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Domingo VI de Cotidiano.


Sexto domingo de Cotidiano:

Profecía: Is 48, 16-21
Psallendum: Sal 16, 5s
Apóstol: 1Cor 1, 17-22
Evangelio: Mt 7, 12-21

            Este es el último de los «domingos de Mateo» del tiempo Cotidiano. Como en el domingo pasado, el evangelio de hoy previene nuevamente contra los falsos profetas. Sus frutos los descubren. Pero también el evangelio de este domingo sintetiza los temas de los anteriores «domingos de Mateo» al hablar del cumplimiento de la voluntad divina para llegar al Reino de los Cielos y al resumir el valor del Antiguo Testamento en una breve fórmula: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la ley y los profetas. Las dificultades también se ponen de manifiesto con la imagen de la puerta, estrecha para los que aspiran a la salvación y ancha para los que eligen la condenación.
            Las demás lecturas desarrollan temas particulares, en discontinuidad con el género de cada una de ellas en los domingos anteriores. En Isaías se declara que el Pueblo de Dios –Jacob– ya ha sido redimido por el Señor, por lo que se debe huir de la situación actual –Babilonia–. El profeta se siente fortalecido con el Espíritu del Señor. Y es esa fortaleza la que justifica las duras palabras apóstol, para el que la sabiduría terrena nada vale en comparación con la Sabiduría de Dios. Se trata de una apología de la predicación, dejando de lado en esta oportunidad la dimensión específicamente sacramental: No me envío Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio. El Evangelio no se predica con palabras elocuentes, con afán de saber por saber –la sabiduría griega–. Tampoco se trata de mostrar signos, como exigían los judíos. No es la grandeza del mundo el contenido del Evangelio. Se trata del mensaje de la cruz de Cristo, fuerza y sabiduría de Dios, que es escándalo para los judíos, necedad para los griegos. San Pablo nos invita a comprender la Pasión de Cristo, aspecto fundamental del mensaje evangélico, no desde los ojos mundanos sino desde la fe. Ese momento aparentemente débil de Dios, ese aspecto aparentemente necio de Dios es de mayor fortaleza y sabiduría que cualquier cosa conocida por el hombre. El misterio de la cruz, como también el resto de la vida de Cristo, representa la paradoja de la doble naturaleza de Cristo, donde su sola humanidad puede distraernos de su verdadera identidad. Sus acciones humanas, verdaderamente humanas, encierran la salvación del género humano.

Adolfo Ivorra