Ir al contenido principal

Primer Domingo de Adviento (hispano-mozárabe).


Primer domingo de Adviento, Año I:

Profecía: Is 10, 33-11, 10.
Psallendum: Sal 147, 16s.
Apóstol: Rm 15, 14-29.
Evangelio: Lc 3, 1-18.

            El comienzo del tiempo de Adviento en el Año I tiene una perspectiva encarnatoria, no escatológica. La profecía de la encarnación de Isaías y el comienzo del ministerio público en Lucas expresan la importancia de los comienzos de la salvación: ésta se inicia con la encarnación, pero comienza a ser patente en el ministerio público de Cristo. La profecía nos muestra la tipología cristológica del vástago del tronco de Jesé, mostrando también una continuidad con el evangelio lucano: el espíritu que se posará sobre el Mesías (Is 11, 2) recibe de la boca del Bautista su profecía última –él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego–, aunque no se aluda al Espíritu que se posa sobre Cristo el día de su Bautismo[1]. La unidad entre profecía y evangelio se refleja además en dos temas: la reunión de los dispersos de Israel y el nacimiento de una nueva era. La profecía se limita prácticamente al primer tema, muy querido por las oraciones judías y por las paleoanáforas cristianas. El Señor reunirá a los dispersos de Israel, la raíz de Jesé será estandarte de los pueblos. Este sentido universalista, olvidado pronto por Israel, implicará su sustitución como Pueblo de las promesas por la Iglesia, como lo hace ver el evangelio: no empecéis a decir entre vosotros: Tenemos por padre a Abrahán. Pues os digo que Dios puede hacer surgir de estas piedras hijos de Abrahán. Además, ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Los hijos de Abrahán no son para Dios un linaje de sangre, sino de espíritu. Del árbol seco de Israel surge un vástago del que brota un Nuevo Pueblo de Dios. De este modo, todo hombre verá la salvación de Dios. La exhortación del Bautista a la conversión, aunque situada en el contexto del profetismo veterotestamentario, da la relativa connotación penitencial a este tiempo. Tanto el psallendum como el laudes son unánimes en cantar la encarnación: Envía su palabra; El te envíe socorro desde su santuario.
            El Apóstol ahonda y prepara en el universalismo: los gentiles reciben el evangelio. Y desde esta perspectiva se alude a la intención de san Pablo de visitar España: cuando me dirija a España espero veros al pasar; marcharé hacia España, y estaré de paso con vosotros. De esta forma, se comprende la evangelización de España como ejemplo último de ese universalismo de la salvación, que a Israel fue encomendado, pero que sólo la Iglesia dio cumplimiento. Es interesante observar cómo ese universalismo, además de estar unido a la escucha del evangelio, tiene un propósito litúrgico: en virtud de la gracia que me ha sido dada por Dios, para ser ministro de Cristo Jesús entre los gentiles, cumpliendo el ministerio sagrado del Evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles llegue a ser grata, santificada en el Espíritu Santo. De este modo, se expresa el sentido propio del ministerio episcopal y la liturgia como culmen de la vida de la Iglesia. La profecía del verdadero bautismo en el evangelio, mostrará cómo la liturgia es también la fuente de la vida de la Iglesia.

Adolfo Ivorra
Sobre el adviento en el rito hispano, ver la sección dedicada al mismo en "El Adviento en las liturgias occidentales y orientales" (2009).


[1] Este evangelio se lee, según la versión joánica (cf. Jn 1, 29-34), en una feria: el miércoles de la primera semana de Cuaresma.