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Desiring the Kingdom.

James K. A. Smith, Desiring the Kingdom. Worship, Worldview, and Cultural Formation, Baker Academic («Cultural Liturgies» 1), Grand Rapids, 2009, 238pp., ISBN 978-0-8010-3577-7.

            James K. A. Smith es profesor en el Calvin College de Michigan (Estados Unidos) y un gran entusiasta del movimiento teológico anglosajón Radical Orthodoxy. Desiring the Kingdom es el primero de los tres volúmenes previstos de la colección Cultural Liturgies, en las que se concibe la liturgia desde el punto de vista pedagógico. Esta perspectiva no es nueva en el mundo protestante, pero la originalidad del pensamiento de Smith reside en aplicar el término ‘liturgia’ a realidades seculares que tienen la pretensión de ser también pedagógicas. Para Smith, «cada liturgia constituye una pedagogía que nos enseña, en toda clase de formas precognitivas, a ser un cierto tipo de persona» (p. 25). Como cualquier pedagogía, la liturgia –sea secular o religiosa– descansa sobre una antropología filosófica. El problema en la pedagogía cristiana lo encontramos en la asunción de la comprensión del hombre como ser pensante, pero en realidad  la visión cristiana se sustenta en una antropología que concibe la dimensión doxológica como algo previo: damos culto en orden a conocer. Antes de pensar, oramos (cf. p. 34). Desde aquí se rechaza una comprensión del cristianismo como mera transmisión de ideas, abriéndose así la puerta a la consideración histórica.
            El culto es una pedagogía del deseo, por lo que el ser humano se comprende también desde el amor. El objeto final de nuestro deseo y nuestro amor es el contenido de aquello a lo que damos culto. Y es ese amor lo que nos transforma, ese deseo por el Reino de Dios. El autor presenta con nuevas palabras la doctrina clásica sobre las virtudes –hábitos operativos buenos–: el amor necesita práctica. Desde esta perspectiva comprende el “ritual” como una serie de rutinas dirigidas a un fin, que en el caso de las ‘liturgias’ se refiere a rituales que inculcan una visión concreta sobre la vida buena (cf. p. 86). Las “liturgias seculares” son también fundamentalmente formativas, capturando nuestro corazón y nuestra imaginación, enseñándonos a amar algo totalmente distinto del Reino de Dios. Desde aquí el autor introduce una nueva manera de ver la realidad secular, como el “culto en el centro comercial”, representativo de las “liturgias del consumo” (p. 93), las universidades como “Catedrales del aprendizaje” (p. 112).
            Como podemos ver, el problema de Smith es el concepto cerrado de liturgia que, si bien le facilita realizar una crítica cultural amplia, falla a la hora de concebir la liturgia desde su ser pleno: no se limita a lo que nos enseña, sino que se configura desde la doxología. En este sentido, el ambiente calvinista de Smith le hace olvidar la dimensión latréutica, que también sería interesante para la crítica cultural posmoderna: ¿a qué se dirigen las “liturgias” seculares?
            Al margen de este concepto limitado de liturgia, Smith concibe a la liturgia cristiana como portadora de una visión del mundo y de la historia que es altamente formativa, además de estar vinculada indisolublemente a nuestra corporeidad (cf. p. 137). Los gestos litúrgicos son necesarios para el culto cristiano, además de fundamentarse en la realidad física de la creación. En este sentido, los sacramentos son «intensificaciones específicas de la sacramentalidad general de la presencia de  Dios en y con su creación» (p. 141). No obstante, la sacramentalidad de la creación no es la misma en todos los casos, no todo en ella tiene el mismo grado de sacramentalidad.
            En las páginas 151-154 el autor sale al paso de las diferencias lingüísticas propias de las varias confesiones cristianas, donde “culto” es el término más común en el mundo protestante, mientras que “liturgia” es propio del pensamiento más “tradicional” o identificado con high church. Desde aquí Smith depura su propio concepto de liturgia, admitiendo en él el carácter normativo y la evolución litúrgica (tradición), etc.
            El Calendario secular y el cristiano difieren, lo mismo que el concepto mismo de tiempo. Mientras que la comprensión posmoderna del tiempo se encuentra en un estado de ansiedad por lo que está por acontecer, el cristiano es un pueblo de la memoria (cf. p. 159), que a su vez es un pueblo en expectación.
            En las últimas páginas del libro, Smith asume y explica la importancia de varios elementos presentes en las liturgias cristianas, especialmente de las comunidades protestantes y anglicanas. Aquí reside el segundo problema de Smith, que refleja el primero: su concepto ambiguo de liturgia le hace no escoger un modo histórico concreto –forma ritual o rito–, por lo que se limita a señalar aspectos fundamentales. Si Catherine Pickstock, figura prominente de la Radical Orthodoxy, había elegido como forma histórica concreta el rito romano medieval como mejor expresión de la liturgia cristiana, Smith, en su deseo de aplicar los principios fundamentales de este movimiento teológico al ámbito reformado, no se decanta por una forma concreta, si bien cita textos y ritos de las comunidades protestantes norteamericanas. Se trata, por tanto, de una perspectiva enriquecedora y sugerente, pero necesitada de una mayor profundización y madurez, y no de una difusa sensibilidad ecuménica.
            Este primer volumen de las Liturgias Culturales sienta las bases para una mayor crítica cultural, que en el volumen segundo se dirigirá –aún más– a la antropología filosófica, especialmente en el diálogo entre fenomenología, ciencia cognitiva, etc., mientras que el tercer volumen se dedicará a la teología política. Con sus defectos y argumentos sugerentes, Desiring the Kingdom vuelve a poner de manifiesto el carácter omnicomprensivo del saber teológico –uno de los principios fundantes de la Radical Orthodoxy– y, con él, de la liturgia como expresión de la lex credendi eclesial.

Adolfo Ivorra