Ir al contenido principal

V Domingo de Adviento (hispano-mozárabe).


Quinto domingo de Adviento, Año I:

Profecía: Is 16, 1-5.
Psallendum: Sal 84, 10b. 11-13.
Apóstol: 1Tes 5, 14-23.
Evangelio: Lc 17, 20-24.

            Las breves lecturas de este domingo continúan con el tinte escatológico del domingo anterior. Las ideas son sucintas: la profecía exhorta, lo mismo que el Apóstol, a la defensa de los débiles, los acosados, los fugitivos. Tanto la profecía como el Apóstol esperan la venida del Señor, la primera como juez que busque el derecho y promueva la justicia, y el segundo pide que nuestro ser entero -espíritu, alma y cuerpo- se mantenga sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. Aunque la profecía espera la venida del Cristo según la carne y el Apóstol según la gloria, el tema común es la venida de la justicia, como declara el psallendum: de los cielos asomará la Justicia. Ante la venida del Mesías, no sólo encontramos la intencionalidad diferente de la profecía y el Apóstol, sino que entre Apóstol y evangelio encontramos dos modos de situarse ante la venida final de Cristo. En el Apóstol se exhorta a no despreciar las profecías, sino examinar las cosas y retener lo bueno. En cambio, el evangelio pone en guardia –lo mismo que el domingo anterior– contra las falsas predicciones: os dirán: vedlo aquí, o vedlo allí. No vayáis ni corráis detrás. Pues, como el relámpago fulgurante brilla de un extremo a otro del cielo, así será en su día el Hijo del Hombre. Por otro lado, Cristo habla también de la presencia actual del Reino de Dios: El Reino de Dios no viene con espectáculo; ni se podrá decir: vedlo aquí o allí; porque, mirad, el Reino de Dios está ya en medio de vosotros. Y esa presencia actual del Reino entre nosotros es la Iglesia, como nos lo dice la Constitución Lumen Gentium n. 3: Cristo, pues, en cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio, y efectuó la redención con su obediencia. La Iglesia, o reino de Cristo, presente ya en el misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder de Dios.

Adolfo Ivorra