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Domingo IX de Cotidiano.

Noveno domingo de Cotidiano:

Profecía: Is 46, 10-13
Psallendum: Sal 27, 4
Apóstol: Rm 13, 10-14
Evangelio: Mc 10, 17-31

            El conjunto profecía-apóstol de este domingo expone las relaciones entre Dios y el hombre. El profeta Isaías nos muestra a un Dios que devuelve la paz a su Pueblo, que está con él y lo colma de consuelo y alegría. El consuelo divino se debe a los enemigos del Pueblo de Israel. Por eso el psallendum clama: dales conforme a la malicia de sus hechos…págales con su misma moneda. En el fondo se sigue la temática del domingo anterior: la justicia se debe dejar a Dios, que dará a cada uno según sus obras. Y ese Dios de justicia es también Dios de paz, como se veía en el apóstol del domingo anterior. El apóstol de este domingo, completamente parenético, muestra en cambio las actitudes del hombre para con Dios. El hombre debe amar, porque amar es cumplir la ley entera. La urgencia de actuar de modo conveniente se expresa en la imagen del día que fenece, acompañado con la dualidad tinieblas/luz. Aunque estamos “de noche”, debemos dejar las actividades de las tinieblas y conducirnos como en pleno día. A la imagen del día se une la del vestido: vestíos del Señor Jesucristo. A la hora de hablar de la dignidad del cuerpo san Pablo recurre al vestido, porque por medio de él se da una visión más noble del cuerpo, ocultando sus imperfecciones fruto de la naturaleza o del paso del tiempo.
            El evangelio va más allá de lo que exponen profecía y apóstol, e invita al seguimiento radical, a no tener apegos a las cosas de este mundo. La crítica a los ricos no se dirige a los que tienen riquezas, sino a los que viven apegadas a ellas. Por eso los apóstoles se espantan: Entonces, ¿quién puede salvarse? Si Jesús se refería a los ricos en sentido económico, los apóstoles no se habrían sorprendido: a lo largo de la historia de los pueblos los ricos suelen ser un mínimo porcentaje de la población mundial. En cambio, los que viven apegados a las cosas materiales son “legión”. Por otro lado, el Señor propone la limosna como un acto de misericordia de valor especial: dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo.
            El evangelio de este domingo tiene también otro sentido, especialmente comentado durante mucho tiempo en la Iglesia para hablar de las actitudes propias de aquellos que se consagran a Dios (religiosos). Más allá de las explicaciones dadas a partir de este texto evangélico, es claro que el que quiere seguir a Jesús de cerca –invita al rico a ser parte del grupo que está con Él– debe vivir para la misión, libre de las ataduras del sæculo, de la mundanidad. Por eso Pedro, en nombre del colegio apostólico, le dice: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Como en el caso de la limosna, el seguimiento radical de Jesús tiene un gran significado y recompensa: recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más y en la edad futura, vida eterna.

Adolfo Ivorra