sábado, 16 de julio de 2011

La necesidad del coro.

Hoy tenía previsto colgar un "post" o entrada sobre la relación entre Biblia y liturgia, pero me he percatado de que en el último número de la revista Phase hay una serie de artículos sobre ese tema, por lo que dejaré que pase el tiempo, no vayan los autores a pensar que escribía en contra de ellos... (el post era un poco incendiario).
Otra entrada prevista refleja algo que he podido constatar ahora que estamos de fiestas patronales en los pueblos, etc., y es la necesidad del coro. Pero no sólo en las fiestas, también los domingos (por lo menos).
Pudiera parecer que les tengo manía, sobre todo por los últimos post que he escrito, especialmente el último: "Al coro no le interesa tu opinión". Y es que cuando se "descristianizan" son muy peligrosos. También cuando olvidan el sentido de cada canto. Hace poco, nuevamente, la "chantre" ha cantado un canto mariano al comienzo de una misa martirial. Por lo menos las santas eran vírgenes... Es que siempre me preocupan los cantos del ordinario, especialmente el Padrenuestro. Pero al menor descuido te meten un gol por toda la escuadra.
El canto del que preside es fundamental. En una comunidad donde esto no pasa, hay "silencios" o "alguno/a" que se esfuerza sobremanera por contestar cantando. Pienso en algo que me ha pasado recientemente al cantar "Este el sacramento de nuestra fe". Para evitar un "desastre musical" tuve que "reforzar" por lo bajo a esas dos o tres personas que eran las únicas que sabían cantar la respuesta en una iglesia abarrotada. Cosa que no debo hacer, como dicen las rúbricas. Pero, reconozcámoslo, eso sería más fácil con un coro estable. Mi mirada se dirige ahora a las Divinas Liturgias bizantinas. Sus participantes conocen bien los cantos. De hecho, la cultura de los participantes de esas celebraciones han sido influidas grandemente por los cantos litúrgicos. Sin embargo, con esa mayoritaria participación, hay siempre cantores. Del mismo que es impensable celebrar sin ministros -cosa que se ha instalado de forma sorprendente en Occidente, incluso los domingos-, es también impensable en Oriente celebrar sin coro.
Hay una razón poderosa en esta actitud: como aludí al hablar de la relación entre canto y voz en la liturgia hispana, hay momentos en la Divina Liturgia en los que se intercambian cantos y oraciones rezadas, secretas, etc. En el rito romano también esto es así. Si decimos que, a diferencia de los misales anteriores al de 1970 es la comunidad congregada y no el sacerdote dispuesto el inicio propio de la celebración, ¿por qué tiene que acompañar su procesión al altar el mismo sacerdote cantando a veces solo?
Algunos fieles se quejan de que los curas no cantan. No se refieren a que no canten partes del Ordinario de la misa -que también-, sino especialmente a esos cantos que acompañan gestos. Y precisamente esa es la razón por la que no debe ser el sacerdote el que cante ni inicie el canto, sino la comunidad y para eso el coro es importante. Hay sacerdotes -sí, todavía los hay y son jóvenes de paso- para los que la presentación de los dones y la comunión consiste en cantar. Lo demás parece meramente funcional: una "elevación" durante el canto de la patena y del cáliz -hasta lo hacen a la vez los muy insensatos- y "repatir" formas de forma mecánica. Pero resulta que eso no es lo que nos propone el misal romano. Vamos a transcribir una parte:

21. El sacerdote se acerca al altar, toma la patena con el pan y, manteniéndola
un poco elevada sobre el altar, dice en secreto:

Bendito seas, Señor, Dios del universo,
por este pan,
fruto de la tierra y del trabajo del hombre,
que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos;
él será para nosotros pan de vida.

Después deja la patena con el pan sobre el corporal.
Si no se canta durante la presentación de las ofrendas, el sacerdote puede
decir en voz alta estas palabras; al final el pueblo puede aclamar:

Bendito seas por siempre, Señor.

22. El diácono, o el sacerdote, echa vino y un poco de agua en el cáliz,
diciendo en secreto:

El agua unida al vino
sea signo de nuestra participación en la vida divina
de quien ha querido compartir nuestra condición humana.

23. Después el sacerdote toma el cáliz y, manteniéndolo un poco elevado
sobre el altar, dice en secreto:

Bendito seas, Señor, Dios del universo,
por este vino,
fruto de la vid y del trabajo del hombre,
que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos;
él será para nosotros bebida de salvación.
Después deja el cáliz sobre el corporal.

Si no se canta durante la presentación de las ofrendas, el sacerdote puede
decir en voz alta estas palabras; al final el pueblo puede aclamar:

Bendito seas por siempre, Señor.

A continuación el sacerdote, inclinado, dice en secreto:

Acepta, Señor, nuestro corazón contrito
y nuestro espíritu humilde;
que éste sea hoy nuestro sacrificio
y que sea agradable en tu presencia,
Señor Dios nuestro.

24. Y, si se juzga oportuno, inciensa las ofrendas y el altar. A continuación
el diácono o un ministro inciensa al sacerdote y al pueblo.
25. Luego el sacerdote, de pie a un lado del altar, se lava las manos, diciendo
en secreto:

Lava del todo mi delito, Señor,
limpia mi pecado.

Para estos ingenuos sacerdotes, todo esto se reduce a un "te presentamos el vino y el pan" o un canto parecido. Si no se dicen en voz alta, estas "bendiciones" a Dios por el pan y el vino tienen que decirse vocalmente por el sacerdote, lo mismo que la oración "apologética" inclinado y la previa al obligatorio lavabo.
En el caso de la comunión, hay un necesario e importante diálogo entre sacerdote y fiel: "Cuerpo de Cristo" - "Amén". Con ese "Amén", el fiel reafirma individualmente su fe en la presencia eucarística y en la celebración, hecha de forma comunitaria con el "Amén" después de la doxología "Por Cristo, con Él...".
Todo esto se realiza sin problemas con la "ayuda" de un coro que no es aquí otra cosa que ser un grupo que ejemplifica de forma ordenada las actitudes fundamentales de la asamblea. Porque si no, puede pasar como me pasó a mí con ese canto/respuesta cantada que se supone que se debía conocer y al final si no "intervengo" no se realiza. El sacerdote no es el hombre orquesta que resume en sí todos los ministerios. La gente a veces no comprende cuando muestro descontento por tener que ser yo el que lea las lecturas. Se olvidan que estoy asumiendo tres ministerios que no son míos: el de lector, el de acólito y el de cantor. Según algunos podemos sumar uno más: el salmista, simplificado y unificado en Oriente como el cantor-lector.
Por otro lado, el coro ayuda -o debe ayudar- al resto de la asamblea a cantar con más facilidad. Aquí traigo una observación que me ha hecho un experto en la materia cuando le dije que iba a escribir esta entrada: la manía absurda de cantar a gritos de los curas desde el micrófono. Este conocedor del canto litúrgico me decía: "Tengo para mi el concepto de contaminación acústica litúrgica: o sea, cuando la voz del cura se impone a las demás por culpa de los micrófonos". De ahí la complejidad y la urgencia de recuperar los llamados "tonos de voz" del celebrante: alto, medio, bajo y secreto. Un complemento a esto estaría en apagar el micrófono en algunos momentos. Parte de la culpa de que se espere que el sacerdote sea el "hombre orquesta" está en que algunos instintivamente asumen roles del pueblo. Seguramente lo hacen a modo de "refuerzo", pero en el fondo acostumbran a una actitud pasiva. La participación activa en su manifestación externa la encontramos principalmente en esa "soltura" de la asamblea en cantar y continuar con el canto iniciado del sacerdote, por ejemplo.
Una de las críticas de las historias de la liturgia de principios del s. XX -siempre llenas de tópicos pero no pocas veces certeras- es que los coros convertían a los fieles en mudos, al no poder éstos lograr acompañar las interpretaciones de los primeros. Una de las razones de la vuelta al gregoriano era mover a una participación de toda la asamblea, no sólo del coro. Pero el coro, así como se puede convertir en "cuerpo de élite" de los indiferentes, también puede ser cuerpo de élite de la renovación litúrgica y de la participación activa. Por si fuera poco, pueden convertirse en los catalizadores de una influencia entre canto litúrgico y cultura secular, al modo del rito bizantino hasta hace poco.

Adolfo Ivorra

1 comentarios:

  1. Comparto 100% lo que usted dice, Reverendísimo Padre. Es más, me atrevería a decir que en muchas partes se tiene un miedo al silencio, introduciendo cantos y elementos extralitúrgicos que son abiertamente desagradables y no ayudan en nada a la elevación del Alma hacia el misterio que se celebra.
    Saludos!

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