El problema de la estética en la liturgia.

Creo que el mejor título para este post tendría que escribirse en inglés y de esta forma: when aesthetics overcomes liturgy. De entrada, soy consciente de que este post  no va a gustar a todo el mundo. Y esto es así porque desde hace unos cuantos años la "cuestión litúrgica" se medía -y se sigue midiendo- desde la perspectiva de la estética. Esto hace que no nos sorprendamos cuando hasta en el magisterio papal -Sacramentum Caritatis- neologismos como ars celebrandi se nos presenten de forma positiva y, en los círculos de estudio, se intenten asociar estos neologismos con la llamada via pulchritudinis. Los que siguen un poco las publicaciones en materia de liturgia ya intuirán a lo que me refiero. Pero no deseo quedarme en la teoría sino ir a ejemplos palpables. De ahí que este post pueda resultar "incómodo".
Hace tiempo que deseo escribir algo sobre este tema y la misa papal del 1 de enero de 2011 me viene bien para comenzar. Y como se trata de una cuestión de estética -y de paso práctica- pondré una foto alusiva antes:


En esta foto podemos observar cómo los concelebrantes de esa misa papal llevan la estola cruzada ante el pecho. En mi post sobre la estola en el rito hispano -el segundo más leído de este blog a día de hoy, quizás más por lo de la estola que por la estola en el rito hispano- recogía el testimonio de los usos hispano-mozárabes de llevar la estola. Ciertamente, en el primer milenio tanto obispos como presbíteros de este rito llevaban la estola cruzada, puesto que con este signo se recordaban a sí mismos que la misa era la renovación del Sacrificio por excelencia. Sin embargo, esta no era la costumbre romana. La estola, que entra en la liturgia romana mucho después que en Hispania o en la Galia, se llevaba de esta manera (según Riguetti): "el Concilio III de Braga (675) mandó a los sacerdotes que cruzaran la estola sobre el pecho. Esta forma de llevar la estola, propia de los sacerdotes, con exclusión de los obispos, se hizo común en la Iglesia en el siglo XIV y por primera vez fue prescrita en las rúbricas del misal de San Pío V". El cruzar la estola en los obispos era algo típicamente hispano, no romano. De hecho, incluso hoy en el llamado rito romano "extraordinario" los obispos nunca cruzan la estola. ¿Por qué estos cardenales se ha cruzado la estola? Porque ese tipo de casulla "romana"  -llamada "francesa"- exige, por un criterio estético, que se cruce la estola para cubrir el pecho que la misma casulla no cubre. Sin embargo, cuando un obispo llevaba esa casulla no cruzaba la estola, pues la dalmática que siempre debía llevar debajo le cubría el pecho. Al no llevar los cardenales concelebrantes de esta misa papal dalmática bajo la casulla, se optó por cruzar la estola al modo presbiteral "tradicional". Pero con esto, a los ojos de la tradición romana, se estaba "conviertiendo" a los obispos en presbíteros.
Este ejemplo me ha venido bien para indicar cómo un criterio estético puede ir, paradógicamente, en contra de una tradición estética: los obispos romanos nunca cruzan su estola. De hecho, salvo el histórico caso del rito hispano -porque, en la práctica, ningún obispo que celebre en rito hispano se cruza la estola-, los obispos de la cristiandad no se cruzan la estola. Pero éste no es el único caso en el que los criterios estéticos tienen prioridad sobre otros en la  liturgia papal. Pensemos en el cambio de palio:


Por un deseo de volver al antiguo palio -alguno diría por un deseo "arqueologísta"-, se cambió el palio arzobispal típico por este otro. De hecho, este cambio fue el que más llamó la atención del "cambio de papa". Pero los criterios estéticos hicieron que ese cambio durara poco. Sin duda, la principal ventaja de ese palio era que diferenciaba al papa de los demás arzobispos, pero su uso era incómodo y poco estético con una casulla "romana". Por ello se decidió volver a la forma habitual pero aprovechando el distintivo color rojo para que el palio papal continuara con su loable función de diferenciar al papa de los arzobispos. La misa de estos días nos permite ver mejor el cambio:


En este caso, el cambio también sirvió al papa para reafirmar su visión eclesiológica. Me refiero a su deseo de renunciar al título de patriarca de Occidente. Así, el papa no se parecerá a otros patriarcas orientales, como si él fuera un patriarca como ellos.
Pero las cuestiones estéticas no sólo influyen en la liturgia papal actual. Sin duda, también el devenir de la liturgia papal durante el pontificado de Benedicto XVI nos muestran una evolución. Ciertamente, las vestiduras que solía llevar Juan Pablo II no lo diferenciaban de otro obispo de la cristiandad. Incluso, en algunas ocasiones el papa llevaba ornamentos demasiado simplistas. Los primeros cambios estéticos del pontificado de Benedicto XVI nos muestran la solución a este problema. Sin embargo, la cuestión estética siguió evolucionado -alguno diría "involucionando"- hacia los estilos propios de los papas inmediatamente anteriores al Concilio Vaticano II. Evidentemente, esto no pasó desapercibido. En la actualidad, el papa utiliza ornamentos con estilos propios a estos papas y ornamentos más parecidos a los que utilizó Juan Pablo II. La razón de esto no es primeramente estética, sino teológica: es lo que se expresa en el sintagma "hermenéutica de la continuidad". No obstante, también se puede decir lo contrario: la estética anterior del Vaticano II se convierte en el criterio para juzgar una "hermenéutica de la continuidad".
Estos cambios estéticos de la liturgia papal han causado asombro en algunos sectores, pero hay que reconocer que también hay hoy en la Iglesia unos criterios estéticos "extraños" que se alejan de la tradición litúrgica propia. En Sacrosanctum Concilium, n. 124 se dice que "Los ordinarios, al promover y favorecer un arte auténticamente sacro, busquen más una noble belleza que la mera suntuosidad. Esto se ha de aplicar también a las vestiduras y ornamentación sagrada". Este deseo encajaba bien con la estética "antigua" que se estaba poniendo de alguna manera de moda en Europa con el Movimiento Litúrgico: el gusto por las casullas amplias, que eran testimonio de los cortes más antiguos de la casulla romana. En estas casullas la ornamentación era mínima, normalmente una cruz gloriosa o en forma de "Y", etc. 


Pero con este tipo de "moda" loable hubo un efecto "secundario". Los mejores exponentes de este tipo de vestiduras de corte antiguo solían ser monjes. Sus "imitadores" en el clero secular no sólo incorporaron la casulla amplia, sino que ellos mismos quisieron parecer monjes. ¿Un ejemplo de la crisis de identidad sacerdotal? Puede ser. Pero ser monje puede llegar a ser, en la liturgia, algo "complicado"... Lo primero que se quiso imitar fue el amito monástico, que en ocasiones podía llevar un precioso brocado. El resultado de ese deseo de imitación son las llamadas casullas "con capucha":


Sin lugar a dudas, la imitación de la estética monástica de los tiempos posteriores al Concilio Vaticano II llevó a que esta casulla con "capucha" -que imita a su vez al amito monástico- sea a día de hoy el ejemplo "típico" de casulla moderna. Por ello, podemos decir que esta casulla "moderna" no representa la antigua casulla romana. La casulla que lleva el monje de la foto de arriba sí es un intento válido al respecto. Pero la evolución estética no se ha detenido ahí. Entramos, por tanto, en el apartado del post que más puede "herir sensibilidades". Este deseo por imitar la estética monástica ha llevado a sustitur el alba por una túnica que se asemeja al hábito de los monjes. El alba romana típica tenía una gran abertura y debía usarse amito para cubrir el cuello del vestido ordinario. Al permitirse con la Ordenación General del Misal Romano el uso de albas que pudieran cubrir ellas mismas el cuello sin necesidad de amito, las albas se hicieron ajustadas al cuello.


Este tipo de albas hacían que el amito, que para algunos era algo incómodo, no tuviera que ser usado. Se cumplía el propósito estético más fundamental de las vestiduras litúrgicas: cubrir el vestido ordinario. Sin embargo, la "pasión" por lo monástico, que ha vuelto con fuerza en los últimos años, apuesta por las llamadas "cogullas":


En primer lugar, estas albas no cubren el vestido ordinario por su amplia abertura. Sin embargo, el uso común prescinde del amito. En segundo lugar, ¿para qué la capucha? ¿Qué cubre? Si no se lleva un hábito con capucha, etc., ¿de qué sirve? Pero el problema mayor de esta "moda" es el que estamos tratando en este post: el criterio estético va por encima de la liturgia. Si algo caracteriza a la liturgia a través de los siglos es su practicidad y comodidad. El nacimiento de ornamentos como el sobrepelliz, usado sin cíngulo, y la casulla "romana", sin mangas, son ejemplos -quizás exagerados- de un deseo de comodidad. Pero estas albas-cogullas son sumamente aparatosas, suelen llevar mangas muy anchas que literalmente se llevan todo a su paso sobre el altar. Algunos de forma automática cogen la punta de la manga y la echan hacia atrás, etc. Además, esta "moda" la suelen llevar sin cíngulo, lo que hace necesario recogérsela con una mano para subir escaleras, etc. La inutilidad práctica de este tipo de albas la podemos ver en la dedicación de La Sagrada Familia. En este 'link', a partir de 1:50:00, podemos verlo de forma patente, especialmente en 1:50:58, donde el ministro tiene que recogerse la manga. Aunque estéticamente sean para algunos "hermosas", estas "albas" son poco prácticas, no cumplen los criterios fundamentales de la vestidura litúrgica, etc. Además, en la historia del alba en la liturgia, no encontramos testimonios de este tipo de vestiduras.
Quizás estos ejemplos gráficos puedan no ser del agrado de todos. Sin embargo, está claro que los criterios estéticos se han impuesto en los útimos tiempos, y se imponen en la actualidad, a la practicidad, sentido teológico y características fundamentales del ajuar litúrgico. Evidentemente, la cuestión estética no se reduce a las vestiduras litúrgicas, pero creo que es una forma clara contemplar el argumento que he querido desarrollar. Lo estético no puede ir reñido con lo práctico. Lo estético no debe introducir cambios en el modo de concebir la vestidura misma y su forma de ser llevada. Es complejo dar unas directrices en esta cuestión, pero creo que debería reinar de nuevo el sentido-litúrgico-común. Evidentemente, estoy abierto al diálogo sobre esta cuestión (como en todas).
Adolfo Ivorra