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La interacción entre voz y canto en la misa hispano-mozárabe.

 En el occidente romano no tardó en manifestarse una manera de comprender la celebración eucarística distinta de Oriente. Si bien en éste se trataba principalmente de una sináxis dominical, la liturgia se identificaba grandemente con el canto. En Occidente, donde el rito romano pasó a ser en la práctica el único, se introdujo del concepto y el modo de la llamada «misa rezada», donde el canto se excluía por concebirse como elemento solemnizador ajeno al rito. Con la renovación litúrgica y musical iniciada con san Pío X, el canto se comprende como lo que siempre fue, un elemento propio del rito, no un elemento extraño. Sin embargo, y a pesar de que la normativa litúrgica romana actual da libertad para cantar según se quiera, sigue en nosotros el concepto de la misa rezada.
            Por medio del canto, el pueblo comprende con facilidad que no debe decir amén después del Padrenuestro, que sí lo debe decir y con fuerza después de la doxología, etc. También el contenido (texto) de unas aclamaciones. Pero el canto pone también de manifiesto lo que se ha venido a llamar los «distintos grados de voz». En el misal romano de 1962 estos grados o tipos de voz forman parte indisoluble del rito mismo, y también existen aunque con menor diversificación en el misal actual. Sin embargo, si queremos cantar toda la misa en rito romano, hay partes que no han sido concebidas para ser cantadas. Esto nos indica ya que hay partes que no son simplemente iguales a las demás, y ha hecho que algunos vuelvan sobre los diversos tonos de voz del celebrante y sobre si un texto es mejor cantarlo o no[1].
            Por otro lado, la interacción entre voz y canto nos lleva a adentrarnos en la importancia y caracterización de las oraciones privadas del celebrante principal, llamadas apologías porque expresaban su indignidad personal, pero que a veces también se refieren a toda la asamblea. En el actual Ordo Missae del Missale Hispano-Mozarabicum estas oraciones siguen las reglas fundamentales de este tipo de oraciones, pero en algunos casos nos ofrecen dificultades o nuevos contextos. Al hilo del Ordo Missae hispano volvemos sobre estas oraciones privadas y su interacción con el canto, esclareciendo cómo deben ser recitadas y la importancia del canto sobre las mismas. Además, con esto volvemos la atención sobre el Ordo Missae hispano, o lo que es lo mismo, sobre cómo se debe celebrar la misa en rito hispano[2], cuestión siempre actual y que en un Ordo Missae tan parco en rúbricas como el hispano siempre es necesario aclarar.

Ritos iniciales

            Al dirigirse al altar el sacerdote y los ministros, se entona el canto del praelegendum. Su nombre se refiere propiamente a su función de ser un canto antes de las lecturas y, como tal, debería durar hasta el saludo inicial o, en el caso de las misas feriales y los domingos de cuaresma –excepto el primero–, hasta el Gloria in excelsis Deo. Sin embargo, el canto del praelegendum se omite también cuando no se canta el Gloria in excelsis Deo. En cualquier caso, las rúbricas del misal indican que el sacerdote, «inclinado ante el altar, ora en silencio» (n. 2). Dentro de lo potestativo, puede decir en secreto la oración propuesta en el Ordo missae u otra apropiada[3]. Nos encontramos, por tanto, ante la primera oración que se recita –los domingos no cuaresmales ni las ferias– conjuntamente con un canto. En este caso, las rúbricas no dejan lugar a dudas, la oración se dice en secreto.
Es importante comprender, en continuidad con la tradición litúrgica, la expresión «decir en secreto». No se trata de «pensar» la oración, sino de «decir», esto es, proferir de forma sonora la oración[4]. Sin embargo, cuando se indica que deber ser dicha en secreto, se quiere decir, como siempre han interpretado los rubricistas romanos[5], que esta oración sólo la escucha quien la profiere. De ahí su nombre «oración secreta».

Preparación de las ofrendas

            Mientras que el canto laudes no acompaña ninguna acción, sino que prolongan el gozo de la escucha del evangelio y cierra la Liturgia de la palabra, en cambio, el canto del sacrificium acompaña una acción ritual: la procesión de las ofrendas por los fieles hasta el altar. También acompaña los gestos propios de esta preparación, como son la disposición de los dones sobre el altar, la mezcla del agua y vino, etc. El sacerdote, al final de la incensación se lava las manos en silencio. Cuando encontramos este tipo de indicaciones en el rito romano, se debe a una reforma: la supresión de una oración que acompañaba al gesto ritual[6]. Pero antes de la incensación puede decirse una oración, que se dice en secreto[7].

Rito de la paz

            Aquí encontramos diferencias con el rito romano. En rigor, éste no tiene un canto de paz, cosa que en el hispano sí. Sin embargo, el rito romano sí contempla un diálogo entre el que da la paz y el que la recibe[8], cosa que en el rito hispano, a pesar de su canto de paz, no contempla.

Rito de la comunión

            En el Rito de la comunión encontramos, como en las demás tradiciones litúrgicas, un canto que acompaña a la fracción del pan. Es el canto ad confractionem, que acompaña la fracción del pan en forma de cruz sobre la patena. ¿Cómo se realiza este gesto? La rúbrica in situ se limita a decir: «Durante el canto, el sacerdote parte el pan consagrado y, mientras coloca las partículas en forma de cruz sobre la patena, va evocando los misterios de Cristo que se celebran en el año litúrgico». Nos encontramos, por tanto, con algo que no se dice «en secreto» y que acompaña un canto. En algunas celebraciones extraordinarias, presbíteros concelebrantes preguntan si no debe hacerse en secreto cuando escuchan los nombres evocados en voz alta –audición que a veces rivaliza con el canto ad confractionem–. Y esto lo hacen porque están pensando en la oración secreta del misal romano en el momento de la fracción del pan. Y aquí nos encontramos otro problema en el rito hispano: «Deposita sobre el altar la patena y el cáliz y, tomando la partícula —Regnum— la deja caer en el cáliz, diciendo en voz baja...» (n. 41)[9]. Además de esto, encontramos la oración antes de la comunión del sacerdote, dicha en secreto[10]. Para completar el Rito de la comunión, no debemos olvidar lo que dice el sacerdote a los que van a comulgar, que en el misal se indica de esta forma: «El sacerdote distribuye a los fieles el sacramento del Cuerpo del Señor, diciendo a cada uno [...] El diácono da a beber del cáliz diciendo». Nos encontramos así con cuatro indicaciones distintas:

-          Evocación, durante la fracción del pan.
-     Decir –en voz baja, en la traducción española–, durante la inmixtión.
-          Decir en secreto, durante la comunión del sacerdote.
-          Decir al comulgante, durante la comunión.

La tradición litúrgica, común a los ritos orientales y occidentales, nos muestra que las palabras dichas al comulgante no son como las que dice en voz alta el sacerdote en el santuario/presbiterio. Tampoco son «secretas», pues no las oiría el comulgante. Se trataría de una voz baja, que oyen sólo el que da la comunión y el que la recibe, aunque pudiera oírla alguien más si el rito se hiciera sin canto[11]. La razón de que sea una voz baja se debe a que no pretende superponerse al canto que se está realizando, que en el caso del rito hispano es el cantus ad accedentes.
Sin embargo, en lo que se refiere a la inmixtión, encontramos una diferencia entre el ordo missae latino del misal hispano, y la traducción española:

41. Particulam panis consecrati —Regnum— immittit in calicem, dicens:

41. Deposita sobre el altar la patena y el cáliz y, tomando la partícula —Regnum— la deja caer en el cáliz, diciendo en voz baja:

            En esta traducción se encontraron con que este tipo de oraciones se suelen decir en secreto, como lo es, por ejemplo, en el rito romano. Sin embargo, quizás para que no hubiera un cambio palpable con respecto a la edición latina, se introdujo una forma que hasta ahora no había aparecido de forma explícita en el misal: «en voz baja». Hay que decir, sin embargo, que en este momento no se realiza ningún canto: después del Sancta sanctis, el misal no contempla una respuesta o un canto como en otras tradiciones. Este tercer género creemos que es el adecuado para la fracción –durante el canto ad confractionem–, pues si no se hiciera así, se daría una oposición entre las palabras presidenciales y el canto. Decir las evocaciones de la fracción en voz baja nos lleva también a las tradiciones litúrgicas orientales, que mientras en algunas ocasiones el coro canta, el que preside dice unas oraciones en voz baja, incluso en voz «media»[12], audibles para quien se encuentre dentro del iconostasio e, incluso, para quien preste un poco de atención[13]. De hecho, este tipo de interacción entre voz y canto es típica de las liturgias orientales, y no sería absurdo plantearse si en el mismo rito hispano se hubiera dado en el pasado. Cualquiera que haya participado en una liturgia bizantina, por ejemplo, se habrá dado cuenta de la fuerza del canto en estos momentos. Por otro lado, esta diversidad de tonos –canto y oración en voz baja/media– expresa la variedad de sentidos que tiene la liturgia que, al igual que la Sagrada Escritura, no limita su interpretación: el canto que acompaña a un rito da el sentido general del mismo –normalmente se trata de un texto bíblico cantado–, mientras que la oración en voz baja, media o simplemente secreta, quiere expresar el contenido mistérico de ese rito. Así, el binomio sacramentum-mysterium se reviste de una importante expresión litúrgica.


[1] Me refiero a buena parte de la intervención de P. Farnés, La Teología de las Rúbricas per ritus et preces, en AA.VV., Ars celebrandi. El arte de celebrar el misterio de Cristo, Madrid, 2008, 48-72. Sobre la influencia del canto en la interacción lex orandi-lex credendi y los criterios que de ella se desprenden: cf. A. Ivorra, Compendio de liturgia fundamental. Lex credendi-lex orandi, Valencia, 2007, 349-354.
[2] Cf. J.-M. Ferrer, ¿Cómo celebrar la misa en rito Hispano-Mozárabe?, en Pastoral Litúrgica 207-208 (1992) 50-64. También en: J.-M. Ferrer, Curso de liturgia hispano-mozárabe, Toledo, 1995, 199-209.
[3] «Me acerco a tu altar, Dios omnipotente y eterno, para ofrecer este sacrificio a tu majestad, suplicando tu misericordia por mi salvación y la de todo el pueblo. Dígnate aceptarlo benignamente pues eres bueno y piadoso. Concédeme penetrar el abismo de tu bondad y presentar mi oración con tal fervor por tu pueblo santo, que se vea colmado de tus dones. Dame, Señor, una verdadera contrición y lágrimas que consigan lavar mis propias culpas y alcanzar tu gracia y tu misericordia».
[4] Después del auge de la devotio moderna y su énfasis en la oración mental –cuya influencia dura hasta nuestros días–, podemos caer en este error. La oración litúrgica es, por su misma esencia, oral. Los momentos de silencio en la liturgia romana actual se configuran como espacios de oración mental, pero hay que decir que eran en realidad momentos de oración «secreta» de los fieles que pasaron a ser momentos de silencio sin más. Las asambleas litúrgicas antiguas, como se deduce por ejemplo de las moniciones diaconales orientales, no eran silenciosas en el sentido moderno de la palabra. Se parecían, salvando las distancias, al culto pentecostal de algunos grupos protestantes, con la diferencia que en él los fieles no oran en secreto sino a viva voz, todos juntos, en determinados momentos: cf. T. Work, Pentecostal and Charismatic Worship, en G. Wainwright – K. B. Westerfield Tucker, The Oxford History of Christian Worship, Oxford, 2006, 577s.
[5] «Lo que se dice en secreto sólo lo oye el Celebrante, no los asistentes. Para ello no basta la pronunciación puramente mental, sino que se requiere la sensible, articulada con la intervención de los órganos de la voz»: G. Martínez de Antoñana, Manual de liturgia sagrada, Madrid, 71947, 449 (n. 395).
[6] En este caso, la oración suprimida en el Missale Mixtum (y en el Gothicum) es: Lavabo inter innocentes manus meas: circumdabo altare tuum Domine: ut audiam vocem laudis tue: et enarrem universa mirabilia tua. Ne perdas cum impiis Deus animam meam: et cum viris sanguinum vitam meam.
[7] «Mira con rostro complacido, Dios omnipotente y eterno, esta oblación de pan y vino que nosotros, indignos siervos tuyos, colocamos sobre tu altar; y recibe nuestra propia vida como sacrificio agradable a ti para que, renovados por tu gracia, te glorifiquemos con nuestras alabanzas».
[8] Cf. OGMR 154. El cambio de normativa romana se debe a que en la anterior OGMR se concibe como gesto de los ministros y el celebrante principal. De ahí el et cum spiritu tuo. Cf. Juan Crisóstomo, Homilía a 2Tim 10, 3 (PG 62, 659ss).
[9] «Y la conjunción del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo sea causa de perdón para nosotros, que la tomamos y bebemos, y de eterno descanso para los fieles difuntos».
[10] «La comunión de este sacramento, Señor, limpie las manchas de mis pecados y me haga digno de cumplir el ministerio
que tengo encomendado; encuentre en él, ayudado por ti, apoyo a mi debilidad, santidad de vida y gozo perpetuo en la compañía de tus Santos». Por otro lado, no se dice explícitamente la fórmula para dar la comunión al diácono o si existe. Además, no está prevista una respuesta del pueblo comulgante, como el amén romano.
[11] Es lo que los rubricistas romanos llamaban «voz media», que puede ser oída por el ministro y de los asistentes más cercanos al altar.
[12] Como venimos diciendo, en los rubricistas romanos la voz baja y la media son en el fondo la misma. No confundir «voz media» con su acepción teológico-lingüística: cf. C. Pickstock, Más allá de la escritura. La consumación litúrgica de la filosofía, Barcelona, 2005, 152 (nota 8).
[13] Otra nota interesante de esta liturgia es que en ocasiones las oraciones comienzan siendo dichas en secreto, para luego ser cantadas al final. De este modo, la oración privada del sacerdote se vuelve oración de toda la comunidad.


Fuente:

A. Ivorra, La interacción entre voz y canto en la misa hispano-mozárabe, en Liturgia y espiritualidad 42 (2011) 173-179.