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XI Domingo Cotidiano.

Decimoprimer domingo de Cotidiano:

Profecía: Jer 31, 31-34
Psallendum: Sal 26, 9s
Apóstol: 1Cor 3, 16-23
Evangelio: Lc 4, 31-5, 7

Primero de los «Domingos de Lucas», hoy la Liturgia de la palabra cambia de temática general, cosa que ya había ocurrido con la interpretación “litúrgica” del domingo pasado. En este, cada lectura parece ir por su propio camino. El binomio profecía-psallendum dan una nueva visión de la Ley: ya no se trata de un mandamiento “externo”, sino que desde ahora la Ley queda inscrita en lo interior de los miembros del Pueblo de Dios: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones. No se trata de la «ley en los corazones» de los paganos, de la que habla Pablo en Rm 2, 14s para referirse a la conciencia moral. Lo que aquí viene a decirse es que los mandatos del Señor no son una legislación a la que sólo se obedece pero que no tiene nada que ver con el hombre. No, se trata de que mostrar cómo la Ley está íntimamente unida a la naturaleza del hombre, de modo que transgredir la Ley afectaría no sólo al cumplimiento exterior, sino que también aflige al hombre en su mismo ser. La dimensión interior de la Ley hace que el reconocimiento del ser divino no sea concebido como una labor de adoctrinamiento. Para ello hace falta un corazón puro: Porque todos me conocerán…cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados. De ahí la súplica del psallendum: No me ocultes tu rostro.
            El evangelio sigue mostrando la instauración del Reino, esta vez de forma amplia: curaciones, exorcismos y llamada al seguimiento. Los demonios conocen la naturaleza divina de Cristo, por eso le temen. Con los exorcismos, el Señor demuestra su autoridad, a la vez que libera a los hombres oprimidos por el poder maligno. También cura a los enfermos, algunos de los cuales estaban también endemoniados, queriendo mostrar que la enfermedad y la esclavitud bajo del poder del mal son fruto de una misma cosa: el pecado del primer hombre, que trajo la debilidad y la fragilidad de todo tipo a sus descendientes. El evangelio resalta también el universalismo del Reino cuando Jesús dice que también a los otros pueblos tiene que anunciarles el reino de Dios. Toda esta exposición sobre el Reino en el texto de Lucas tiene un colofón importante: la llamada a la misión. En efecto, Pedro, Santiago y a Juan son llamados a ser pescadores de hombres, a anunciar las maravillas del Reino de Dios y a hacerlo presente en medio del mundo.
            La exhortación del apóstol se encamina a demostrarnos que somos propiedad de Dios, que nuestro cuerpo es como un templo de oración. Somos tempos de Dios y el Espíritu Santo habita en nosotros, lo mismo que ese mismo Espíritu habita en las celebraciones de la Iglesia. Entre otras recomendaciones, san Pablo vuelve a hablarnos de la verdadera sabiduría, no la del mundo, que es necedad ante Dios.

Adolfo Ivorra