La Circuncisión del Señor (hispano-mozárabe).

Circuncisión del Señor, Año I:

Profecía: Is 48, 12-20
Psallendum: Sal 97, 2-4
Apóstol: Flp 3, 1-8
Evangelio: Lc 2, 21-40

            Mientras que el calendario romano actual celebra el 1 de enero la solemnidad de santa María, madre de Dios, nuestra liturgia celebra un acontecimiento cristológico: la Circuncisión del Señor. Para I. Tomás, esta misa «profundiza en algunas realidades teológicas, especialmente en el sometimiento del Hijo en la voluntad del Padre, aceptando la circuncisión en su carne, y en el cumplimiento de la Ley, presentando a Jesús cumpliendo todo lo que por ella estaba establecido»[1]. El evangelio es el mismo para los años I y II, y es el testimonio histórico de este misterio de la carne del Señor que celebramos. En el evangelio se describen tres ritos: la circuncisión del varón (Gn 17, 10-14), la purificación de la madre (Lv 12, 2-8) y la consagración del primogénito (Ex 13, 2. 12s). En el rito romano –en el llamado modo “extraordinario– se celebra la purificación de la madre y la consagración del primogénito –éste último es el sentido de la fiesta moderna– el 2 de febrero, conocido popularmente como el día de las Candelas. Decíamos que la celebración hispana es propiamente cristológica porque tanto las lecturas como la eucología se fundamentan en la circuncisión y presentación. En el mismo evangelio se aprecia cómo el mismo Cristo es el cumplimiento de los vaticinios del Antiguo Testamento, que en las personas de Simeón y Ana se regocija por su venida. La profecía, que narra la vocación profética de alguien que es considerado amigo de Dios, la debemos leer en sentido cristológico: el enviado no es otro que Cristo, que ha sido enviado con el Espíritu de Dios. Por medio de Él, el Padre revela a las naciones su justicia, como cantamos en el psallendum.
            Pero toda esta alusión al Antiguo Testamento exige una actitud por parte del cristiano. Además de reconocer que en los escritos proféticos se habla de Cristo, el bautizado debe reconocer el sentido espiritual de los ritos prescritos para el pueblo de Israel. Y es así como el apóstol de hoy nos invita a descubrir que la circuncisión del cristiano no es el rito prescrito a los judíos sino dar culto con el Espíritu de Dios y poner nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne. Dos actitudes fundamentales propias del Adviento-Navidad salen a relucir en la carta a los Filipenses: la alegría en el Señor y la importancia del conocimiento de Cristo. En Simeón y en Ana descubrimos las dos. De Simeón decía el evangelio que el Espíritu Santo estaba en él. Por tanto, ya antes de la venida de Cristo en la carne, Simeón concibió su vida como un culto espiritual agradable a Dios, poniendo su esperanza en Cristo, que contempló antes de su muerte. Ese es el sentido espiritual de los ritos del Antiguo Testamento y de todos los que esperaban en Cristo.


[1] I. Tomás, Teología de las celebraciones del tiempo de Navidad en la liturgia Hispano-Mozárabe revisada en 1991, Bilbao, 2003, 338.

Adolfo Ivorra