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XIV Domingo Cotidiano.

Decimocuarto domingo de Cotidiano:

Profecía: Jer 3, 22-24
Psallendum: Sal 29, 12s
Apóstol: 2Cor 6, 11-7, 1
Evangelio: Lc 6, 37-48


 El evangelio de este Domingo ofrece un código de conducta a todo bautizado: no juzgar para no ser juzgado, perdonar para ser perdonado. La reciprocidad en las relaciones, dar con generosidad para obtener, ya sea del prójimo o sólo de Dios, la bondad. También es una invitación a la moderación, a no exigir a los demás lo que no somos capaces de lograr por nosotros mismos. Desde esta exigencia moral, el culto no puede ser sino continuación/inicio de esa conducta: porque lo que rebosa del corazón lo habla la boca. ¿Por qué me invocáis: Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? Para invocar al Señor, hay que invocarlo en justicia.
            La profecía de Jeremías expresa la condición del pueblo de las promesas como apostasía. La separación de Dios conduce a la infecundidad de las acciones terrenas. Vivir como si Dios no existiese es reducir nuestra vida en este mundo a la ignominia. Esta visión de la separación de Dios como apostasía encuentra su eco en el apóstol de este día: ¿Qué tiene que ver la rectitud con la maldad?, ¿puede unirse la luz con las tinieblas?, ¿pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo?... ¿son compatibles el templo de Dios y los ídolos? La vida del hombre en la tierra es siempre una toma de postura frente a Dios, porque no hay actitud ni acción humana que no esté relacionada con Dios. O se dirige a Él o se aparta. Por eso el Apóstol invita a la purificación. No sólo en lo referente al perdón de los pecados, sino también la “purificación” de las intenciones, de poner en Dios el fin de nuestras acciones. Cosas que hacemos y que en sí mismas pueden ser comprendidas como actos egoístas o actos de santidad. Todo depende de con qué intención hacemos las cosas. La actitud del cristiano que pone su confianza y su horizonte en Dios consiste en acoger a Dios como Padre y soberano de todo.
            Pero esta purificación no se limita a ser una rectificación de un mal camino, sino que es un intrumento eficaz para buscar nuestra propia santidad: limpiémonos toda suciedad de cuerpo o de espíritu, y sigamos completando nuestra consagración con el respeto que a Dios se debe. La via “purgante” y la via “unitiva”, que decían los manuales de espiritualidad de hace unas décadas, no son dos estamentos separados, pues no hay ningún bautizado que no esté necesitado de la penitencia, de la purificación interior. Sólo en la Gloria la santidad es plena, los errores borrados.

Adolfo Ivorra