XII Domingo Cotidiano.

Decimosegundo domingo de Cotidiano:

Profecía: Jer 8, 4-6. 11; 9, 2-5. 9s. 23s
Psallendum: Sal 27, 9
Apóstol: 1Cor 6, 12-20
Evangelio: Lc 5, 12-26

 Nuevamente, las lecturas parecen ir por un camino propio. En el evangelio continuamos con la misión “terapéutica” de Jesús, que con sus signos instaura el Reino de Dios entre los hombres. En el texto de Lucas de hoy se nos presentan dos curaciones, la de un leproso y la de un paralítico. Entre ambas, el evangelista nos muestra que el Señor oraba en solitario: él solía retirarse a despoblado para orar. El diálogo entre el Hijo y el Padre es modelo de todo orante. La intimidad entre Padre e Hijo es la intimidad que debe buscar aquel que se dirija al Padre o al Hijo. En efecto, en nuestro venerable rito encontramos oraciones dirigidas al Padre, cosa habitual en los ritos cristianos, pero también al Hijo, manifestando así la divinidad de la segunda persona de la Trinidad. En Pentecostés también encontraremos la oración dirigida al Espíritu Santo. La oración en la Trinidad santa es también uno de los modos de instaurar el Reino de Dios entre nosotros. Con esos espacios de oración, Jesús no cesa su misión. El texto evangélico, por tanto, no hace un alto en su narración, sino que muestra las distintas facetas de la misión.
También en el evangelio de hoy vemos la vinculación entre pecado y enfermedad corporal, no porque el enfermo se encuentre en esa situación simplemente por sus pecados personales, sino porque por el pecado entró la enfermedad y la muerte al mundo. Recordemos el capítulo 13 de este evangelio que, por desgracia, no se lee en el Liber commicus: aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que fueron más culpables que todos los hombres que vivían en Jerusalén? El poder de curar no es más que el de perdonar los pecados. Los letrados y fariseos lo saben. Aunque Jesús pueda curar, no con eso les demuestra su origen divino. Muchos otros hombres “de Dios” han hecho cosas semejantes. Es la autoridad divina de Jesús la que invita a creer en Él como Hijo de Dios.
Profecía y psallendum muestran de forma un poco pesimista la defenestración del Pueblo de Israel: ya no se puede confiar del prójimo ni del hermano. Esta penosa situación en el seno mismo del pueblo elegido es la que ha venido a redimir Cristo. Por eso el psallendum canta: Salva a tu pueblo. Sólo el conocimiento verdadero de Dios es motivo de gloria. Esto nos recuerda las enseñanzas de san Pablo sobre la verdadera sabiduría. Sin embargo, el apóstol del día no nos exhorta a buscar la verdadera sabiduría, sino a huir del pecado. Cristo nos ha redimido y ha hecho de nuestros cuerpos templo de su Espíritu. Sin embargo, el hombre puede rebelarse ante la redención obtenida. En este caso, lo que nos aparta de la salvación que suplicábamos en el psallendum es la fornicación. Esto forma parte de la más primigenia conducta cristiana: hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las necesarias: abstenerse de lo ofrecido a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la fornicación (Hch 15, 28s).
Adolfo Ivorra