miércoles 27 de julio de 2011

"Multiliturgismo" y pax litúrgica.

Si consultamos el significado de "multiculturalismo" en internet, en la web Wikipedia en español encontraremos una foto propiamente religiosa que transmite bien lo que quiero decir en este post:

Catedral Ortodoxa en São Paulo

 En las ciudades españolas es difícil encontrar -o por lo menos hacerlo con facilidad- este tipo de convivencia cultural y religiosa. Continuando con el texto de la Wikipedia, la definición de multiculturalismo que nos muestra el esta: En su sentido meramente descriptivo, puede simplemente designar la coexistencia de diferentes culturas en el seno de una misma entidad política territorial. Desde aquí se vuelve fácil definir nuestro neologismo: el "multiliturgismo" puede designar la coexistencia de diferentes liturgias en el seno de una misma entidad territorial. No incluimos lo de "política" ni la intercambiamos por "eclesial" porque suelen existir distintos tipos de autoridades eclesiásticas en las primeras manifestaciones de "multiliturgismo".

La inculturación ha muerto... larga vida al multiculturalismo

Desde los años 70's hasta finales del s. XX, la inculturación fue un punto indiscutible y de necesaria reflexión en las diferentes disciplinas teológicas. Pero el mismo concepto de inculturación era inmaduro e idealista: concebía la "cultura" como un elemento estático con el que necesariamente debía confrontarse la fe cristiana. Dentro del ámbito de la inculturación, la inculturación litúrgica tuvo un papel muy importante. Pero con el paso del tiempo se ha podido ver mejor a qué respondía esta inculturación.


En nuestro libro "Compendio de Liturgia Fundamental" (p. 166-173) proponíamos un concepto reservado y a la vez dinámico de inculturación, siempre visto con más cercanía al concepto de "adaptación". Los expertos en inculturación siempre han dicho que "adaptar" era una forma imperfecta de "inculturar". En el apartado de ese libro era recomendable situarse desde esa perspectiva, pues el título lo exigía: "Inculturación vs. alteración de la lex orandi". Una recensión a nuestro libro reconocía la originalidad de este planteamiento en lo que a la alteración se refiere. Aunque fue escrito más o menos desde 2003 hasta su publicación en 2007, me centré en un término muy en boga: "globalización". Con la perspectiva que dan los años, creo que "multiculturalismo" exprime mejor la idea que pretendía expresar. Me parece conveniente incluir unos párrafos del libro para resumir mejor lo que quiero expresar:

Finalmente, debemos preguntarnos si, en este mundo globalizado donde las culturas sucumben y/o tornan hacia una cultura única, hace falta inculturar o no. Aunque el hecho de la globalización suscita en algunos sectores arduas críticas por la posible disolución de culturas –total o parcialmente–, es un hecho innegable e incluso imparable. El uso de aspectos areligiosos como la técnica hacen que la globalización sea más superficial pero a la vez más rápida, pues no interfiere con la conciencia de cada cual. El hecho de que las ciencias empíricas, nacidas en occidente, tengan un valor universal, nos hace ver que lo que es bueno aquí también puede ser bueno allá. Lo mismo se puede decir de ciencias no empíricas como la filosofía y la teología, que, nacidas en un ámbito concreto –Grecia y Jerusalén– han trascendido al mundo, sin perder un ápice de verdad, aunque sus términos se achaquen a una cultura determinada. En ese sentido, la globalización no es un proceso anti-tolerante o relativista, sino que tiene la pretensión de llevar la verdad de las cosas o, si se prefiere, lo más fiable a los hombres. Se hablaría del triunfo de Occidente. Sin embargo, sus pilares –como en el caso de la filosofía y la teología antigua– los vemos en Oriente. No obstante, el resultado no es un producto totalizador y totalizante. Aunque podemos ver en la globalización un evolucionismo a escala cultural, está claro que ciertos aspectos –y quizás muchos– de una cultura sobrevivirán e incluso se impondrán a otras o incluso a todas. En este sentido no hay que ser catastróficos o apocalípticos sino integrados (Umberto Eco). Sin ánimo anti-ecologista, muchas especies antes de que existiéramos han desaparecido, y muchas desaparecen y seguimos aquí. Muchos oficios del mundo antiguo, medieval e incluso contemporáneo han desaparecido, y eso no ha significado un atraso sino un adelanto respecto a la calidad de vida de épocas anteriores.
En el plano litúrgico, es obvio que la inculturación no desaparecerá, pero es también obvio que, con el avance de la globalización, tendremos menos que adaptar, o por lo menos, adaptaremos en una misma línea. Eso no quiere decir que el cristianismo del futuro será romano o bizantino; será igual que ahora. El problema no será adaptar la liturgia sino traducir/explicar la liturgia al hombre, que se ha hecho extraño a su lenguaje, y a todo lenguaje simbólico.

El fenómeno de las migraciones entre cristianos ha puesto en evidencia el valor relativo de la inculturación. Por citar un precedente, cuando el rito romano se hacía presente en punto geográficos tradicionalmente bizantinos, el mismo rito romano sufría una "inculturación", volviéndose majestuoso, grandemente vinculado al canto, con preciosas vestiduras y una abundante iconografía. Pero esto no es inculturación. Se trata de la influencia de una liturgia en otra. Y de esto, la historia de la liturgia está llena. Pero a lo que me refiero aquí es a  la convivencia de dos o más formas rituales (liturgias) en un mismo territorio, específicamente en Occidente, donde el fenómeno migratorio entre cristianos orientales y occidentales es constante. Aunque el clero oriental se "occidentalice" u el occidental se "orientalice", el Ordo Missae -por llamarlo de una forma universal- es siempre el mismo. Ahora bien, si en una misma calle de una ciudad nos encontramos con una parroquia católica bizantina, una romana y otra maronita, nos daremos cuenta mejor de lo que es el "multiliturgismo". Es una experiencia indudablemente enriquecedora. En Europa occidental es infrecuente. En Norteamérica -o en Sao Paulo, como lo muestra la foto de la Wikipedia- encontramos hasta un "multicultismo" al haber diferentes confesiones cristianas.
El bautizado que, cual peregrina Egeria, decide visitar todos esos lugares de culto, si tiene una buena formación -o lo que es lo mismo, si no cae en un relativismo litúrgico-, debe reconocer, como lo exige SC 4, la riqueza de las formas cultuales de la Iglesia católica. Incluso, según sea el caso, de otras formas cultuales no católicas.
El problema de la "inculturación" no sólo reside en su necesario carácter caduco en un mundo cada vez más multicultural, sino en que, en el fondo, es la expresión de un sentimiento de culpa del catolicismo de mediados del s. XX. Los ritos chinos, la transformación cultural de Iberoamérica y de las demás colonias europeas y el re-descubrimiento de la pluralidad cultural en las décadas previas al concilio Vaticano II hizo que los hombres de Iglesia sintieran que habían destruido culturas de gran valor. Al margen de la evidente cuestión del necesario diferente valor de las culturas (las culturas son diferentes y, aunque cueste aceptarlo, algunas son necesariamente mejores o peores que otras), se idealizó la cuestión de la diversidad cultural desde el concepto estático de cultura.


Pax litúrgica

En un mundo con tantos cristianos y específicamente católicos de diferentes ritos, sobre todo si no se comprende el texto de SC 4, se pueden dar desencuentros y críticas. Las ha habido y las habrá. Pero no se trata de "optar" por unas u otras como quien se hace cristiano o budista. Son expresiones del culto al Dios Uno y Trino, fundamento de la fe católica divinamente revelada. Hace falta, quedarse con lo bueno de cada liturgia pero no para hacer una "superlitúrgia" -esa es la tentación y pretensión de un conocido movimiento cristiano español- que haría caducas a las demás formas rituales, sino valorar aquellos aspectos importantes de cada liturgia cristiana sin renunciar a la propia identidad. La pertenencia a un rito específico es una cuestión canónica. De hecho, hay todo un proceso para pasar a ser fiel de un rito a otro, cosa que sólo se palpa en los clérigos que cambian de rito o en aquellos fieles que contraen nupcias en otro rito o bautizan a sus hijos en una liturgia distinta a la suya.
Pero el problema de los ritos vecinos se acrecienta en el caso de las versiones de un mismo rito. En más de una oportunidad he expresado mis reservas a hablar de "modo" o "forma" "ordinaria" u "extraordinaria". Creo que se trata simplemente de una versión de Ordo Missae más antigua y otra más moderna. Lo demás es simplemente una forma de dar cobertura canónica y una especie de estructuración. Como todo en el derecho canónico, se trata de salvaguardar la libertad de los fieles y defender sus derechos. Sin embargo, históricamente, nunca ha habido "modo" u "formas" de ritos.
Ahora, sobre todo en las ciudades industrializadas, las culturas y las liturgias conviven con poco roce y con poca influencia mutua. Se hace necesario, en orden a una paz litúrgica, que se acepten las diferencias. Habrá ritos y formas litúrgicas que mejor se adecúen a los fieles de una región. De esta manera, se tendrá la impresión que unas liturgias son mejores que otras. Pero lo que importa en el momento presente es reconocer la igual dignidad de los ritos y aprovechar su disparidad exterior para poder apreciar sus diferencias.
Esta aceptación de la disparidad ayuda de forma dinámica a una mejor valoración de la propia identidad ritual, e incluso, de acentuar nuestras propias diferencias precisamente por esta misma razón.

Haya paz, hermanos...

Lo que no puede pasar es lo que estamos viviendo en el seno del rito romano. La batalla ideológica es demasiado parecida a la que había antes del concilio Vaticano II con respecto a las diferencias entre el rito romano y los ritos orientales. Paradójicamente, esos ritos orientales tan criticados por el "romanismo" del s. XIX y de principios del XX, parecen ahora los mejores aliados para justificar el derecho a la existencia de una versión del Ordo Missae que ni es la mejor ni la peor. De hecho, la incertidumbre no se ha hecho esperar. ¿Por qué 1962 y no otro anterior? ¿Por qué el salterio reformado de san Pío X? ¿Por qué la semana santa de Pío XII?

Breviario... ¿pero cuál?

Los que celebramos con el misal de 1975-2002, más bien no miramos hacia el de 1970 sino que esperamos -y desesperamos- por otra versión del Ordo Missae mejor perfilada, que saque, como decía el evangelio de este domingo, del arca lo antiguo y lo nuevo. Por otro lado, se nos escapa que los misales anteriores al de 1970 son expresión de una cultura, lo mismo que el de 1970 y posteriores. La propuesta vinculante de Benedicto XVI por asumir el texto del Ordo Missae de 1962 -y no el de 1965, por ejemplo- nos previene de un relativismo litúrgico. Porque la incertidumbre el "modo ordinario" está en el cumplimiento o no de las rúbricas, mientras que en el "modo extraordinario" está en qué versión del misal utilizar. Ante esta fragmentación litúrgica, el "multiliturgismo", como el "multiculturalismo", sufre un sin fin de críticas basadas, precisamente, en esta incertidumbre. De hecho, la supuesta cuestión "litúrgica" se está desviando por estas razones al campo eclesiológico (si es que nunca se ha ido de allí). Por tanto, se hace necesario una pax litúrgica. Valoremos las virtudes y limitaciones de cada una de las versiones del misal romano y de los ritos orientales. Alimentémonos de la lex orandi en orden a edificar mejor nuestra lex credendi.
En general, en este Blog hemos adoptado una visión irénica de los diferentes ritos cristianos -incluso no católicos- y hemos realizados críticas sin mirar si se trata de esta u otra versión de este u otro misal. Aunque descendamos a los "infiernos" de la pastoral litúrgica -en sentido peyorativo-, nuestro punto de partida suele ser el científico, que siempre es agradablemente frío e insensible a gustos y afectos. Y creo que es necesaria esta actitud, ahora y siempre.

Adolfo Ivorra