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Domingo en la Octava de Pascua (hispano-mozárabe).


Domingo en la Octava de Pascua, Año I:

Profecía: Ap 5, 1-13.
Psallendum: Sal 8, 2s.
Apóstol: Hch 13, 26-39.
Evangelio: Jn 20, 19-31.

            Como en otros días, el apóstol de hoy pone en boca de Pablo que Jesucristo es la plenitud de la Revelación acontecida en el Antiguo Testamento. La salvación de Cristo es enviada no sólo a los judíos sino también al resto de los hombres: descendientes de Abrahán y todos los que teméis a Dios; a vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación. Este mensaje ya lo hemos escuchado también esta semana de la boca de Pedro. Aquí las perícopas seleccionadas se centran en el misterio pascual como objeto fundamental de la  Revelación. Como Pedro, Pablo también interpreta la Escritura, descubriendo cómo profetizaba de forma velada la resurrección del Señor: Así está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy. Y que lo resucitó de la muerte para nunca volver a la corrupción, lo tiene expresado así: Os cumpliré la promesa que aseguré a David, por eso dice en otro lugar: No dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Pero David, cumplida la misión que Dios le dio para su época, murió, se lo llevaron con sus padres y se corrompió. En cambio, aquel a quien Dios resucitó, no se corrompió.
            El evangelio de hoy es el mismo para el Año I y II. Si en el domingo de Pascua nos encontrábamos con el sepulcro vacío, ahora se nos presenta la primera aparición de Jesús a sus discípulos. El canto de laudes, que está tomado del evangelio de Lucas, sintetiza a modo de “título” –como lo hace este recurso en el Leccionario romano– el evangelio de Juan que se ha proclamado. Dos aspectos son fundamentales de este evangelio. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Este envío de los apóstoles se nos hace también hoy a nosotros, que finalizada la Octava debemos ir y dar testimonio de Cristo resucitado a todas las naciones. El otro aspecto es la conocida incredulidad de Tomás. Frente a la incredulidad, son irresistibles las palabras de Jesús: Dichosos los que crean sin haber visto. Salvo raras excepciones en la historia de la Iglesia, estamos llamados a creer en Cristo sin verle. Este mensaje fue de especial importancia para la segunda generación cristiana postapostólica.
            La profecía nos dispone con un tono doxológico a recibir también nosotros a Cristo resucitado, que se nos presenta como un Cordero en pie, como el león de la tribu de Judá. Este sintagma aplicado a Cristo nos es familiar en nuestro rito. En el tiempo pascual el canto para la fracción del pan es precisamente este:

Venció el león de la tribu de Judá,
la raíz de David, aleluya.


Adolfo Ivorra