, por tanto, de una situación de relativismo moral. Ante esta situación sólo queda suplicar, como lo hace el psallendum, y poner la esperanza en el Señor, en que Él suscitará hombres rectos, verdaderos profetas, que darán a cada cosa su nombre.
            El segundo bloque se centra en la fe. El Apóstol, en su segunda carta a los Corintios invita a someter a examen la propia fe. Habla de una presencia actual del Mesías en medio de su pueblo, la Iglesia. Y es que la fe es conocimiento verdadero de Dios, y en esa fe verdadera el Apóstol tiene autoridad para construir el Reino de Dios en la tierra. El cristiano tiene que actuar en consonancia con la verdad, no como el pervertido pueblo que encontramos en Jeremías. Porque sabemos que la verdad habita en la Iglesia, que Cristo está presente de múltiples maneras en su nuevo Pueblo de Dios, tenemos la certeza de seguir el camino correcto. Tenemos confianza en Cristo, que no abandona a su grey. Sin embargo, nos falta la fe que tenía el capitán del evangelio, que aun no formando parte del pueblo de Dios –ni del Antiguo ni todavía del Nuevo– pone su confianza en Jesucristo, que con su sola palabra puede hacer maravillas. Es esa palabra creadora que hizo el mundo la que puede cambiar nuestra realidad. Si la mentira profética de los tiempos de Jeremías había causado la esterilidad de la naturaleza, la palabra salvadora de Cristo puede llevarla a su plenitud, revirtiendo la muerte del siervo del capitán. No se trata de resurrección, pues el siervo volvería a morir. Pero es muestra del poder del Verbo sobre la muerte: no fue creada por Él –vino al mundo por envidia del diablo (cf. Sb 2, 24)–, pero sin embargo tiene poder sobre ella.
            El capitán no era judío, pero había ayudado a la construcción de una sinagoga. Se trata de un hombre que busca a Dios y que incluso buscándole colabora con su “causa”. La no conversión de este capitán al judaísmo se justifica precisamente en la fe que tiene en Jesús, pues no puede convertirse a un culto caduco cuando está presente el pontífice del nuevo culto. Por eso el laudes de hoy canta: ¡viva vuestro corazón, los que buscáis a Dios!

Adolfo Ivorra