Domingo VII de Cotidiano.


Séptimo domingo de Cotidiano:

Profecía: Is 51, 1-3
Psallendum: Sal 18, 13s
Apóstol: Rm 12, 16-21
Evangelio: Mc 1, 35-44


            Comenzamos los que podríamos llamar «domingos de Marcos», cuatro domingos cotidianos (VII-X) en los que se leen las perícopas de este evangelio. El cambio de evangelista no implica un cambio de temática general. El evangelio de hoy nos habla de la predicación de Cristo, de cómo expulsaba demonios. En la única curación que se menciona, la del leproso, descubrimos una resonancia con el domingo tercero, donde también se narra la curación del leproso. Las palabras finales de Jesús son las mismas: ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les conste. Por tanto, con su instauración del Reino, Jesucristo no se pone por encima de la ley o de abroga, sino que consciente de su limitación edifica el Reino de Dios sobre ella. La curación del leproso se presenta como una “limpieza”, dando a entender que aunque la enfermedad pueda no tener relación con los pecados personales del enfermo, sin embargo, toda enfermedad –como la muerte misma– es consecuencia de ese pecado de origen de nuestros primeros padres.
            La profecía de hoy mira, en cambio, a nuestros “padres” en la fe, Abrahán y Sara. Al primero se le aplica del título de padre, porque por su confianza en el plan divino se edificó el Pueblo de Dios. Sara, la que nos dio a luz. Ante la aflicción de su Pueblo, el Señor lo consuela y convierte su desierto en un edén, su yermo en paraíso. El psallendum no responde propiamente a la profecía, sino que prepara al apóstol: se pide al Señor que nos libre del orgullo, y es precisamente esto de lo que nos previene san Pablo en su carta a los Romanos. Nos exhorta a la humildad, a no mostrar suficiencia. En el contexto del texto se podría decir que con esta actitud no pretende una actitud que tenga valor en sí misma, sino que por medio de ella confesamos la grandeza de Dios. Al hacernos humildes no sólo evitamos pecados ya conocidos en la historia de la salvación, sino que esa misma actitud moral es una confesión del poder de Dios. En el mismo sentido y de forma más clara está la exhortación a buscar la paz y la buena reputación. No se trata de olvidar sin más las afrentas del enemigo, o de llamar al enemigo amigo. No. Así actuaríamos como los pecadores que llaman a una cosa otra, al mal bien, etc. No se pide ser insensible sino de confesar una vez más la superioridad de Dios, que es el Juez del mundo: Amigos, no os toméis la venganza, dejad lugar al castigo, porque dice el Señor en la Escritura: Mía es la venganza yo daré lo merecido.
            También san Pablo, siguiendo la enseñanza de Cristo, invita a hacer el bien a los enemigos. Da una razón: así le sacarás los colores a la cara. El malvado, aún en su maldad, tiene la capacidad de reconocer lo que es justo. Cuando da mal y recibe bien reconoce que no es tratado como merecen sus actos. Se avergüenza al reconocer que tiene delante a alguien que es mejor que él.

Adolfo Ivorra