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IV Domingo Cotidiano.


Cuarto domingo de Cotidiano:

Profecía: Is 40, 27-31
Psallendum: Sal 98, 4s
Apóstol: Rm 11, 32-36
Evangelio: Mt 8, 14-26

            Jacob e Israel representan al pueblo elegido en la profecía y en el psallendum. Este último reconoce que en dicho pueblo el Señor ha ejercido la justifica. Con ello se responde a la duda de Jacob en la profecía de Isaías, donde se expresa la supuesta ausencia de Dios. La profecía de este domingo continúa con uno de los temas del anterior, la inmutabilidad divina: No se cansa, no se fatiga. Pero no se queda ahí. Él da fuerza a los que se cansan. En cierto modo concede la realidad divina a los hombres. Los fortalece para que no se cansen, al modo de Dios. Se puede decir que los diviniza. Y todo depende de la esperanza del hombre: Pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, les nacen alas como de águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse.
            El apóstol nuevamente se relaciona con la profecía y el psallendum, continuando su temática. La sabiduría de Dios, apenas aludida en la profecía –es insondable su inteligencia–, es ampliada en el apóstol, que proclama la inmensidad de su sabiduría, conocimiento y caminos. Esa plenitud se refleja en sus acciones ad extra, en sus decisiones en la historia de la salvación. Siendo el fundamento de todo, a Él le corresponde la alabanza.
            Aunque con su sentido propio en este tiempo Cotidiano, el evangelio expone la implantación del Reino de Dios en Jesucristo, pero también completa lo esbozado en la profecía: si en ésta se pedía la esperanza del creyente para participar de la fuerza de Dios, en el evangelio de este domingo se pide la fe, que es capaz de increpar las adversidades y restaurar incluso a la Creación. También se hace patente la radicalidad en el seguimiento de Cristo, donde el discípulo no tiene dónde reclinar la cabeza como su Señor, y donde las convenciones sociales están de más. Este ambiente de radicalidad está lógicamente acompañado por el título que el mismo Jesús se atribuye, Hijo del Hombre, que desarrolla la apocalíptica judía y que revela el origen celeste de Cristo y heredero del Reino escatológico. Ese Reino, que en los domingos pasados se establecía por las curaciones, ahora también se instaura por los exorcismos: con su palabra expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos. Entre los enfermos, el evangelio destaca a uno, la suegra de Pedro, indicándonos que las bondades del Reino no son sólo las que los discípulos de Cristo logran instaurar en los demás, sino que también estas bondades se reflejan en el entorno de sus seguidores.

Adolfo Ivorra