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IV Domingo de Adviento (hispano-mozárabe).

Cuarto domingo de Adviento, Año I y II:

Profecía: Is 24,16-23.
Psallendum: Sal 95,12-13.1.
Apóstol: 1Cor 15,22-31.
Evangelio: Mc 12,38-13,33.

            La liturgia de la palabra de este domingo adquiere un fuerte carácter escatológico. La espera mesiánica del Mesías de los domingos anteriores cede a una clara alusión al Juicio y al final de los tiempos. Si en el anterior domingo el psallendum confirmaba una visión agrícola del Pueblo de Dios, en éste el mismo psallendum subraya el Juicio: El juzgará al orbe con justicia. El profeta Isaías es categórico: Aquel día castigará Yahveh al ejército de lo alto en lo alto y a los reyes de la tierra en la tierra; serán amontonados en montón los prisioneros en el pozo, serán encerrados en la cárcel y al cabo de muchos días serán visitados. Una alusión al libro del Apocalipsis la podemos ver en el último versículo: esté la Gloria en presencia de sus ancianos. El carácter tajante de estas lecciones veterotestamentarias no se queda en su “género” propio, sino que trasciende hasta el evangelio, más explícito y no menos tajante. En él, el pasaje de la viuda pobre está de más, y seguramente se ha conservado para seguir con una lectura continua. El tema del evangelio es el Juicio, donde Cristo condena la actitud pretenciosa de los escribas diciendo: Estos recibirán un juicio más severo. Pero la amenaza no queda ahí: No quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida... Muchos vendrán en mí nombre diciendo: Yo soy; y seducirán a muchos. Cuando oigáis hablar de guerras y de rumores de guerras, no os turbéis; pues es necesario que esto ocurra, pero todavía no es el fin. Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá terremotos en diversos lugares, habrá hambre. Esto es el comienzo de los dolores... Pero es necesario que antes sea predicado el Evangelio a todos los pueblos.
            El Juicio no abarca sólo el mundo presente, sino también el “celeste”: el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potestades de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Queda patente la participación activa de los ángeles en la reunión de los dispersos y el aparente triunfo de las tinieblas. El triunfo de Cristo sobre ellas queda explicado en el Apóstol, cuando se afirma: Después, el final, [será] cuando entregue el Reino a Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, toda potestad y poder... el último enemigo será destruida la muerte. Para los hombres, el consuelo y a la vez la tarea queda claro: el que persevere hasta el fin, ése se salvará.

Adolfo Ivorra

Comentario al I Domingo de Adviento del rito hispano-mozárabe